Opinión

Ormuz

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Ormuz. Esas cinco letras desprenden el poder de la geopolítica y de la salud económica del mundo. Su semiótica podría ser la de un bar de copas, que tanto frecuentaba en mi juventud; o la de un restaurante de cocina étnica, que visito ocasionalmente en mis años adultos; o la de algún grupo de rock mejicano, que me encantan cuando versionan a José Alfredo Jiménez. Pero no, como todo el mundo sabe, cuando un conflicto bélico o una tensión armada asoma por Oriente Medio, Ormuz es un pequeño estrecho por el que circula buena parte del petróleo y el gas que consume la humanidad.

Tim Marshall, periodista británico que ha cubierto mil guerras, en su excepcional “Prisioneros de la geografía” lo describe en el capítulo dedicado a Oriente Medio con unos párrafos premonitorios de la actual guerra. “Un motivo ulterior radica en que Irán posee lo que vendría a ser un as en la manga: la capacidad de cerrar el estrecho de Ormuz en el Golfo, por el que cada día cruza, dependiendo del volumen del negocio en torno al 20 por ciento del petróleo que el mundo necesita. Su punto más estrecho, considerado el más estratégico de todo el planeta, es de apenas 34 kilómetros. El mundo industrializado teme las consecuencias de que el estrecho de Ormuz se cierre durante meses, lo que desencadenaría una escalada de los precios. Esta es la razón por la que tantos países presionan a Israel para que no tome medidas”. Pues justo ahí estamos, cuando apenas se cumplen un par de semans desde que se desencadenó el conflicto.

La guerra no tiene visos de acabar. Irán no sólo aguanta política y militarmente, sino que da la impresión de que parece dispuesta a agitar el avispero internacional para provocar una crisis del petróleo y empujar a Donald Trump a buscar una solución ante la presión de mercados, empresas y aliados.

Como ya viene siendo marca de la casa, el presidente Trump cada día, cada rato, dice una cosa distinta. Lo mismo afirma que el conflicto está a punto de acabar, como que sólo espera la “rendición total” o que ya han cumplido sus ignotos objetivos y que sólo queda por rematar el trabajo. El lenguaje trumpiano siempre es prosaico, coloquial, sencillo y directo. Claro, que la posición israelita no parece ser esa. Israel busca una especie de solución que acabe de alguna manera con el poder militar y político de Irán y de sus proxies de Hamas, Hezbolla, los hutíes yemenitas y las células durmientes que amenazan el orbe occidental. Parece que la posición de Netanyahu está teniendo un refrendo en las calles de una población cansada de vivir bajo la constante amenaza terrorista. Quienes sí hablan claro son los atrevidos miembros de la Guardia Revolucionaria, quienes no dudan en afirmar que son ellos “quienes decidirán el fin de la guerra”, añadiendo que no permitirán el paso “de un solo litro de petróleo” mientras duren los bombardeos. Una ulterior declaración atribuida a Mojtab Jameneí, del que no se sabe si está vivo o es un espectro, amenaza con vengar la “sangre derramada de los mártires”, atacar las bases militares de sus enemigos y mantener cerrado el estrecho a cal y canto.

Así las cosas, parece difícil adivinar un final. Una tesis que se va imponiendo es que la guerra se prolongará durante algún tiempo hasta encontrar una especie de tregua, alto el fuego o conflicto de muy baja intensidad en el que todos ganen. Trump, porque ha desactivado la capacidad nuclear de su enemigo; Netanyahu, porque ha debilitado militar y políticamente a su archienemigo, y Jameneí junior porque la revolución islámica sigue viva. Bloomberg señala que Irán ya ha planteado sus condiciones para una tregua que, básicamente, es que no se reemprenderían acciones bélicas en un futuro. ¿Algo se mueve?

Irán ha conseguido bloquear en la práctica en estrecho de Ormuz, atacando barcos de mercancías y minando el suelo. Los bombardeos americanos e israelíes han reaccionado con acciones aéreas para desbloquear el paso. El objetivo iraní no es otro que llevar el precio del petróleo a los 200 dólares por barril, provocando una crisis energética sin precedentes. En estos momentos, el barril se mueve alrededor de los 100 dólares por unidad. Las consecuencias para la economía occidental no son nada prometedoras.

Si el conflicto no pasa de las dos semanas se estima una pérdida del 1,4% de las exportaciones mundiales. Esto ya no parece que vaya a ocurrir. Si se extiende por un periodo de alrededor de tres meses, pero con daños limitados de las infraestructuras, se calcula una caída de un 5% en las exportaciones. Pero si el destrozo de las infraestructuras es mayor consecuencia de la ofensiva iraní, el deterioro se elevaría a alrededor del 9%. El impacto en la economía sería de grandes dimensiones derivado del aumento de los costos de la energía, aunque nos situaría en un escenario no tan grave como el de la década de los 70.

Las reacciones no se están haciendo esperar. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha tomado la decisión de que sus 32 países miembros acuerden “la mayor liberación de reservas de petróleo de emergencia“ en la historia, lo que representa 400 millones de barriles de crudo. La Unión Europea, por su parte, cifra ya el coste de la guerra para Europa en uno 3.000 millones de euros.

El problema ya llega a muchos bolsillos y sectores. Los Gobiernos de Portugal, Italia, Grecia, Alemania y algunos otros ya están tomando medidas para ayudar fiscalmente, mediante subvenciones o topando precios a sectores o ciudadanos. España, pese a la cacareada experiencia en crisis alardeada por nuestro Gobierno, siguen dando la vuelta a la perdiz. Todavía no se sabe. Ayudas fiscales o topes de precios formarán parte del paquete.

Algunos economistas ya se han pronunciado sobre su análisis del conflicto. Por ejemplo, el progresista Paul Krugman considera que la guerra puede provocar una recesión en Estados Unidos si se añaden otros problemas como inflación, deuda o incertidumbre. Larry Flink, el respetado patrón de BlackRock, estima que la guerra no tendrá efectos negativos en el largo plazo. Nouriel Roubini no duda en señalar que si el petróleo escala a los 150 dólares por barril se podría llegar a una “recesión global”.

Volviendo al libro de Tim Marshall, su tesis se basa en exponer el peso determinante que la geografía desempeña, pues “ha condicionado las guerras, el poder la político y el desarrollo social de las gentes que ahora habitan casi todos los rincones del planeta”. En este caso, Ormuz ejemplifica muy bien sus palabras. Los ayatolás están empleando el poderoso armamento económico de cerrar el tráfico de mercancías, sabedores de que la escalada de precios del combustible provoca encarecimiento, inflación y recesión. Una combinación de misiles que quizás no puede resistir ni el mismísimo Donald Trump. Es la guerra desde la trinchera de la economía.

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