Sábado 5 de marzo de 2022. Mi amigo Javi Olivares pronuncia mi nombre sobre el escenario principal del Salón del Cómic de Valencia. Hay aplausos. Estamos dando una charla sobre los superhéroes en el cine, sobre Marvel y DC. Más aplausos. Cenamos todo el grupo de amigos en un restaurante. Ya no hay aplausos, pero hay risas, y anécdotas, y cervezas, y más risas. Durante unas horas, el ruido que vive dentro de mi cabeza se apaga.
Sábado 7 de mayo de 2022. Observo el horizonte desde un lugar llamado Señes.
Viernes 11 de marzo de 2022. Llaman al timbre. Mi perro, un carlino llamado William Shakespeare, comienza a ladrar y a correr en círculos. Siempre se altera cuando oye el ruido del telefonillo, pero esta vez es diferente. Su cuerpo se queda rígido, pone los ojos en blanco y cae de medio lado. De su boca comienza a salir espuma.
Martes 26 de abril de 2022. Voy camino a mi primera clase práctica de conducir cuando suena el teléfono móvil. Son las siete y media de la mañana.
Sábado 7 de mayo de 2022. Me rodean las ruinas del hogar de la familia de mi mujer, Casa Lanzón. En apenas unas décadas, este lugar, Señes, se ha derrumbado y ha desaparecido de la faz de la tierra. No queda nada, ni siquiera el recuerdo.
Miércoles 16 de marzo de 2022. El veterinario me mira y niega con la cabeza. Mi perro tiene un tumor cerebral. No se sabe cuándo morirá, pero será pronto. No hay nada que podamos hacer.
Domingo 24 de abril de 2022. Me tiemblan las manos cuando giro el pomo de la puerta y entro en la habitación de hospital donde a mi abuela se le escapa la vida. Mi padre me dice que la van a sedar en cuestión de minutos. Su cuerpo está muy cansado y ya no tiene fuerzas para luchar. Si quiero despedirme de ella, es el momento.
Sábado 7 de mayo de 2022. Sufro el mayor ataque de ansiedad de mi vida delante de mis suegros, mi mujer, su tío y mi cuñada, pero no digo nada. Me muerdo los labios hasta hacerme sangre; me pellizco el antebrazo hasta provocarme un gran hematoma. No quiero que me vean así. No quiero preocuparles.
Domingo 20 de marzo de 2022. Mi perro agoniza en su cama mientras mi mujer le coge de la patita. Antes de apagarse del todo, el animal alza la vista y mira a mi pareja directamente a los ojos; un segundo después, la eternidad. Una parte de mi alma se queda para siempre en ese lugar.
Domingo 24 de abril de 2022. Al verme, mi abuela trata de incorporarse en la cama, comienza a balbucear y llora. Le doy un beso y le agradezco todo lo que ha hecho por mí, le digo que es la persona más importante de mi vida y que trabajaré todos los días para que esté orgullosa de mí. Cuando salgo de la habitación, apenas soy capaz de escuchar a mi padre y mis tías decir que mi abuela, en todo ese tiempo en el hospital, solo ha reaccionado al verme, que quizá le he recordado a su hermano, a quien por lo visto me parecía.
Sábado 7 de mayo de 2022. ¿Cómo puede el tiempo destruirlo todo tan rápido?
Domingo 20 de marzo de 2022. No hay servicio veterinario a domicilio hasta el lunes, así que envuelvo el cadáver de mi perro en una manta y recorro el trayecto desde mi piso hasta la veterinaria con su cuerpo frío y rígido en brazos.
Martes 26 de abril de 2022. Descuelgo el teléfono frente a la autoescuela. Mi madre me comunica que mi abuela ha fallecido.
Sábado 7 de mayo de 2022. Me pregunto si una persona puede destruir todo lo que ha sido y todo lo que es, y alcanzar el grado de erosión que ha sufrido Señes en unas pocas décadas.
Miércoles 11 de mayo 2022. Comienzo a escribir Tierra de lobos.
El temor al paso del tiempo y la muerte fueron la explosión para escribir ‘Tierra de lobos’
A menudo se suele decir que una historia no la elige el autor, sino que es la historia la que se presenta ante él en determinado momento y es el autor el que decide si convertirse en un nexo entre la historia y el público. Algunas se convierten en novelas, otras no.
Cuando escribí Al filo del ocaso, mi primera novela, me pregunté si era posible que un hombre anciano y una mujer de mediana edad pudieran tener una amistad sin que hubiera atracción sexual o relación romántica; y, de ser así, cómo se produciría. Al tirar del hilo me surgió un conflicto, y de ese conflicto nació una historia, y de esa historia nació una novela. Con Tierra de lobos me pasó algo similar: primero hubo una pregunta, luego vino todo lo demás.
Como he explicado al inicio de este artículo, homenajeando el famoso episodio del Doctor Manhattan y la fotografía en Watchmen, hace cuatro años perdí a mi carlino y a mi abuela en cuestión de treinta y cuatro días. Hay personas que saben lidiar con la pérdida y tienen una relación más o menos sensata con la muerte; yo no soy una de esas personas, así que aquel mes y poco fue letal.

Para colmo, la aparición de Señes, el pueblo de la familia materna de mi mujer, terminó por sentenciarme. Se trata de un lugar deshabitado y en ruinas, una pequeña localidad en la que, antes de los años sesenta, vivían decenas de familias y donde ahora no queda nada, exceptuando los restos de lo que fue y un par de edificaciones que siguen en pie.
A mí, que el paso del tiempo es lo que más me aterra, aquello me impresionó mucho. Era la materialización de mi mayor miedo. Y terminó desencadenando una depresión bastante agresiva que, a su vez, me llevó a escribir Tierra de lobos.
‘Tierra de lobos’ fue un exorcismo
Tierra de lobos es una tragedia moral sobre la ambición, la culpa, la memoria y el legado. A raíz de lo sucedido, y tras preguntarme cómo alguien podría consumir su vida y su nombre de la misma forma que le sucedió al pueblo del abuelo de mi mujer, creé a John Butcher, el protagonista de la novela y narrador de la propia historia. Un tipo sin escrúpulos, enfermo de poder y reconocimiento, que vende su alma al diablo para sobreponerse a la vida.
Como sentí que el origen de John Butcher era —y es— algo manido, ideé la forma de atrapar al lector haciéndole partícipe de la narrativa. El propósito era que el lector sintiese que el narrador está haciendo trampas, como si conversaras con una persona que, a todas luces, te está mintiendo y tú no terminaras de creerte nada de lo que dice, aunque el relato pudiera sostenerse. Pero, ¿cómo mantener ese juego durante toda una novela? ¿Cómo lograr que el lector no se desprendiera de la historia, cuando estoy prácticamente empujándolo a no empatizar con el protagonista? ¿Cómo hacer que siguiera leyendo?
Sencillamente, dejé que John Butcher se hiciera con el control. Ya que esta era su historia, ¿por qué no dejar que la contara él como le diese la gana? Y eso hice: me desdoblé, permití que los demonios de Butcher se liberaran dentro del texto y, de paso, me liberé del tormento que llevaba persiguiéndome todas aquellas semanas.

De alguna manera, Tierra de lobos fue un exorcismo. Por mucho que una novela siempre encierre algo de uno mismo, lo cierto es que no hay nada de mí en John Butcher, salvo la oscuridad, la depresión y la tristeza enfermizas que llevaba dentro cuando lo creé. Podría decirse que Butcher es, no una prolongación de aquella etapa, sino una consecuencia.
A estas alturas, sería incapaz de escribir esta novela. Es más, sería incapaz de retomar al personaje en algún punto de su vida. Al contrario que con Dex Mountain y Jean Pollock, los protagonistas de Al filo del ocaso, a los que podría recuperar cuando me viniese en gana, John Butcher es un personaje al que no podría regresar.
A él, a la vida, quizá a Dios, le doy las gracias por haberme permitido conocerme a mí mismo, por haberme permitido despojarme de una parte de la oscuridad que me habitaba.
A mi perro, a mi abuela, quizá a Dios, le doy las gracias por haberme permitido comprender que el amor es precisamente amor cuanto más duele.


