Para el 49,2% de la juventud española, el feminismo es una herramienta de manipulación política. No tengo ninguna duda de que en la mayoría de las casas de ese 49,2% (y del 50,8% restante), el peso de las tareas del hogar recae en una mujer. Ella será la encargada de poner y quitar lavadoras, avituallar la nevera, hacer los cambios de sábanas, encargarse de la revisión del gas, atender a los problemas del edificio, y de paso hacer su propia vida mientras arregla la de los demás. Al hogar, el feminismo ni ha llegado ni se le espera. Pero no voy a quitarle algo de razón a ese casi 50% en lo que a desconfianza política se refiere. Si tan jóvenes son, lo que pasó hace seis años les resultará lejano y quizás desconocido.
Hace seis años nuestra ministra de Igualdad era Irene Montero, una chica a la que en su partido veían una prometedora carrera en política desde mucho antes de que fuera pareja del líder y fundador Pablo Iglesias. Cuando éste pudo por fin rascar bola en el gobierno, eligió a Irene (su señora) para llevar una cartera que le venía grande, enorme. Irene pudo elegir quedarse en un discreto segundo plano y hacer su carrera paso a paso desde su escaño. Pero no quiso o no pudo (las dinámicas de pareja son extrañas) así que se puso al frente de un ministerio que, si ya tenía detractores, los multiplicó con su llegada.

Para el Ministerio de Igualdad el Día de la Mujer es como el Día de la Hispanidad para el ejército. Ese 8M en concreto era el gran baño de masas de Irene Montero. Unos días antes le habían preguntado al desaparecido Fernando Simón si le aconsejaría a su hijo ir a la manifestación del 8M (sic). Él, con todo su cinismo, dijo que sí, que por supuesto que fuera. Estaban las cosas caldeadas ya entonces. Yo me fui en esos días a un monasterio para no escuchar ni leer a todos mis amigos discutir, porque no soportaba el clima de crispación en torno al feminismo (también fui porque lo pude pagar y porque las fechas fueron aptas, tampoco voy a mentir) y porque me sentía presionada tanto para ir como para no ir. Nadie puede ganar a pesado a un español. En esa famosa manifestación del 8 de marzo de 2020 hubo una chica que llevó el cartel más famoso de nuestra historia reciente: “El machismo mata más que el Covid”. Pobrecita. ¿Seguirá debajo de una piedra?
Aquella manifestación en concreto en ese año en concreto era la gran fiesta de Irene Montero, ya que el ministerio lo hacía girar todo el torno a ella. No debió de ser mucho antes cuando sus subalternas le hicieron una tarta y le cantaron el cumpleaños feliz para luego subirlo al canal de YouTube de Igualdad al grito de “Irene necesita mimitos”.
El resto de la obra de Irene ya la conocen ustedes, los mayores. Se resume en gestionar muy mal para luego irse a Europa a seguir con su “carrera”. A nosotros nos dejó un desbarajuste tremendo que le ha venido muy bien a esa manosfera que nos detesta a las mujeres por jóvenes o por viejas, por liberales o por estrechas, por feas o por guapas, por lesbianas o heterosexuales, por ricas o pobres, por españolas o por extranjeras. No sé qué les espera a las adolescentes que en 2026 consideran que el feminismo ha ido “demasiado lejos”, pero lo menos que les puede pasar es que tengan que hacer lo de siempre, y pasar su vida adulta siendo madre, esposa, obrera, enfermera, cocinera, administradora, limpiadora, amante, relaciones públicas, y en el rato que les quede libre antes de ir a dormir, pensar en cómo ha podido torcerse todo tanto.

Aquel 8M de 2020 fue la excusa perfecta para empezar a apedrear el feminismo tal y como se estaba practicando. Ahora el barro nos llega a los tobillos, pero llegará más arriba. Ahora que el #metoo se empieza a poner en duda porque puede haber algún agresor sexual que pierda su posición de poder, ahora que hay tontas útiles que señalan la corriente tradwife como herramienta de liberación. En España podríamos haber evitado parte de este odio si alguien en el gobierno (alguien con cabeza y con los pies en el suelo) hubiera cancelado aquella marcha. Pero nadie lo hizo, y nadie pidió disculpas después. Los políticos demostraron por qué debemos odiarles siempre, y las siguientes marchas del 8M se fueron enrareciendo hasta llegar al punto en el que hay dos marchas paralelas reclamando el Día de la Mujer Trabajadora. Creo que fue el año pasado que Redondo se pasó por las dos, por la prosex y por la abolicionista, por la radical y por la interseccional.
Solo espero que ese 49,2% entienda que una cosa son las personas que hacen política y otra cosa es el feminismo. Nos ha costado mucho llegar hasta aquí como para que echemos marta atrás por culpa de un puñado de oportunistas.
