Opinión

La geopolítica del último escaño

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Irán no es cualquier país de Oriente Medio. Es una potencia militar regional gobernada desde hace casi medio siglo por una gerontocracia teocrática que ha hecho de la hostilidad hacia Occidente una seña de identidad. Financia el terrorismo yihadista internacional, reprime con brutalidad cualquier protesta interna, oprime sistemáticamente a las mujeres y mantiene como aliados a dos de las mayores potencias militares del planeta: Rusia y China. Con semejante combinación de factores, no resulta exagerado afirmar que el mundo se encuentra hoy ante el momento más cercano a un conflicto armado internacional en lo que va de siglo.

Manejar semejante artefacto explosivo requiere inteligencia estratégica, perspicacia política y cierta agudeza diplomática. Sin embargo, la posición adoptada por el presidente del Gobierno ha sido observar desde la distancia y lanzar un eslogan desfasado y pueril. Una vez comenzado el conflicto, proclamar a los cuatro vientos no a la guerra es tan fútil e infructuoso como encarar el problema del desempleo gritando no al paro.

El humo se eleva después de un ataque aéreo en el centro de Teherán, Irán, el 6 de marzo de 2026.
EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

Un gobernante que desease encarar con responsabilidad un contencioso tan delicado como este habría seguido un plan de trabajo diferente: por ejemplo, someter el asunto a debate en el Consejo de Ministros. No se hizo. A continuación, comunicarlo al líder de la oposición. Naturalmente, tampoco. Consultar con Estados Unidos para tratar de encontrar cierto consenso y evitar un choque diplomático. Nada. Conversar con los socios comunitarios para fortalecer una posición común. Esto tampoco. Y, por supuesto, llevar al Congreso de los Diputados la postura para someterla a la consideración y escrutinio de la Cámara. No hubo ni el amago. Es decir, el presidente se ha ahorrado cualquier discusión en foros donde hubiera tenido que hacer frente a opiniones contrarias.

Por este motivo sería interesante recordar que lo que el presidente del Gobierno trasladó en su comparecencia en La Moncloa no fue la posición de España, sino su opinión particular. Lo que nos conduce inexorablemente a una conclusión: aunque trate de esconderlo, el presidente no está adoptando una vez más una postura que defienda los intereses nacionales de todos los españoles, sino sus intereses particulares. En otras palabras, la política exterior de España se ha convertido en un instrumento para hacer electoralismo populista de emergencia.

Lo más revelador es que la mayor parte de los analistas políticos patrios están analizando cuántos escaños va a rebañar Pedro Sánchez con este nuevo juguete de movilización masiva. Y a mí, sinceramente, me da lo mismo. Lo más probable es que dentro de dos años Pedro Sánchez no esté en el poder y que dentro de tres Donald Trump tampoco esté en el Despacho Oval. Pero lo que seguro que va a permanecer es la Unión Europea, donde pintamos poco; la OTAN, donde pintamos menos; o Israel, con quien tenemos rotas las relaciones. Y lo más importante: ahí seguirán tanto Vladimir Putin como Xi Jinping. A día de hoy, da la impresión de que España está más cerca de Pekín que de Washington.

Resulta contradictorio que el faro del pacifismo occidental no haya promovido ni una sola conversación, acercamiento, iniciativa, reunión o cumbre para terminar con la guerra de Ucrania o por la paz en Oriente Medio. Es lo menos que cabe esperar de quien solo enarbola la bandera blanca cuando ve peligrar el último escaño en Teruel.

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