“Mujer. Vida. Libertad”. Son las tres palabras de un viejo slogan kurdo que resumen el leitmotiv de los movimientos de protesta en Irán, a las que se han unido deportistas de ambos sexos, surgidas desde que el sah Mohammad Reza Pahleví abandonara el país en 1979 para no regresar jamás.
Los líderes de la Revolución islámica, encabezados por el ayatolá Ruhollah Musavi Jomeini, aprovecharon su marcha al extranjero con el fin de someterse a un tratamiento médico para, de la noche a la mañana, hacerse con el poder. Desde entonces, las consecuencias para los derechos fundamentales de las mujeres han sido nefastas. Hay quien califica la situación con bastante acierto como un apartheid de género “de libro”.
Esa segregación no es ajena a las deportistas iraníes cuando salen del país por ocio o para competir representando a la República Islámica, ya que les pueden confiscar el pasaporte sin dar ningún tipo de explicación. Lo hacen, según dicen sus líderes religiosos, por su bien porque así pueden evitar que se coinviertan en víctimas de la civilización occidental.
Una guerra en medio de la Copa Asia
Esa injerencia de la política en el deporte ha vuelto a ser visible, solo que en este caso ha sido al revés, tras los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel para acabar con la vida del ayatolá Ali Jameneí. Se pudo ver, por ejemplo, durante un encuentro de fútbol femenino que sirvió para inaugurar la Copa Asia que se disputa estos días en Australia y que enfrentó a las selecciones de Irán y Corea del Sur con un resultado de 3-0 a favor de las últimas.
Las iraníes sellaron sus labios cuando en el estadio empezaron a sonar las notas del himno nacional impuesto por el régimen islámico y que data de 1990. En las imágenes de televisión todas aparecían con rostros serios. Sabían que su actitud podía acarrearles consecuencias. Y las tuvo porque la televisión estatal iraní las calificó de “traidoras” porque su “acto de deshonor” se produjo menos de 48 horas después del asesinato de Jameneí. El gesto no era algo nuevo.
Ya lo hicieron en 2022 los futbolistas durante el mundial de Qatar en el partido frente a Inglaterra como protesta por el asesinato de Mahsa Amini, la joven de origen kurdo arrestada hace dos años por la Policía Moral y torturada hasta la muerte por no llevar el hiyab de una forma correcta.
En el segundo y tercer partido, disputados el jueves y el domingo frente a las anfitrionas y las filipinas, respectivamente, la cosa cambió. Todas, sin excepción, se llevaron las manos a la cabeza a modo de saludo y entonaron el himno a coro como si, de repente, hubieran recordado la letra.
El giro copernicano de las deportistas se entiende aún mejor cuando se explica que la seguridad iraní no les deja ni a sol ni a sombra. Ni siquiera cuando desayunan o enfilan juntas del hotel al autobús. Tampoco pueden salir de sus habitaciones. Incluso tienen prohibido usar los baños públicos, algo que solo sucede con la selección iraní. En torno a ellas, además, se ha construido un muro de silencio. No se les permiten conceder entrevistas, las ruedas de prensa se limitan a un máximo de tres preguntas todas ellas referidas al fútbol y hasta sus horarios de entrenamiento se han convertido en un secreto de Estado para evitar la presencia de público.
El futuro de las jugadoras es ahora bastante incierto. Saben que a su regreso a Irán pueden acabar en prisión o, lo que es peor, ajusticiadas para dar ejemplo a otras mujeres que quisieran seguir su ejemplo. Change.org, la mayor plataforma de peticiones on line del mundo, instó al Gobierno australiano a proteger a las futbolistas ofreciéndoles asilo en su país después de haber recogido más de 51.000 firmas. De momento no hay respuesta oficial. En la calle, la gente sí lo ha hecho. Al término de su último partido un grupo de manifestantes rodeó y golpeó el autobús que conducía a las jugadoras a su hotel al grito de “dejénlas salir”.
🇦🇺🇮🇷 | Cuando el autobús que transportaba a la selección femenina de fútbol de Irán salía del estadio, la situación de repente tomó un giro dramático cuando desde el interior del autobús las jugadoras comenzaron a señalar “Ayuda” en lenguaje de señas.
Todo comenzó cuando se… pic.twitter.com/yD09ViOG61
— Alerta News 24 (@AlertaNews24) March 8, 2026
La mayoría portaba la bandera Imperial, la que era oficial antes de proclamarse la República Islámica. Mientras, la entrenadora de la selección Marziyeh Jafari ya daba muestras de lo que significa la palabra coacción: “Estamos deseando volver a casa lo antes posible porque quiero estar en mi país con mis compatriotas”.
El presidente Donald Trump, instó al gobierno australiano a ofrecer asilo político y horas después confirmó que cinco de las jugadoras se encontraban a salvo tras haber huido de la concentración iraní.
Una de las primeras medidas adoptadas por los líderes de la Revolución Islámica fue implantar el uso obligatorio del velo islámico a las mujeres en su lugar de trabajo. De lo contrario, según la sharía, era como si fueran desnudas. El decreto se promulgó a 24 horas de la celebración del Día Internacional de la Mujer, una festividad a la que eran muy escépticos los lideres religiosos iraníes y que sirvió para que el 8 de marzo de 1979 las calles de Teherán se llenaran de gente en señal de protesta.
Durante estos últimos 47 años los gestos de reprobación nunca han cesado pese a ser silenciados por la fuerza. Todo cambió hace dos años a nivel social, que no en el orden político, cuando la joven de origen kurdo Mahsa Amini fue arrestada por la Policía Moral y torturada hasta la muerte por no llevar el hiyab de una forma correcta.
Kimia Alizadeh, la primera olímpica
En el deporte la mujer iraní también ha sufrido represalias saldadas en algunos casos con la pérdida de sus vidas. A nivel olímpico, Irán ha obtenido a lo largo de su historia 88 medallas (27 oros, 29 platas y 32 bronces) la mayoría de ellas en lucha, halterofilia y taekwondo. Más de un siglo tardaron las iraníes en subirse al pódium. Y la primera tuvo que hacerlo cumpliendo a rajatabla lo que recoge la sharía, esto es, ataviada con el hiyab que permitía que solo se le viera el rostro y con ropa holgada -en este caso un chándal- que le cubriera las piernas y los brazos.
Esa mujer responde al nombre de Kimia Alizadeh. Se colgó un bronce en los Juegos de Rio de Janeiro (2016), una hazaña que repitió ocho años más tarde en París representando a Bulgaria. Y es que en 2020 había desertado al considerarse “una de las millones de mujeres reprimidas en Irán” y para que su nombre no fuera utilizado como propaganda hacia el exterior por parte del régimen de los ayatolás.
Los éxitos del deporte femenino se repitieron en la cita parisina de hace dos años con Nahid Kiani Chandeh (plata en taekwondo en hasta 67 kilos) y Mobina Nematzadeh (bronce en la misma disciplina de hasta 49 kilos de peso). También en esa ocasión aparecieron en el pódium con su hiyab. La obligación impuesta por los hombres sobre la vestimenta femenina viene de lejos. Ya en 1936 el sah había prohibido el velo islámico, y cuando su hijo le sucedió cinco años más tarde, permitió que hasta 1941 las mujeres pudieran ser agredidas si llevaban en público el hiyab o el chador, una prenda que cubre todo el cuerpo menos la cara.
Con todas estas obligaciones sobrevenidas por exigencias masculinas, en la práctica, a las iraníes se les impedía participar en algunas competiciones internacionales como natación, waterpolo o gimnasia porque no podían exhibirse en traje de baño delante de los hombres. Las restricciones afectaban también a la posibilidad de entrenar con alguien del sexo opuesto, a la búsqueda infructuosa de apoyo financiero motivado por el apartheid de género o al veto impuesto para competir frente a rivales israelíes.
Para colmo de males, las mujeres y la niñas -que también deben llevar el hiyab a partir de los nueve años- han tenido restringida su entrada a eventos deportivos bajo amenaza de ir a prisión. No es extraño que el Centro para los Derechos Humanos en Irán, con sede en Estados Unidos, refleje en su informe del año pasado que con tantas prohibiciones quedaban anuladas todas sus esperanzas de vivir en libertad o de, al menos, gozar de los mismos privilegios que los hombres.
En memoria de Forouzan Abdi
La primera deportista asesinada víctima de la intolerancia durante el mandato del ayatolá Jomeini tiene nombre y apellido. Se llamaba Forouzan Abdi. Fue jugadora y más tarde seleccionadora de voleibol en el país que la vio nacer. ¿Cuál fue su delito? En 1981 le arrestaron por dar su apoyo a la Organización Muyahidín del Pueblo de Irán (OMPI). Condenada a cinco años de cárcel, tras cumplir la pena impuesta, fue detenida de nuevo en 1988 junto a más de 30.000 personas por motivos políticos. El autodenominado “Comité de la Muerte”, en un juicio sumarísimo que duró apenas unos minutos, le envió sin más miramientos frente a un pelotón de ejecución para ser fusilada. La misma suerte han corrido durante estos años deportistas varones como el luchador Navid Afkari, el karateka Mohammad Mehdi Karami (21 años) y su entrenador Seyed Mahammad Hosseini, así como el excapitán de la selección de fútbol Habib Khabiri.
A nadie puede extrañar que bajo esta represión por segregación de género alguna iraní quisiera huir solo para volver a sentirse mujer y disfrutar de las cosas de la vida, aunque para ello tuviera que renunciar a competir por su país natal para hacerlo bajo la bandera del Equipo Olímpico de Refugiados o la de la nueva patria que les hubiera acogido como exiliadas. Así se presentaron a los Juegos Olímpicos de París 14 atletas iraníes. Una de ellas era Barbari Zharfi Mahboubeh, una joven de 15 años que había huido de Irán, donde había comenzado a practicar judo llegando incluso a representar a su país en competiciones internacionales, para instalarse en Alemania junto a su hija.
Lo mismo hizo en 2020 la árbitro de ajedrez Shohreh Bayat al temer por su vida porque circulaban unas imágenes de un torneo en Shanghái donde aparecía sin hiyab y otras como las levantadoras de pesas Yekta Jamali Galeh y Parisa Jahanfekrian. Hasta la abanderada iraní en los Juegos Olímpicos de Invierno de Beijing, la esquiadora Atefeh Ahmadi, se vio obligada a solicitar en 2023 asilo político en Alemania.
El apartheid de género que sufren las deportistas iraníes no cesa tampoco cuando salen del país por ocio o para competir representando a la República Islámica, ya que les pueden confiscar el pasaporte sin dar ningún tipo de explicación. Lo hacen, según dicen sus líderes religiosos, por su bien porque así pueden evitar que se coinviertan en víctimas de la civilización occidental. Esa injerencia de la política en el deporte ha vuelto a ser visible, solo que en este caso ha sido al revés, tras los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel para acabar con la vida del ayatolá Jameneí.
El ‘descuido’ de Rekabi
La escaladora Elnaz Rekabi lo sabía, y aun así, se arriesgó. Fue en 2022 durante los Campeonatos Asiáticos que se celebraron en Seúl. Acabó cuarta en la prueba combinada, pero lo que llamó la atención es que compitiera sin el velo. El pelo iba recogido con una coleta y sujeto con una cinta. La afrenta estaba hecha y, como marca la ley de los ayatolás, se aplicó el protocolo de apartheid de género.
Su familia pronto denunció su desaparición. Su móvil no funcionaba y le habían quitado el pasaporte. Su hermano Davud, también escalador, no daba señales de vida. Es la forma de los ayatolás para responder a cualquier afrenta.
La joven tardó dos días en reaparecer en público. Lo hizo en el aeropuerto de Teherán acompañada por agentes de la Guardia Revolucionaria. De su boca solo salió de una forma bastante poco convincente que todo se había debido a un error. “Me avisaron con poco tiempo para comenzar la prueba, me estaba calzando y me olvidé el hiyab”, se justificó.
Su confesión llevó aparejada la prohibición de salir del país hasta que se levantó el año pasado tras la intermediación del Comité Olímpico Internacional (COI). Otra que tuvo un descuido parecido fue la tiradora de arco Parmida Ghasemi. Durante una entrega de premios al término de una competición se le cayó el velo.
El exilio como única salida
El vídeo del acto evidencia que la caída del hiyab no fue casual, una acción que los presentes respondieron con gritos de júbilo.
La pionera en estos desaires al régimen fue la boxeadora Sadaf Khadem. El 14 de abril de 2019 se subió en París al cuadrilátero con la indumentaria de una púgil occidental. Ganó a la francesa Anne Chauvin y quiso celebrar luego el triunfo en su tierra. Una orden de arresto emitida en Irán, de la que le advirtió su entrenador por incumplir las normas de vestimenta, le hizo desistir de su idea inicial y prefirió quedarse en Francia. En su exilio voluntario comenzó a estudiar comercio mientras seguía ligada al mundo del boxeo. Hasta se ha atrevido a lanzar su propia ropa de marca. “Hay cientos de miles de mujeres iraníes que practican deportes, especialmente de combate, en condiciones que no les permiten prosperar. No lo hago por mí misma, solo quiero ser la primera en mostrarles el camino”, aseveró en una reciente entrevista.
En España el caso más conocido es el de Sara Khademalsharieh. La ajedrecista apareció la mañana del 26 de diciembre de 2022 sin el velo en el Mundial de Ajedrez Rápido que se disputaba en Kazajistán en protesta por la muerte de Mahsa Amini. Al ser consciente de las consecuencias de su acto impuro a ojos de los religiosos iraníes se estableció en España junto a su marido Ardeshir Ahmadi, un cineasta y presentador de televisión que estuvo encarcelado tres meses en 2015, y a su hijo Sam.
En 2023 el Gobierno le concedió la nacionalidad española por carta de naturaleza y desde entonces la joven iraní, que posee los títulos de Gran Maestra Femenina y Maestra Internacional de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) compite a nivel internacional bajo la bandera de España sin olvidar nunca sus raíces. “Para mí, la libertad es tener la oportunidad de ser nosotros mismos. No significa que todo el mundo haga lo que quiera, pero creo que tener derecho a hacerlo sin perjudicar a los demás es una necesidad esencial para vivir”, decía en una entrevista publicada en “El País”.
