Margarita Beese, la falangista que desafió las normas de género en su época

Margarita Beese tiene uno de los relatos más insólitos y complejos de la España del siglo XX: identidad, Falange y disidencia de género

Margarita Beese - Cultura
Una imagen simbólica que representa el misterio de Margarita Beese.
Artículo14/Grok

Hay vidas que parecen escritas para incomodar al presente. No porque sean fáciles de leer desde hoy, sino precisamente porque se resisten a cualquier etiqueta limpia. Margarita Beese pertenece a esa clase de figuras incómodas, huidizas, casi fantasmales, que obligan a mirar dos veces la historia española del siglo XX. Su nombre ha regresado al debate cultural en 2026 a raíz de la publicación de Farsante. Una historia queer en la Falange, el nuevo libro de Andrea Momoitio, que rescata una biografía atravesada por la política, la ambigüedad identitaria y el peso aplastante de una época obsesionada con vigilar los cuerpos y las conductas.

Lo primero que conviene decir sobre Margarita Beese es que no estamos ante una figura cerrada ni del todo resuelta. La propia investigación que ahora la devuelve al primer plano parte de un puñado de rastros documentales y de muchas preguntas abiertas. En eso reside buena parte de su fuerza narrativa. Beese no aparece como un personaje transparente, sino como un enigma. Y quizá por eso su historia tiene hoy tanta potencia cultural. No solo habla de ella, sino también de los límites de la memoria y de la dificultad de nombrar, con categorías del presente, experiencias que en su tiempo fueron perseguidas, malinterpretadas o directamente borradas.

Una biografía construida a partir de grietas

Según la sinopsis del libro de Andrea Momoitio, Margarita Beese fue juzgada y encarcelada en Tenerife tras el final de la Guerra Civil por falsear su partida de nacimiento bajo el nombre de Juan Carlos. Ese procedimiento judicial es el núcleo documental desde el que se reconstruye su caso. Los médicos que intervinieron entonces hablaron de “anomalías médicas” y mezclaron categorías como “intersexualidad” y “homosexualidad”.

Una confusión terminológica que hoy resulta reveladora de la mirada de la época: el franquismo naciente, y en realidad buena parte de la cultura occidental del momento, apenas distinguía con claridad entre sexo, género, identidad o deseo. Todo lo que se saliera de la norma quedaba atrapado en una nebulosa médica, moral y policial.

Margarita Beese, la falangista que desafió las normas de género en su época
Portada de la novela ‘Farsante. Una historia queer en la Falange’, de Andrea Momoitio.
Libros del K.O.

Ese detalle no es menor. La historia de Margarita Beese no interesa solo por su rareza biográfica, sino porque permite observar cómo una sociedad entera reaccionaba ante quienes no encajaban en el modelo dominante. El cuerpo, la apariencia y el modo de presentarse ante el mundo podían convertirse en materia judicial. La disidencia no tenía que expresarse en forma de consigna política: bastaba con vivir de una forma distinta para entrar en conflicto con el orden.

Una mujer en los márgenes del relato oficial

La investigación difundida en torno a Margarita Beese añade además otras capas que ensanchan el personaje. La sinopsis de Farsante sostiene que era hija de madre tinerfeña y padre alemán, que vivió el hervidero cultural y político del Madrid de los años veinte, que dirigió una revista y que escribió textos feministas desde posiciones conservadoras. También sitúa a Beese en círculos falangistas durante los años treinta, hasta convertirla en una colaboradora cercana de Pilar Primo de Rivera.

Es ahí donde la historia se vuelve todavía más incómoda y sugerente. Porque la posibilidad de una figura queer —o leída hoy desde esa sensibilidad— vinculada a un entorno falangista rompe la comodidad de muchos relatos contemporáneos. La historia cultural suele preferir personajes ordenados: víctimas sin contradicción, rebeldes fácilmente reconocibles, trayectorias que confirman nuestras ideas previas. Margarita Beese, en cambio, se mueve en un terreno mucho más turbio. Su biografía obliga a aceptar que identidad, ideología y experiencia vital no siempre avanzan en línea recta.

La zona gris de una falangista queer

Ahora bien, aquí conviene frenar cualquier tentación de convertir la leyenda en certeza. El propio material promocional del libro plantea interrogantes decisivos. Si Margarita Beese fue realmente una falangista queer, por qué viajó a la Alemania nazi tras salir de la cárcel y por qué su nombre no aparece en ningún documento oficial del partido. Esa cautela importa. A día de hoy, al menos en las fuentes abiertas consultables, el retrato de Beese sigue siendo más el de una figura investigada que el de una biografía definitivamente cerrada.

Margarita Beese, la falangista que desafió las normas de género en su época
Una fotografía de archivo de Madrid en 1934.
EFE

Y, sin embargo, esa incertidumbre no debilita el interés del caso. Lo multiplica. Porque revela hasta qué punto la historia de determinadas personas quedó rota en archivos dispersos, expedientes oficiales y huellas incompletas. También revela algo más: que la España del siglo XX produjo muchas existencias difíciles de clasificar y que, precisamente por eso, fueron expulsadas del relato central.

Lo que sí sabemos: el rastro en los documentos

Más allá de la reconstrucción literaria e investigadora, Margarita Beese sí deja algunas huellas verificables en documentación oficial. Su nombre aparece en el BOE de 1943, donde figura entre las personas relacionadas en el Cuerpo Auxiliar de Correos, lo que confirma una trayectoria administrativa real.

Años después, en 1949, otra disposición oficial la declara cesante en ese cuerpo por llevar más de diez años en situación de excedencia voluntaria sin haber solicitado el reingreso. Y en 1961 vuelve a aparecer en el BOE en una resolución que dispone su baja en el escalafón por cumplir la edad reglamentaria de jubilación, describiéndola además como “en situación de cesante e ignorado paradero”.

Ese lenguaje administrativo, tan seco y aparentemente neutro, tiene algo estremecedor cuando se lee junto al resto de la historia. Detrás de expresiones como “cesante” o “ignorado paradero” asoma una existencia que el archivo apenas logra contener. La burocracia fija el nombre; la vida real, en cambio, se escapa.

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