Opinión

Cañas y plataformas

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Llega ese momento del año en el que, frente al aire marino que nos anticipa las vacaciones y los calores que las piden a gritos, la mitad de la población acusa a la otra mitad de derrochar el dinero, de gastárselo en viajecitos, cañas y suscripciones a plataformas, y la otra mitad reclama el acceso a una vivienda, algún viaje, cañas de vez en cuando y ¿por qué no? una suscripción, aunque sea compartida.

Si se recuperaran los salarios, si se moderara la inflación ¿se atenuaría la lucha entre generaciones y volveríamos a la vieja y confortable dinámica de género? Posiblemente sí. En España, las mujeres no solo han perdido poder adquisitivo en la última década; lo han hecho desde una posición de partida ya debilitada, que convierte la erosión en algo más profundo que un bache económico debido a la juventud o los hábitos.

La brecha salarial sigue instalada en cifras incómodas —en torno al 16-20% según las fuentes—, pero el dato, por sí solo, no describe la naturalidad con la que ocupamos con mayor frecuencia los trabajos peor pagados, aceptamos jornadas parciales e interrumpimos carreras profesionales obligadas por cuidados que el sistema no asume. Cuando los precios de la vivienda aprieta o la cesta de la compra se desboca, ese punto de partida marca la diferencia entre ajustarse y asfixiarse.

Hay algo tranquilizador en la imagen de una igualdad ya conquistada, solo pendiente de algunos retoques. Los datos desmienten eso. No es una anomalía puntual, es una estructura en la que cada subida de precios actúa como un amplificador de desigualdades previas.

La inflación reciente ha sido particularmente cruel en este sentido: los gastos que más han aumentado (energía, alimentación, alquileres) son, precisamente, los que ocupan mayor proporción del presupuesto en los hogares con menos margen, y que tienen, con demasiada frecuencia, rostro femenino. ¿Gestionan peor las mujeres, toman más cañas, se suscriben a más plataformas?

Se ha celebrado —con razón— el aumento del salario mínimo, que ha beneficiado tramos donde hay una alta presencia femenina, pero esa mejora actúa como un parche en una tela que se desgarra por otros lados.

Lo incómodo de que no admitamos una explicación coyuntural radica en que no basta con esperar a que la economía crezca o a que la inflación desaparezca. El problema no es la tormenta, es que la mitad de la población carece de paraguas. Mientras el mercado laboral continúe premiando la disponibilidad total y relegue los cuidados a una esfera invisible y mal pagada, la pérdida de poder adquisitivo será la consecuencia lógica.

Conviene, por tanto, que cambien algunos entrañables tópicos. La regularización de inmigrantes, con sus vistosas colas, no modificará la persistencia de un desequilibrio que cada crisis deja al descubierto, al contrario. Estabilizará un poco, sobre todo en cuanto a derechos se refiere, una situación insostenible. Para quienes asoman un poco más la cabeza sobre el agua, seguimos con el mismo problema. El acceso a una primera vivienda no se consigue, ahora mismo, con el ahorro de la calderilla. No se es pobre porque una gaste 10, o 30, o 100 euros en suscribirse a todas las plataformas posibles. Hay más posibilidades de serlo sencillamente por haber nacido mujer.

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