Opinión

Sostenibilidad sin autonomía estratégica: una transición incompleta

Actualizado: h
FacebookXLinkedInWhatsApp

Estos días, marcados por la escalada del conflicto con Irán y la tensión en el estrecho de Ormuz, muchos en Europa respiramos con cierta tranquilidad al pensar que contamos con un sistema energético cada vez más apoyado en renovables. Nos sentimos, en cierto modo, protegidos.

Sin embargo, hace apenas un año, el apagón nos recordaba algo muy distinto: la fragilidad de nuestro sistema.

Y es difícil no pensar en ese viejo dicho: buena suerte, mala suerte… ¿quién sabe?

Porque la transición energética no es lineal. Y lo que hoy percibimos como fortaleza puede estar ocultando una vulnerabilidad distinta.

Más allá de reducir emisiones: una transición que cambia de eje

Durante años, la transición energética se ha articulado en torno a objetivos claros: reducir emisiones, desplegar tecnologías limpias y cumplir compromisos climáticos como los definidos en el Acuerdo de París o los objetivos europeos de descarbonización a 2030 y 2050.

Ese marco ha sido necesario. Pero ya no es suficiente.

La transición ya no es solo un desafío ambiental o económico. Es, cada vez más, un problema de sistema industrial completo.

Los recientes desarrollos geopolíticos han puesto en evidencia hasta qué punto dependemos de cadenas de suministro concentradas y frágiles. Europa ha empezado a reaccionar con instrumentos como el Critical Raw Materials Act o el Net-Zero Industry Act, que introducen una idea clave: no hay sostenibilidad sin capacidad industrial.

Este cambio no es menor. Supone pasar de optimizar costes a gestionar dependencias.

De independencia energética a dependencia tecnológica

Durante años, el objetivo explícito de la transición ha sido claro: descarbonizar. Sin embargo, siempre ha coexistido un objetivo implícito igual de relevante: reducir la dependencia de combustibles fósiles y de regiones geopolíticamente inestables.

Pero en paralelo, sin darnos cuenta del todo, hemos ido construyendo otra dependencia.

China fabrica hoy el 92% de los módulos solares del mundo y el 82% de las turbinas eólicas. Produce el 80% de las células de batería globales y el 70% de los vehículos eléctricos. En 2024, el 76% de toda la inversión mundial en fabricación de tecnología limpia fue a China, muy por encima de cualquier otro mercado, pese a años de retórica sobre onshoring occidental.

Y no es solo el producto final. Es la cadena entera.

China controla el 60% de la producción mundial de materias primas críticas y el 90% de la capacidad de refinado. Europa importa de China el 97% del magnesio que necesita para fabricar electrolizadores de hidrógeno. El 98% de los imanes de tierras raras que van dentro de cada motor eléctrico y cada aerogenerador.

Keit Pentus-Rosimannus, auditora del Tribunal de Cuentas Europeo, lo dijo sin ambages a principios de 2026: “Sin materias primas críticas/fundamentales, no habrá transición energética, no habrá competitividad y no habrá autonomía estratégica. Desafortunadamente, ahora somos peligrosamente dependientes de un puñado de países fuera de la UE.

Esto nos sitúa en una paradoja incómoda: avanzamos en independencia energética… mientras aumentamos nuestra dependencia tecnológica.

Es el nuevo riesgo de la transición ecológica. Y apenas estamos empezando a integrarlo en la conversación.

Un problema de métricas… y de enfoque

Parte del problema es cómo medimos el progreso.

Seguimos utilizando indicadores diseñados para otra etapa: coste, eficiencia, reducción de emisiones. Son necesarios, pero no suficientes. El coste nivelado de la electricía (LCOE) ha caído de forma espectacular. El solar es hoy la fuente de generación más barata de la historia. Ese logro es real y es importante.

Pero hay preguntas que esos indicadores no capturan: quién controla las cadenas de suministro, dónde se concentra la capacidad de producción, qué ocurre si esa capacidad se tensiona, qué margen real tiene Europa para ejecutar proyectos sin depender de terceros. Ignorar esas preguntas no las elimina. Las convierte en riesgo oculto. Y Europa ha externalizado no solo la fabricación, sino el conocimiento industrial que hay detrás. Recuperar ese conocimiento es mucho más lento y costoso que construir una fábrica.

Cada vez es más evidente en proyectos de escalado tecnológico que la viabilidad no depende solo de la calidad de la solución, sino de cómo se integran desde el inicio las decisiones industriales, de cadena de suministro y de capital.

La autonomía estratégica energética no tiene que ver con producir todo dentro de nuestras fronteras. Tiene que ver con entender dónde están los puntos críticos del sistema y qué capacidad tenemos —o no— para gestionarlos.

Y entonces, ¿qué transición estamos construyendo?

Irán nos recuerda que los cuellos de botella energéticos existen y que tienen consecuencias reales. El estrecho de Ormuz es visible, está en los mapas, aparece en todos los análisis de riesgo.

La dependencia tecnológica de China es igual de real. Pero no tiene un nombre geográfico que quepa en un titular. No se ve en el precio de la gasolina al día siguiente.

Se ve cuando una fábrica de coches para las líneas de producción porque Pekín ha restringido una licencia de exportación. Se verá cuando la tensión no sea en el Golfo Pérsico sino en el estrecho de Taiwán, y nos preguntemos de dónde vienen los inversores de nuestros parques solares, las celdas de nuestros sistemas de almacenamiento y los imanes de nuestras turbinas.

La transición energética es necesaria. Urgente. Irreversible.

Pero una transición que sustituye la dependencia del petróleo por la dependencia de una cadena industrial que no controlamos no es independencia energética.

Es el mismo problema con tecnología más limpia.

TAGS DE ESTA NOTICIA