La pregunta quedó suspendida unos segundos en el auditorio del Institut Français de Madrid. Emmanuel Carrère guardó silencio, miró hacia abajo y pareció pensar la respuesta con cuidado. La periodista acababa de preguntarle si, después de haber escrito El reino, su gran exploración literaria sobre los orígenes del cristianismo, y tras las preguntas espirituales que atraviesan Yoga, había abandonado definitivamente la relación con lo trascendente. Si, después de tantos años interrogando la fe, había descartado ya la posibilidad de Dios. Carrère se quedó pensativo antes de responder en francés, con una sonrisa leve y una frase que parecía contener más duda que certeza: “Je ne sais pas. Pourrait être”. No lo sé. Podría ser.
Ese momento, a la vez irónico y profundamente honesto, condensó el tono de la conversación que el escritor francés mantuvo en Madrid con motivo de la presentación de Koljós, el libro que acaba de publicar y en el que regresa a uno de los territorios que han definido su obra: la exploración de la verdad en la literatura y de los secretos que atraviesan la vida familiar. Carrère lleva más de tres décadas moviéndose en ese espacio ambiguo donde conviven la autobiografía, la investigación histórica y la narración literaria. Desde El adversario hasta Limónov, pasando por Una novela rusa o Yoga, sus libros han convertido la realidad —propia o ajena— en materia narrativa. Con Koljós, sin embargo, el escritor vuelve la mirada hacia su propia genealogía y construye un retrato íntimo de sus padres, especialmente de su madre, la historiadora Hélène Carrère d’Encausse, durante décadas una de las intelectuales más influyentes de Francia y secretaria perpetua de la Academia Francesa.
El origen del libro se encuentra en los últimos días de vida de su madre. Su agonía duró diez días y Carrère empezó a tomar notas mientras la acompañaba en ese tránsito. “Fue una muerte admirable”, recordó ante el público madrileño. “Tenía algo de grandeza, de nobleza estoica. Se había preparado para ella y la afrontó con una especie de simplicidad y rectitud”. El escritor evocó una frase que su madre le dijo en esos días finales: “Ahora he entrado en el pasillo, avanzo”. Aquella imagen del “pasillo de la muerte”, que su madre recorrió con una serenidad que a él le resultó conmovedora, fue el punto de partida del libro. Carrère reconoce que escribir durante ese momento puede parecer chocante, incluso impropio, pero insiste en que no lo vivió como un acto de frialdad literaria. “No siento culpabilidad”, explicó. “Tuve la impresión de asistir a algo bello que merecía ser contado”.

Koljós nace de ese duelo, pero pronto se convierte en algo más amplio que un libro sobre la muerte. A medida que avanza el relato, el retrato de la madre —una mujer brillante, poderosa y acostumbrada a ocupar el centro de la escena— deja espacio a la figura mucho más discreta de su padre. Carrère describió ese desplazamiento narrativo como una de las sorpresas del libro. “Mi madre era una figura pública. Era la persona que, en una sala, atraía la luz. Buscaba el foco, se expresaba con autoridad. Mi padre, en cambio, era el hombre de las sombras”. El matrimonio de sus padres duró más de setenta años, una longevidad que el escritor contempla con cierta fascinación. “Nadie está casado setenta años por casualidad”, reflexionó. “Incluso cuando la relación es difícil o dolorosa, hay algo ahí que sigue siendo amor”. Durante mucho tiempo Carrère había mirado la historia familiar desde la figura dominante de su madre, pero al escribir este libro su padre empezó a ocupar un lugar inesperado. “Fue el regalo del libro”, confesó. “Ver cómo mi padre entraba en la luz”.
El retrato que Carrère construye de su madre no es complaciente. Él mismo lo reconoce. Sin embargo, tampoco lo considera una traición. “En los retratos hay luces y sombras”, explicó. “Y los defectos de mi madre no eran defectos mezquinos”. La cuestión inevitable era hasta qué punto un escritor puede exponer la vida privada de su familia. Carrère ha reflexionado durante años sobre ese dilema, especialmente desde la publicación de Una novela rusa, el libro que provocó un profundo conflicto familiar al revelar episodios íntimos que su madre prefería mantener en silencio. “Los escritores tienen límites”, afirmó con claridad. “El hecho de escribir no te da carta blanca”. Para él, el imperativo fundamental es sencillo: no hacer daño. Reconoce que en el pasado cruzó esa frontera. “Creo que lo transgredí con Una novela rusa”, admitió. En Koljós, en cambio, intentó actuar de otra manera.
Antes de publicar el libro, entregó el manuscrito a las tres personas más directamente implicadas en la historia: sus dos hermanas y su tío. Les pidió que lo leyeran con libertad y les aseguró que modificaría cualquier fragmento que les resultara doloroso. “Les dije que todo lo que me pidieran que quitara o cambiara lo haría”, recordó. El resultado fue un acuerdo familiar que Carrère considera esencial para la existencia del libro. Su tío le hizo algunas correcciones sobre hechos familiares y sus hermanas aceptaron el retrato con una naturalidad que lo sorprendió. “El éxito del libro en Francia lo ven como un éxito compartido”, explicó.
Uno de los secretos que atraviesa Koljós tiene que ver con el abuelo materno de Carrère, un inmigrante georgiano que llegó a Francia en los años veinte. Durante la ocupación nazi trabajó como intérprete para los alemanes en Burdeos y, cuando Francia fue liberada, desapareció. Probablemente fue ejecutado de manera sumaria. Para la madre del escritor, que entonces tenía dieciséis años, aquel episodio marcó toda su vida. No solo perdió a su padre, sino que lo perdió de una forma asociada a la vergüenza. “Una desaparición no es lo mismo que una muerte”, explicó Carrère. “El duelo se vuelve imposible porque no hay tumba, no hay sepultura”. Durante años, su madre soñó que su padre volvería. El problema no era únicamente la pérdida, sino el hecho de que esa desaparición estuviera vinculada al colaboracionismo. La familia arrastró durante décadas ese secreto, y cuando Carrère decidió contarlo en Una novela rusa, su madre estaba convencida de que el escándalo sería devastador. “Pensaba que todo el mundo iba a darle la espalda y que tendría que abandonar la Academia Francesa”, recordó. No ocurrió nada de eso. “Cayó la espada de Damocles y no pasó nada”.
La conversación también abordó la relación entre Francia y Rusia, un asunto inevitable cuando se habla de la familia Carrère d’Encausse. Su madre fue una de las grandes especialistas en la Unión Soviética y durante décadas defendió la idea de que Rusia acabaría acercándose a Europa y adoptando valores democráticos. “Era optimista por naturaleza”, explicó Carrère. Pero la historia tomó otro rumbo. La evolución política de Rusia tras el final del comunismo no condujo a la democracia que muchos esperaban. Para el escritor, el país mantiene hoy con Occidente una relación contradictoria, una mezcla de desprecio, envidia y hostilidad. Carrère ha viajado varias veces a Ucrania desde el inicio de la guerra y ha rodado allí un documental en el que recorre el país en tren entrevistando a soldados y civiles cerca del frente. “Los ucranianos tienen pánico a que los olvidemos”, afirmó. “Vuelvo de cada viaje con el cuerpo dado la vuelta”.
En la conversación apareció también uno de los temas recurrentes de su obra: la fragilidad de la realidad en el mundo contemporáneo. Carrère recordó una idea que ya había formulado al analizar el sistema soviético. “El comunismo no acabó con la propiedad privada”, dijo. “Acabó con la realidad”. En la URSS, explicó, los ciudadanos vivían en un universo de ficción permanente. Sin embargo, el mundo actual ha llevado esa distorsión a una escala mucho mayor. Hoy convivimos con lo que Donald Trump llamó “hechos alternativos”, una manipulación sistemática de la realidad que Carrère considera profundamente inquietante.
La charla terminó regresando a cuestiones más íntimas. En Yoga, el escritor hablaba abiertamente de su trastorno bipolar. En Koljós aparece la figura de su abuelo, cuya correspondencia revela síntomas muy similares: momentos de exaltación seguidos de profundas depresiones. Carrère reconoce en él una forma de parentesco psicológico. Sin embargo, insiste en que su propio trastorno es leve y no le impide llevar una vida normal. Cuando la conversación se acercaba a su final, alguien volvió a mencionar la dimensión espiritual de su obra. Carrère escuchó la pregunta con atención. Durante años había investigado el cristianismo, había practicado la meditación y había escrito páginas intensas sobre la fe. Ahora, frente al público madrileño, volvió a quedarse pensativo antes de responder. No ofreció una afirmación rotunda ni una negación definitiva. Solo aquella frase ambigua que resonó en la sala: “Je ne sais pas. Pourrait être”. No lo sé. Podría ser.
