Haruki Murakami no solo ha construido una de las obras literarias más reconocibles de la narrativa contemporánea. También ha levantado, casi sin proponérselo, una forma de entender la vida creativa. El escritor japonés, autor de Kafka en la orilla, Tokio blues o 1Q84, suele ser leído por sus mundos extraños, sus personajes solitarios, sus gatos, sus pozos, sus canciones de jazz y esa mezcla tan suya entre melancolía y misterio. Pero detrás de esa imaginación desbordante hay algo mucho menos romántico: disciplina, repetición y una rutina casi espartana.
La frase lo resume bien: “Lo que sé sobre escribir lo he aprendido corriendo”. Haruki Murakami ha explicado en varias ocasiones que correr no es una afición secundaria, sino una parte esencial de su manera de trabajar. Para él, la escritura de una novela larga no se parece tanto a una revelación repentina como a una carrera de fondo. Hay que sostener el ritmo. Hay que resistir. Y hay que seguir incluso cuando el cuerpo se queja y la mente preferiría abandonar.
Del jazz a la vida ordenada
Antes de convertirse en uno de los escritores japoneses más leídos del mundo, Haruki Murakami regentó un club de jazz. Aquella etapa tuvo algo de vida nocturna, música, humo, horarios irregulares y una energía muy distinta a la que después acabaría marcando su carrera literaria. Con el tiempo, sin embargo, el autor cambió de vida. Cerró una etapa y abrió otra: más silenciosa, más física, más exigente.
Ese giro también explica su relación con el deporte. Murakami empezó a correr y convirtió esa práctica en una forma de higiene mental. No se trataba solo de mantenerse en forma. Se trataba de ordenar la vida para poder ordenar la obra. En su caso, el cuerpo no aparece como enemigo de la imaginación, sino como su soporte. La mente escribe mejor cuando el cuerpo aguanta.
La imagen rompe con un tópico muy extendido: el del artista condenado al caos. Haruki Murakami demuestra justo lo contrario. Su literatura puede ser extraña, onírica y llena de zonas inexplicables, pero su método de trabajo es claro, constante y muy terrenal.
La rutina como una forma de libertad

Murakami ha defendido muchas veces la importancia de repetir ciertos gestos cada día. Levantarse pronto. Escribir durante varias horas. Hacer ejercicio. Leer. Escuchar música. Acostarse temprano. La repetición, lejos de empobrecer la creatividad, la protege. Le da un cauce. Le permite aparecer sin depender de un golpe de inspiración.
En una entrevista con The Paris Review, el escritor explicó su rutina cuando está escribiendo una novela: “Cuando escribo una novela, cada día me levanto a las cuatro de la mañana y trabajo entre cinco y seis horas”. Después llega la parte física: “Por la tarde, corro diez kilómetros o nado 1.500 metros (o ambas cosas)”. Y luego el cierre del día: “Me acuesto a las nueve”.
No hay pose bohemia en esa descripción. Hay oficio. Hay una comprensión muy profunda de lo que exige una obra larga. Haruki Murakami sabe que una novela no se sostiene solo con talento. Hace falta paciencia, concentración y una resistencia que se parece mucho a la de un maratón.
Escribir como quien corre una carrera de fondo
La comparación entre correr y escribir no es una metáfora bonita colocada al azar. Para Haruki Murakami, ambas actividades comparten una lógica interna. En una carrera de fondo no puedes gastar toda la energía al principio. Debes conocer tu ritmo, aceptar la fatiga, convivir con la incomodidad y seguir avanzando aunque el entusiasmo inicial desaparezca.

Con una novela ocurre algo parecido. El arranque puede estar lleno de ilusión, pero después llegan los días difíciles. La duda, el cansancio, la sensación de estar repitiéndose, la tentación de abandonar. Ahí entra la disciplina. Murakami ha contado que se obliga a cumplir una cuota diaria incluso cuando no le apetece. No espera a sentirse inspirado. Trabaja para que la inspiración lo encuentre en marcha.
Esa idea conecta con una frase que habitualmente se atribuye a Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”. Murakami parece haber convertido esa intuición en un sistema de vida. No busca la creatividad como quien persigue un relámpago. Prepara el terreno para que pueda caer.
