Hay novelas que envejecen con dignidad y otras que no envejecen en absoluto: permanecen en un estado de intemperie perpetua, como si el tiempo no lograra domesticarlas. Cumbres borrascosas pertenece a esa segunda estirpe. Desde su publicación en 1847 —firmada por Ellis Bell, el seudónimo masculino de Emily Brontë—, el libro ha sido leído como romance, tragedia, alegoría gótica, relato de venganza y hasta como una herejía sentimental contra la moral victoriana. Su grandeza, sin embargo, no reside en la etiqueta que se le cuelgue, sino en el hecho de que ninguna le queda del todo bien. La novela se resiste a ser una sola cosa, y esa resistencia es parte de su poder.
En el capítulo 11 de La Ciudad de las Damas, el podcast literario de Artículo 14, Espido Freire subraya precisamente esa condición incómoda: *Cumbres borrascosas* no es una historia de amor para consolar, sino una experiencia emocional extrema que obliga a mirar de frente la oscuridad del deseo. Lo que Emily Brontë escribe no busca idealizar la pasión, sino examinarla en su forma más obsesiva, destructiva y, a la vez, irresistiblemente humana. Pocas novelas han retratado con tal lucidez la frontera borrosa entre el amor y la posesión, entre el vínculo y el daño.

La trama, conocida pero siempre perturbadora, se sostiene sobre una arquitectura narrativa compleja: una historia dentro de otra, voces mediadoras, relatos transmitidos como rumores y confesiones. La aparente distancia que introducen el señor Lockwood —el inquilino recién llegado a la zona— y Nelly Dean —la criada que actúa como narradora central— no enfría el relato; lo vuelve más inquietante. El lector escucha una historia ajena, pero la siente demasiado cerca, como una herida que no le pertenece y aun así arde. Emily Brontë, en lugar de invitar a la identificación sentimental, organiza un dispositivo de testigos, versiones y silencios que multiplica el efecto: lo terrible no se dice de golpe, sino que se filtra.
Cuando Cumbres borrascosas se publicó por primera vez no fue recibida como una novela: fue recibida como un escándalo. Una revista llegó a preguntarse “cómo un ser humano puede haber intentado tal libro sin suicidarse antes de haber terminado una docena de capítulos”, y lo definió como una mezcla de “burda depravación y horrores antinaturales”. La frase no es solo un exceso moralista victoriano. Es una pista. Emily Brontë había escrito una obra que parecía incompatible con las convenciones del siglo XIX y, sobre todo, incompatible con la idea de lo que una mujer podía imaginar, nombrar y sostener en el papel.
Aun cuando la novela apareció en su segunda edición con el nombre real de su autora, muchos se negaron a aceptar que aquella historia de pasiones más allá de la muerte, de amor furioso y venganza no menos cruel, pudiera haber nacido de una mente femenina. No era únicamente el argumento: eran sus insinuaciones de incesto y necrofilia, los enfrentamientos familiares atravesados por la clase social, el clima de violencia física y emocional, y una galería de personajes irredimibles, sin redención moral ni aprendizaje ejemplar.

La comparación con Jane Eyre, de su hermana Charlotte —publicada poco antes con enorme éxito— se convirtió, desde el inicio, en una forma de explicar la anomalía. Una novela podía ser oscura y, aun así, guiar al lector hacia la reparación: crecimiento interior, recompensa moral, orden restituido. Cumbres borrascosas, en cambio, operaba en un terreno distinto. No prometía aprendizaje. No recompensaba el sufrimiento. No levantaba una moral sobre la ruina: se limitaba a exponer la ruina en toda su potencia.
Y, sin embargo, incluso sus detractores coincidían —sin querer— en una verdad que hoy repite Espido Freire en el capítulo 11 de La Ciudad de las Damas: una vez que entras en su universo, cuesta escapar. La novela funciona como una tormenta sostenida, una pulsión narrativa que no te permite mirar hacia otro lado. Cada capítulo parece empujar al siguiente tanto por intriga como por un tipo de magnetismo oscuro: la necesidad de saber hasta dónde puede llegar un deseo cuando se vuelve absoluto.
En esa dimensión se entiende por qué Cumbres borrascosas no es un romance al uso, sino una pesadilla romántica. El amor, aquí, no es una promesa de plenitud: es una fuerza primaria. Catherine Earnshaw y Heathcliff no se aman como se ama en la literatura amable; se reconocen como dos criaturas nacidas del mismo material salvaje. Ese vínculo, que a ratos parece destino, se convierte también en condena. Lo que los une no los mejora. Lo que los une los devora.

Heathcliff, convertido por la cultura popular en icono de la pasión arrebatada, resulta mucho más incómodo cuando se vuelve al texto. No es un héroe: es una criatura marcada por la humillación, por la herida de clase, por una identidad siempre a la intemperie. Su violencia no se excusa ni se dulcifica, y ahí está la audacia de Brontë: no escribe para disculparlo, escribe para comprender cómo el amor puede transformarse en posesión, el dolor en método y el resentimiento en proyecto de vida. La novela no “explica” su monstruosidad: la narra como un hecho, como una lógica.
Ese personaje dejó una huella enorme en la imaginación occidental. Heathcliff inaugura —o consolida— un tipo de figura que el gótico y la modernidad no han dejado de explotar: el amante infernal, el bello maldito, el hombre a medio camino entre lo humano y lo demoníaco. Lo inquietante es que seduce y repugna a la vez. La novela no pide que lo ames; muestra por qué se vuelve inolvidable. Y esa ambivalencia, que hoy podríamos llamar tóxica, es precisamente lo que convierte a Cumbres borrascosas en un texto contemporáneo: no ofrece modelos sentimentales, expone pulsiones.
Leída desde el presente, además, la novela revela su dimensión política de manera casi involuntaria. El conflicto de clase no es decorado: es sangre. El acceso a los espacios, a los apellidos, a la herencia, decide destinos. Catherine no vive solo un dilema emocional; vive un dilema social. Su elección no se juega únicamente en el deseo, sino en el lugar que una mujer puede ocupar. Y esa tensión —entre pasión y posición— dinamita la supuesta pureza romántica del relato.

La radicalidad de Brontë está también en el tono moral del conjunto: aquí casi nadie se salva. Por eso, con los años, el rechazo inicial se transformó en admiración. Autores y lectores del siglo XX reconocieron en Cumbres borrascosas una modernidad temprana: un libro donde el deseo no se ordena, donde la violencia no se maquilla, donde el amor no es virtud. Las lecturas posteriores —desde quienes subrayaron su relación con el gótico hasta quienes la vieron como una intuición del inconsciente— han encontrado en Emily Brontë una escritora capaz de mirar donde casi nadie se atrevía. Una autora que unió pasión con muerte, ternura con destrucción, belleza con crueldad.
Quizá esa sea su grandeza: Cumbres borrascosas narra un amor que, precisamente por ser posible, asusta. Un amor sin pedagogía, sin final reparador, sin moral tranquilizadora. Una novela escrita con el lenguaje desbocado de la poesía y con el pulso implacable de quien comprende que hay afectos que no curan, solo persisten. En ese gesto —en esa negativa a endulzar— Emily Brontë inventó un clásico que no se deja domesticar. Y las Damas lo analizamos en el capítulo 11 junto a Espido Freire.

