Aparecieron como setas tras la lluvia, con un discurso tan exagerado y antiguo que parecían cuentas parodia; eran, primero, chicos no tan jóvenes con avatares de guerreros estoicos y banderas pretéritas, que acabaron colándose en los móviles de los críos. Ahora están por todas partes. Hablan de mujeres que ya no obedecen. Hablan de un orden perdido, de citas fallidas que abordan con el mismo dramatismo que si fueran derrotas históricas. Todo se les ha arrebatado.
No les gusta que les llamen inceles; a mí tampoco me hace demasiada gracia. Les define mejor otra palabra casi tan antigua como lo que defienden: son misóginos, ángeles que se elevan del barro sin responsabilidad ninguna, porque el culpable siempre tiene nombre femenino.

En esa teoría del derrumbe social e histórico no aparecen niñas con uniforme escolar, salvo para fantasías cada vez más brutales, más explícitas. No aparecen mochilas rosas colgadas en un respaldo. No aparece una madre esperando a la puerta del colegio con el corazón apretado en la mano. En Irán sí. Allí se cuelan en fotografías que circulan deprisa antes de que alguien las borre, las de niñas que protestaron por acudir un sábado de Ramadán al colegio. Niñas que cantaron y recitaron la lección y que hoy están muertas.
Un chico refunfuñón en Madrid escribe que el feminismo condena a las mujeres a envejecer solas y con un gato. Una niña en el sur de Irán cae despedazada en un patio. El mundo entero, el mundo que amanece hoy, cabe en esa distancia.

Mientras tanto el Banco Mundial publica en su último informe que ningún país del mundo alcanza igualdad laboral plena entre hombres y mujeres. Solo un cuatro por ciento vive cerca de la paridad real. El dato viaja en gráficos azules. El dato se comenta en despachos mientras el café que la secretaria ha traído se queda café tibio. La desigualdad se expresa en salarios más bajos y carreras más cortas. La brecha se oculta bajo la forma de cifra respetable.
En los foros de muchachos, ya no tan muchachos, enfadados, alguien celebra el informe como prueba de que el feminismo exagera. Si la igualdad no llega, dicen, será que no era tan urgente. Un argumento impecable. Qué cómoda es siempre la indiferencia.
Vuelvo a la niña. Diez años. Una trenza oscura. Un cuaderno con operaciones aritméticas, o con dibujos, quizá. Su nombre aparecerá, junto con el de docenas de niñas más, en una pancarta improvisada. Una foto muestra su pupitre vacío. No hay gráfico que explique ese hueco. No hay estadística posible que lo suavice.
El informe analiza la participación económica. La niña hablaba en clase más de lo que debía, y le reñían a menudo por ello. El informe mide acceso a créditos y licencias. La niña quería estudiar medicina, o magisterio, o aún no lo sabía. El informe señala ausencia de protección legal suficiente. A esta niña nadie la protegió.
El incel insiste en que el feminismo arrasa sagradas tradiciones, un orden que funcionó durante siglo. Dice que ya no se puede ser hombre como antes. Le hubiera encantado proteger a esa niña, dice, a todas las niñas. Sueña con un destino épico. Esa frase suena pequeña frente a un ataúd blanco. ¿a quién votará el incel? ¿Qué política internacional defienden aquellos a los que vota?
El mundo se divide en quienes creen que el feminismo destruye algo y quienes entienden que sin él se destruyen vidas. Aquí sobra la retórica. Las consecuencias tienen edad. Llevaban uniforme. Se sentaban en un pupitre.

El informe quedará archivado. Las discusiones digitales cambiarán de tema. No, la sociedad no se rompe porque las mujeres pidan espacio, porque casi siempre ocupan el mismo, y el debate, aún así, gira siempre en torno a la susceptibilidad masculina. La niña seguirá muerta y otra niña ocupará su lugar en una fotografía. Otro chico furioso escribirá, a salvo en su cuarto, que todo esto es una exageración.
