“Elegimos ir a la luna no porque sea fácil, sino porque es difícil”. Lo dijo John F. Kennedy y seguramente ni se imaginaba que décadas después alguien en Extremadura recordaría esa frase escuchando un debate de investidura. Y sin embargo, mientras María hablaba en la Asamblea este 3 de marzo en Mérida, esa idea me venía una y otra vez a la cabeza. No por grandilocuencia, ni por comparar cosas incomparables, sino por algo más sencillo, por la sensación de que hay momentos en los que una tierra decide si se queda donde está o se atreve a dar un paso más.
Y Extremadura lleva demasiado tiempo quedándose.
El discurso fue largo, sí. A ratos intenso, a ratos reiterativo, a ratos incluso algo duro. Pero también fue, y esto creo que es importante decirlo, un discurso con intención. No de salir del paso. No de cumplir expediente. Sino de marcar una dirección.
Hay una palabra que me quedó resonando, estabilidad. Puede parecer poco épica, poco inspiradora, pero para una región como la nuestra es casi revolucionaria. Estabilidad institucional significa que quien quiera invertir aquí no tenga miedo a que todo cambie en seis meses. Que las reglas no sean un laberinto. Que la administración no sea un muro.

Y ahí hay una oportunidad enorme. En lo económico, sobre todo. Extremadura puede convertirse en un lugar atractivo para la inversión si ofrece algo que otros territorios no siempre garantizan, seguridad, claridad, continuidad. No es magia, es confianza. Y la confianza mueve millones.
Cuando María habló de políticas industriales, de industria 5.0, de atraer proyectos que generen ecosistema y no solo titulares, no estaba hablando de PowerPoints. Estaba hablando de intentar que los grandes proyectos no sean islas rodeadas de nada, sino semillas que hagan crecer tejido productivo alrededor. Que los jóvenes ingenieros no tengan que irse a Madrid o a Sevilla. Que haya empleo cualificado aquí, en casa.
Eso no es ideología, es sentido común. O debería serlo.
También fue evidente el intento de acercar posiciones con VOX. En inmigración el mensaje fue claro, ni barra libre ni demonización. Orden, exigencia, integración real. Se podrá estar más o menos de acuerdo, pero no fue un discurso ambiguo. Fue directo. Y eso, políticamente, reduce el espacio para el rechazo automático.
En el campo, igual. Defensa frontal frente a Mercosur sin reciprocidad, reivindicación de los regadíos, del agua como infraestructura vital, del apoyo a agricultores y ganaderos cuando vienen mal dadas. Quien vive del campo sabe que no son palabras vacías, sabe que cada campaña es una apuesta a cara o cruz. Y escuchar que tu gobierno habla tu idioma importa.
Y la familia. Y la natalidad. Y la conciliación. En una tierra envejecida como la nuestra, eso no es un eslogan conservador, es casi una cuestión de supervivencia demográfica. Se podrá discutir el cómo, pero no el problema.
Al mismo tiempo, hubo una defensa clara de la sanidad y la educación públicas. Refuerzo de plantillas, reducción de ratios, inversión en centros. Esa combinación de economía dinámica y servicios públicos fuertes es lo que permitió a Juanma Moreno cambiar el clima económico en Andalucía en estos últimos años. No fue solo bajar impuestos, fue generar estabilidad y confianza. Y eso es lo que ahora parece querer intentarse aquí.
¿Saldrá bien? No lo sé. Nadie lo sabe.
Pero hay una pregunta que me parece honesta. Si uno escucha el discurso sin las gafas de su partido, sin el ruido de Madrid, sin el cálculo de desgaste, ¿de verdad puede decir que esta no es la hoja de ruta que necesita una región que está intentando salir del hoyo? ¿Que no necesitamos atraer inversión, simplificar trámites, proteger el campo, mejorar la sanidad y dar a los jóvenes razones para quedarse?
Porque al final todo se resume en eso. En que un chico o una chica de 25 años no tenga que elegir entre su tierra y su futuro. En que montar una empresa no sea un acto heroico. En que el campo no se sienta abandonado. En que la política deje de ser una pelea permanente y vuelva a ser una herramienta útil.
La votación de investidura, miércoles o viernes, no es solo una cuestión de bloques. Es decidir si queremos consolidar una etapa de estabilidad y ambición o volver al bloqueo. Y el bloqueo en Extremadura siempre ha tenido el mismo efecto, frenar a los que ya iban más despacio.
Kennedy convirtió la luna en un símbolo de lo que un país podía ser. Aquí no hablamos de cohetes, hablamos de empleo, de regadíos, de hospitales que funcionen, de empresas que inviertan. Pero el fondo es el mismo, decidir si nos conformamos o si aspiramos a algo más.
No será fácil. Nada que valga la pena lo es. Pero quizá, solo quizá, ha llegado el momento de que Extremadura deje de explicarse en pequeño. Y empiece, aunque sea con dudas, con errores y con cierto desorden, a pensarse en grande
