El aula donde las mujeres migrantes de Melilla vuelven a tener voz

Proyecto Alfa se ha convertido en un espacio seguro donde mujeres migrantes aprenden español, reconstruyen su autonomía y tejen redes frente a la violencia machista y la exclusión social

Reflexionemos. ¿Se han preguntado alguna vez qué ocurre cuando una mujer llega a un país nuevo sin saber leer ni escribir en su idioma? Sin redes familiares y con un trabajo precario del que depende su supervivencia. ¿Qué ocurre cuando, además, arrastra la violencia machista que atraviesa fronteras y culturas?

Para muchas mujeres migrantes en España esas barreras se convierten en una forma más de vulnerabilidad. Una realidad a la que, hace ya más de veinte años, un grupo de mujeres vinculadas al entorno educativo de La Salle en Melilla decidió plantar cara. Romper ese círculo pasaba por algo tan básico —y tan poderoso— como alfabetizar a las mujeres migrantes que llegaban a la ciudad.

Por eso, desde 2004, cada tarde más de doscientas mujeres —la mayoría marroquíes— se sientan en pupitres con cuadernos abiertos y diccionarios a mano.

Primera premisa: “Generar un espacio seguro para ellas”

“Preparadas y motivadas”, cuentan a Artículo14. Así arrancan cada aprendizaje en las aulas del Proyecto Alfa: toca recuperar la seguridad, la autonomía y la voz que durante años les ha sido negada. Y para eso, profesoras y voluntarias, como Farida El Messaoudi, las enseñan, primero, a leer y a escribir. Y después, llega todo lo demás.

“Es el momento del día en el que nos sentamos y somos capaces de imaginar otro futuro”, explica ilusionada -en un exquisito castellano- Ihsane, alumna del proyecto.

Allí aprenden español, matemáticas básicas o conocimientos sociales, pero también reciben orientación laboral, acompañamiento en trámites administrativos y formación para mejorar su empleabilidad. El valor del proyecto va más allá de lo educativo.

“Una de nuestras premisas principales es generar un espacio de seguridad y tranquilidad”, explica Victoria Montserrat García, coordinadora del programa. “Muchas de ellas tienen cargas familiares muy grandes y trabajan en condiciones difíciles. Aquí queremos que puedan desarrollarse en toda la dimensión de su persona”.

Un espacio seguro frente a la violencia y la exclusión

Un poquito de realidad empírica para los más escépticos: una de cada tres víctimas mortales de violencia machista en los últimos años en nuestro país era migrante. Son datos del ministerio de Igualdad. Todo ello a pesar de que la población migrante femenina es mucho menor en proporción.

Y que las mujeres migrantes estén sobrerrepresentadas entre las víctimas de violencia machista no es casual: reciben menos protección, peor atención de las instituciones públicas y a penas ayuda económica para salir adelante.

Por eso, en ese contexto, proyectos comunitarios como Alfa pueden marcar la diferencia.

“Ellas aquí se sienten acompañadas, escuchadas”, explica García. “También organizamos charlas sobre prevención de la violencia machista y sobre derechos, para que sepan identificar situaciones de abuso y sepan que existen mecanismos para protegerlas”.

El ambiente, casi exclusivamente femenino, ayuda a crear un clima de confianza poco habitual para muchas. “Aquí pueden permitirse cosas que en otros espacios no”, añade la coordinadora. “Celebramos fiestas interculturales, ponen música marroquí, bailan… alguna vez incluso se han quitado el velo durante actividades. Es un lugar donde pueden expandirse y volver a soñar. Ellas solas o junto a sus hijos”.

“Ahora tengo otra vida”

Farida Bakkach tiene 61 años y es una de las alumnas más veteranas. Durante años cruzaba la frontera cada fin de semana para visitar a su familia en Marruecos mientras trabajaba en Melilla.
Cuando el cierre de la frontera le impidió seguir haciéndolo, su vida cambió.

“Yo trabajaba aquí y los fines de semana iba a ver a mi familia a Marruecos, pero cuando cerraron la frontera me quedé aquí”, cuenta a Artículo14. Fue entonces cuando conoció el proyecto. Hoy Farida acude a clase cada tarde.

“Estoy muy contenta porque vengo a estudiar, a leer y a escribir”, dice. “Estoy muy contenta con los profesores y con las compañeras. Ahora tengo otra vida”.

Para ella, el aula se ha convertido también en un espacio de respiro: “Me despejo un poco con la gente que conozco aquí, con los profesores y con las compañeras de clase. Estoy mucho mejor, gracias a Dios”.

Aprender a los 58 años

Fadma Izhar Tahrichi tiene 58 años y nació en Bilintzar, una zona cercana a la frontera. De niña nunca pudo ir al colegio. “Cuando era joven nunca entré en la escuela”, recuerda.

Hace más de siete años empezó a acudir al proyecto y desde entonces su vida también ha cambiado profundamente. Con el apoyo de las educadoras logró preparar la prueba para obtener la nacionalidad española y también sacarse el carné de conducir: “Me ayudaron mucho. El Hermano Cresencio se quedaba conmigo después de clase para hacer redacciones y correos electrónicos hasta que conseguí la nacionalidad”.

Hoy conduce su propio coche y sigue asistiendo a las clases. “Cada tarde estoy aquí. Ahora mismo estaba haciendo informática”, cuenta orgullosa. “Necesito dar muchas gracias por la ayuda que me han dado”.

“El único sitio que me abrió la puerta y no me rechazó”

Ihsane tiene 20 años y pertenece a otra generación de alumnas. Su historia refleja cómo el acceso a la educación puede transformar la confianza personal. “En pocas palabras, Proyecto Alfa me ha mejorado la vida”, explica.

Antes, dice, era extremadamente tímida. “Me costaba relacionarme con los demás, pero gracias al proyecto he aprendido a ser más sociable, a tener más confianza en mí misma y a sentirme más segura”. Para ella, el centro es mucho más que un aula.

“Es mi zona de confort. Allí no solo estudio, siento que tengo un lugar y personas que me apoyan. Fue el único sitio que me abrió la puerta y no me rechazó”.

Aprender juntas, resistir juntas

Las mujeres que acuden a Proyecto Alfa tienen entre 18 y más de 70 años. Comparten origen marroquí y, en muchos casos, trayectorias marcadas por la migración, la violencia machista y la falta de oportunidades educativas.

Pero también comparten una enorme capacidad de resiliencia. Muchas trabajan limpiando casas, cuidando a personas mayores o realizando tareas domésticas. Después de largas jornadas laborales, llegan a clase con cuadernos y diccionarios.

“Son muy constantes”, destaca García. “Se toman el aprendizaje muy en serio”.

En esas aulas no solo se aprende gramática. También se construye una red de empoderamiento. Las mujeres se apoyan entre sí, comparten experiencias y encuentran un espacio donde hablar sin miedo.
Porque cuando una mujer aprende un idioma, comprende sus derechos y deja de sentirse sola, cambia algo más que su propia vida: empieza a cambiar también el lugar que ocupa en el mundo.

Si algo de lo que has leído te ha removido o sospechas que alguien de tu entorno puede estar en una relación de violencia puedes llamar al 016, el teléfono que atiende a las víctimas de todas las violencias machistas. Es gratuito, accesible para personas con discapacidad auditiva o de habla y atiende en 53 idiomas. No deja rastro en la factura, pero debes borrar la llamada del terminal telefónico. También puedes ponerte en contacto a través del correo 016-online@igualdad.gob.es o por WhatsApp en el número 600 000 016. No estás sola.

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