Crianza

La maternidad bajo presión: biotecnología en lugar de derechos

La bióloga Hongmei Wang investiga cómo ralentizar el envejecimiento del sistema reproductivo femenino, explorando vías como la reducción de la frecuencia de la menstruación

Fotograma de la película 'Cinco lobitos'
Fotograma de la película 'Cinco lobitos'

Imagine por un momento que, ante la caída de la natalidad, la respuesta no fuera mejorar los permisos, los salarios o los cuidados, sino intervenir en el cuerpo de las mujeres. Que la solución a una sociedad que envejece no pasara por cambiar las condiciones en las que se vive y se cría, sino por ampliar artificialmente la ventana biológica de la fertilidad: actuar sobre el ovario, sobre la menstruación y sobre ese reloj íntimo que marca cuándo -y cuántos- hijos puede tener una mujer.

La pregunta no es si la ciencia puede avanzar -porque lo hace-, sino por qué se decide mirar ahí antes que a todo lo demás. Porque cuando la respuesta a un problema colectivo pasa por modificar los cuerpos en lugar de transformar el sistema, conviene detenerse y preguntarse qué estamos dejando fuera… y a quién beneficia ese orden de prioridades.

¿Y si la regla fuera cada tres meses?

En el centro de este debate aparece la investigación de la bióloga Hongmei Wang, que estudia cómo envejece el sistema reproductivo femenino y si sería posible ralentizar ese proceso. Su trabajo intenta responder a una pregunta clave: por qué disminuye la fertilidad con el paso del tiempo y hasta qué punto podría preservarse durante más años mediante intervenciones biológicas.

Entre las hipótesis que se exploran figura la de reducir la frecuencia de la menstruación -por ejemplo, pasar de un ciclo mensual a uno trimestral- para conservar la reserva ovárica. También se han realizado experimentos en animales destinados a rejuvenecer ovarios envejecidos, con algunos resultados puntuales prometedores. Pero, por ahora, todo esto sigue siendo investigación básica, un campo lleno de incógnitas, lejos todavía de cualquier aplicación real.

“Lo primero que siento cuando leo este tipo de planteamientos es impotencia”, afirma Laura Baena, fundadora de El Club de las Malasmadres. “No porque la ciencia no deba avanzar, sino porque volvemos a colocar el problema en el cuerpo de las mujeres en lugar de en las condiciones en las que vivimos”.

Para Baena, el diagnóstico está más que claro. “Llevamos más de una década poniendo cifras a la maternidad y demostrando cómo el sistema empuja a las mujeres a renunciar”, señala. “Y aun así seguimos buscando soluciones que no tocan el fondo del problema”.

La maternidad no se retrasa, se empuja

Los datos que maneja su organización apuntan siempre en la misma dirección. “Siete de cada diez mujeres nos dicen que tendrían más hijos si existieran medidas reales de conciliación y apoyo”, recuerda. “Eso desmonta la idea de que el problema sea biológico o de falta de deseo”.

Para Baena, la maternidad no se pospone por capricho. “Se retrasa porque el sistema no acompaña. Porque los horarios no encajan con la crianza, porque las guarderías públicas no llegan, porque los salarios no alcanzan y porque los cuidados siguen recayendo mayoritariamente sobre las mujeres”.

En ese contexto, hablar de alargar la vida fértil sin revisar esas condiciones resulta, a su juicio, profundamente insuficiente.

El cuerpo femenino como solución rápida

“Cuando la respuesta al descenso de la natalidad es tecnológica antes que social, hay que pararse a pensar”, advierte Baena. “Estamos aceptando cambiar nuestros cuerpos para que encajen en un sistema que no quiere cambiar”. Y pregunta: “¿Para quién se investiga cuando se habla de colapso demográfico? ¿Para las mujeres o para un sistema económico que necesita nacimientos sin asumir el coste de sostener la maternidad?”.

A su entender, la lógica es conocida. “Es mucho más fácil intervenir sobre la biología que reorganizar el trabajo, redistribuir los cuidados o reconocer que cuidar también genera riqueza”.

Baena alerta además del riesgo de despolitizar la maternidad. “Cuando se presenta como un problema técnico, se oculta que es un asunto colectivo”, explica. “Tener hijos no es solo una decisión privada: es algo que sostiene el presente y el futuro de cualquier sociedad”.

Desde su punto de vista, centrar el debate en ovarios y ciclos menstruales sin abordar las condiciones de vida equivale a mirar hacia otro lado. “Si no ponemos los cuidados en el centro, cualquier solución será parcial”.

Cambiar el orden de las prioridades

Cambiar el cuerpo antes que cambiar el sistema no es, para Baena, una opción neutral. “Es una forma de permitir que el sistema nos expulse, nos controle y nos silencie. Y de pedirnos, una vez más, que seamos nosotras las que nos adaptemos”.

La ciencia, reconoce, puede abrir nuevas posibilidades. “Pero no puede sustituir a la justicia social. Antes de pensar en cómo alargar la fertilidad, habría que garantizar condiciones que permitan criar sin renuncias, sin precariedad y sin culpa”.

Porque mientras eso no ocurra, el debate seguirá formulándose al revés: intentando cambiar el cuerpo antes que cambiar el sistema.

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