El presidente español Pedro Sánchez ha tomado una decisión: no permitir que EEUU use las bases españolas para atacar Irán y no seguir la estela de Francia, Reino Unido y Alemania que sí han apoyado al presidente Trump. Es decir, Sánchez ha desafiado a la mayor potencia del mundo, y ha ignorado a las mayores potencias europeas.
En los últimos tres años, Pedro Sánchez ha tomado decisiones que le ha ido labrando la imagen de un líder europeo autónomo y rebelde. Primero, fue por libre al anunciar en 2024, sin pactarlo con la UE, que reconocía al Estado palestino. Segundo, en una cumbre de la OTAN en 2025 dijo que España no iba a destinar el 5% de su presupuesto a gasto militar.

Todas las grandes potencias europeas se quedaron pasmadas, sobre todo teniendo en cuenta que desde 2022 se libra una guerra en territorio europeo, en Ucrania y que Rusia amenaza cada cierto tiempo a las potencias europeas. Y, por último, Sánchez se niega a prestar las bases conjuntas de España y EEUU para operaciones militares.
Es difícil saber si el presidente español cree en lo que dice creer. Por ejemplo, la palabra Palestina nunca ocupó sus discursos en los mítines ni su programa desde 2018, a pesar de que el conflicto entre Israel y Palestina ha estado permanentemente en los telediarios.
Fue a finales de 2023, cuando Pedro Sánchez se ocupó de Palestina. En octubre de ese año, milicianos de Hamás entraron en territorio israelí y asesinaron a unas mil personas, e Israel respondió con fuego y furia, causando una masacre de más de 60.000 civiles. Sánchez se puso del lado de los palestinos y, saliéndose del guion europeo, reconoció al Estado palestino.
Entre finales de diciembre de 2025 y mediados de enero de 2026 sucedieron protestas relevantes y masivas iraníes, con un fuerte énfasis en los derechos de las mujeres y el rechazo al control estatal sobre ellas. El régimen de los ayatolás respondió con una represión que según cálculos conservadores supuso la muerte de unas 12.000 personas. Que se recuerde, solo hubo unas tímidas manifestaciones de Sánchez en la red X.
Tampoco le han preocupado los derechos humanos en Venezuela, a pesar que el país ha sufrido y sufre una dictadura que tiene una larga estela de represión, asesinatos y prisioneros políticos. Todo lo contrario: la diplomacia española desdeñó la captura de Maduro por EEUU aduciendo que se violaba el derecho internacional.
Respeto a Irán parece que las potencias europeas han visto algo que Sánchez no ha visto. La idea de que Irán está cada vez más cerca de tener armas nucleares no es un cuento. Un artículo reciente de The New York Times reveló un encuentro entre diplomáticos estadounidenses e iraníes poco antes del ataque. En ese encuentro, por mandato de Trump, los diplomáticos estadounidenses intentaron disuadir a Irán de que siguiera con su proyecto de armas nucleares y le ofrecieron un pacto. No se llegó a un acuerdo, lo cual llevó a Trump a tomar su decisión de atacar dos días después.
¿Esta amenaza nuclear es real o exagerada? A mediados del año pasado, después de que EEUU e Israel atacaran Irán, Trump dijo confiado que habían destruido el proyecto nuclear militar iraní. Poco después, según Al Jazeera y otros medios, el jefe de supervisión nuclear de la ONU, Rafael Grossi, dijo que Irán se estaba recuperando y “en cuestión de meses” alcanzarían a construir el arma nuclear.
La prueba de que este arma es algo que sí preocupa a otros socios europeos es que Emmanuel Macron realizó hace pocos días un acto solemne en la base de submarinos nucleares de Francia, y lanzó su proyecto de aumentar su arsenal nuclear y crear un paraguas nuclear europeo. Su discurso fue apocalíptico. Dijo: “Para ser libre hay que ser temido”. No era un brindis al sol. Muchos países europeos han afirmado querer estar bajo ese paraguas porque manejan la misma información: existe una amenaza nuclear.
Irán ya ha atacado a un país europeo: Chipre. No es un país de la OTAN, con lo cual, Sánchez tiene su coartada para no intervenir. Pero en el momento en que caiga un misil iraní en un país de la OTAN, tendrá que decir si quiere formar parte de la OTAN o no.

Entonces, ¿a qué juega Sánchez? Si se admite que a Sánchez, como ha demostrado en otras ocasiones, no le preocupa Irán, eso significa que lo está haciendo todo en clave interna. Y esta puede ser una jugada inteligente.
Para empezar, la mayor parte de la población española no ve con buenos ojos aliarse ahora con quienes atacan a Irán. De derechas o de izquierdas, Trump cae mal en España. Cae mal en todos los telediarios nacionales. No gusta. Es un bravucón belicista.
Eso se verá en las primeras encuestas que aparezcan. Casi seguro que Sánchez empezará a recuperar terreno en un año clave: queda unos quince meses para las nuevas elecciones generales.
Si la guerra es larga, las encuestas favorecerán a Sánchez, al menos en los primeros meses. Es algo difícil de medir porque entrarán muchas variables como el impacto en la economía, la inflación, los puestos de trabajo, los aranceles… Pero la jugada le saldría bastante bien a Sánchez, sobre todo en términos electorales, los únicos que, vista su carrera desde 2018, solo le interesan. Sánchez echará la culpa de la crisis a Trump, a Israel, al PP y a Vox. Y sus aliados en España le apoyarán más que nunca.
Sánchez habrá perdido la partida
Pero si la guerra se resuelve en cuestión de semanas, Sánchez habrá perdido la partida. Estados Unidos podría obligar a Irán a abandonar su programa militar nuclear, se verían pruebas de lo que ha estado haciendo en sus centrales con el enriquecimiento de uranio, y se daría paso a un período de una paz extraña, pero paz, con barcos petroleros circulando de nuevo por el estrecho de Ormuz, bolsas en alza, precios a la baja y, entonces, se vería quiénes han estado con EEUU y quiénes no.
Por las pruebas que ha dado en sus años de gobierno, las decisiones de Sánchez no son producto de una reflexión política o humanitaria sino de un ego que le impulsa a dejar huella en Wikipedia, cuesta lo que cueste. Cuenta Maxim Huerta, el primer ministro de Cultura de Pedro Sánchez, que cuando Sánchez le llamó a la Moncloa para destituirle, el presidente empezó a hablar de sí mismo en términos desmedidos, y le preguntó cómo le vería la historia en el futuro. “Me dijo que todos acababan mal en política, como Zapatero, Aznar o González, y me preguntó qué dirían de él”.
