Maternidad tardía: la congelación de óvulos bate récords y la natalidad se desploma

La maternidad se retrasa no por falta de deseo, sino de condiciones. La dificultad de encontrar el momento adecuado empuja a las mujeres a congelar sus óvulos

Combinar la menopausia con la maternidad puede ser una tarea compleja.

España no ha dejado de querer hijos, lo que ha dejado es de encontrar el momento. Mientras la natalidad cae a mínimos históricos, miles de mujeres congelan sus óvulos para no cerrar una puerta que la vida aún les mantiene entreabierta.

No hay un instante exacto en el que una mujer decide retrasar la maternidad. No ocurre con un calendario ni con una conversación solemne. Ocurre un lunes cualquiera: cuando firmas un contrato temporal, cuando cambias de ciudad por trabajo, cuando una relación no funciona, cuanto por fin todo parece encajar… pero todavía no.

Así, casi sin darse cuenta, la maternidad se convierte en una tarea pendiente. Algo que no se abandona, pero tampoco puede ponerse en marcha. España está llena de mujeres que no han dicho que no a tener hijos. Han dicho “más adelante”.

Los números lo confirman: la tasa de fecundidad ronda hoy entre 1,15 y 1,19 hijos por mujer, una de las más bajas de Europa. Casi el 40 % de los nacimientos se producen en mujeres mayores de 35 años. Y, en paralelo, la congelación de óvulos bate récords año tras año. No es una moda, ni una obsesión por la maternidad perfecta, es una estrategia de supervivencia vital.

“En consulta no vemos mujeres que no quieran ser madres”, explica a Artículo 14 la doctora Laura García de Miguel, ginecóloga especialista en fertilidad y directora médica de Grupo Tambre. “Vemos mujeres que llegan más tarde de lo que les habría gustado. No porque no lo desearan antes, sino porque su vida no se lo permitió”.

La biología no entiende de excusas

Durante años se nos ha repetido que todo llega, que la medicina lo arregla casi todo y que, si una mujer se cuida y tiene ciclos regulares, no hay motivo para apresurarse. Pero el cuerpo no ha firmado ese pacto social.

“La biología no ha cambiado”, subraya García de Miguel. “La reserva ovárica y la calidad de los óvulos disminuyen con los años, y eso no responde al deseo de ser madre, sino con el contexto que empuja a retrasarlo”.

A partir de los 35 años, la calidad de los óvulos empieza a descender; después de los 38, la caída es mucho más pronunciada. La consecuencia no es solo una menor probabilidad de embarazo, sino más abortos espontáneos, más intentos fallidos, más presión emocional.

No es extraño que muchas mujeres lleguen a consulta agotadas antes incluso de empezar.

Las técnicas de reproducción asistida ayudan -y mucho-, pero no pueden borrar el paso del tiempo. “La medicina acompaña, pero no puede revertir el envejecimiento ovárico”, insiste la doctora. “Por eso defendemos una información clara y realista. Entender lo que ocurre da calma, no miedo”.

Pruebas de reserva ovárica - Salud
La inseminación artificial de un óvulo (EFE)

Congelar óvulos: no para ser madre, sino para no dejar de poder serlo

En este escenario aparece la congelación de óvulos. No como un plan B, sino como un freno de emergencia: una forma de decir “ahora no puedo, pero no quiero cerrar esta puerta”.

En la última década, la demanda se ha multiplicado. En Grupo Tambre, por ejemplo, se ha pasado de 35 mujeres que vitrificaron sus óvulos en 2015 a más de 300 en 2023. El perfil es reconocible: mujeres entre 32 y 38 años, con estudios, estabilidad laboral, autonomía económica y un deseo firme de ser madres en el futuro.

“No es una decisión impulsiva”, aclara García de Miguel. “Llegan después de reflexionar mucho sobre su proyecto vital. No congelan óvulos porque no quieran ser madres, sino porque quieren serlo en mejores condiciones”.

La especialista insiste en desmontar una idea clave: congelar óvulos no garantiza un embarazo. No congela la vida, ni elimina la incertidumbre. Pero sí amplía el margen de decisión y protege oportunidades futuras.

“Idealmente, cuanto antes se haga, mejor. Por debajo de los 35 años los resultados son mucho mejores”, explica. “Más que fijar una edad concreta, lo importante es informarse a tiempo”.

El gran silencio sobre la fertilidad

Uno de los problemas de fondo es que llegamos tarde a esa información. Se habla de menstruación, de anticoncepción, incluso de menopausia, pero la fertilidad sigue siendo un tema incómodo, casi invisible.

“Muchas mujeres creen que si su ciclo es regular y se encuentran bien, su fertilidad también lo está”, señala la doctora. “La reserva ovárica disminuye sin dar síntomas”.

A esto se suma la confianza excesiva en la reproducción asistida, como si fuese un comodín que siempre funciona. La realidad es otra: la edad sigue siendo el factor que más condiciona las probabilidades de éxito.

Y no es solo una cuestión femenina. El estrés, los hábitos de vida y el deterioro de la calidad del semen en los hombres también influyen -cada vez más- en las dificultades reproductivas.

Cuando el problema no es personal, sino colectivo

La pregunta final es incómoda: si tantas personas quieren tener hijos, ¿por qué cada vez es más difícil?

“La maternidad no puede recaer solo en la capacidad de cada mujer para adaptarse a su biología”, concluye García de Miguel. “Si el deseo existe pero el momento nunca llega, el problema no es individual, es social”.

Conciliación real, estabilidad laboral, acceso a la vivienda, educación en fertilidad… Todo eso también es política reproductiva, aunque pocas veces se nombre así.

Mientras tanto, la maternidad continúa en la lista de tareas pendientes de una generación que no ha dejado de querer hijos. Solo ha aprendido, a base de realidad, que con querer no siempre basta.

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