Opinión

Voces femeninas

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Esta semana hemos vuelto a asistir al ritual que cada cierto tiempo genera la IA: gráficos ascendentes, comparativas de rendimiento, generaciones de modelos capaces de integrar texto, imagen, voz y gesto en una misma arquitectura. El entusiasmo técnico tiene algo de fiebre del oro: cada anuncio parece empujar un poco más el horizonte de lo posible y esta vez parece que sí es la definitiva.

Sin embargo, lo verdaderamente decisivo no está en la potencia de cálculo, sino en la sedimentación cultural que estos sistemas producen, casi sin ruido. No me refiero solo a los sesgos —que existen y son graves— ni a la sustitución laboral —que llegará—, sino a algo más tenue y más profundo para las mujeres: la reorganización de la voz propia, su importancia o su silencio.

El insomnio en literatura
El insomnio en literatura
KiloyCuarto

Llevamos décadas defendiendo la existencia de una voz femenina en la literatura más allá de su esencia biológica o de los clichés temáticos, sino como el resultado histórico de una experiencia distinta del mundo: el cuerpo, el trabajo invisible, la maternidad impuesta o elegida, la precariedad, la violencia simbólica, el deseo narrado desde otra posición. Escritoras, pensadoras y lingüistas han insistido en que el lenguaje no es neutro; la sintaxis, el punto de vista, incluso el silencio, están atravesados por estructuras de poder. La literatura escrita por mujeres no es simplemente “literatura hecha por mujeres”: es una reconfiguración del espacio simbólico.

Durante siglos la voz literaria femenina no se limitó a ser simplemente minoritaria; fue sospechosa. Se la consideró sentimental, doméstica, excesiva, impropia de los grandes temas. Cuando por fin conquistó espacio, lo hizo precisamente cuestionando esa jerarquía: introdujo la experiencia del cuerpo, la mirada desde la orilla opuesta, la ambivalencia moral, la intimidad política. No era un estilo reconocible por adjetivos o metáforas , sino una torsión del canon. Lo que ahora comienza se diferencia de la censura clásica porque no hay prohibición ni silencio impuesto, solo una continua y velocísima absorción.

Los modelos de lenguaje no distinguen entre un texto escrito contra el poder y otro escrito para sostenerlo. Tampoco entre una voz que nació de la intemperie y otra forjada en la seguridad de la tradición. Todo se convierte en un patrón. La radicalidad estilística se traduce en una probabilidad, escasa, pero posible. El gesto insumiso pasa a ser una variable más en una función requerida. El riesgo no es que desaparezcan las escritoras. El riesgo es que su diferencia se esfume.

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Cuando millones de personas piden a un sistema que “escriba como una mujer” o “un tono femenino”, cristalizan una expectativa. El modelo devuelve algo verosímil, reconocible, consumible. Esa verosimilitud consolida una caricatura: la voz femenina como textura emocional, como cercanía empática, como relato íntimo. Y lo que fue conquista histórica se transforma en una plantilla.
El proceso es sutil. porque se presenta como la democratización de la escritura, de lo literario. Cualquiera puede ahora producir un texto bien escrito. Pero ¿qué significa “bien”? ajustado a convenciones aprendidas. Que no incomode demasiado. Que no se desvíe en exceso de lo que ya circula.

La literatura escrita por mujeres ha sido a menudo un espacio de fricción, un lugar donde el lenguaje no encajaba del todo, donde la sintaxis se tensaba para nombrar lo que no tenía hueco. Si esa tensión se diluye en la búsqueda de la frase más aceptable, se aplana. No hablamos solo de calidad técnica, sino de esa temperatura moral que es el estilo, y eso acarrea la muerte de la vacilación creativa. Durante décadas muchas escritoras han descrito el miedo a no estar a la altura, a no dominar el canon, a no poseer la autoridad simbólica reservada a otros. Mary Shelley se refería a ello, Virginia Woolf lo remarcaba, y antes de ellas Teresa de Jesús lo mencionaba. Hoy la IA promete suplir esa inseguridad: corrige, mejora, sugiere, pule y al hacerlo refuerza un ideal normativo de escritura. La voz que duda se apoya en el algoritmo; el algoritmo responde con una versión optimizada de la media. Al integrarse la duda, se elimina también la lucha.

Frankenstein, de Mary Shelley
Frankenstein, de Mary Shelley
Elisa Osuna

Y después, a riesgo de repetirme, está la cuestión del archivo. Estos modelos se entrenan con textos del pasado y del presente. Absorben diarios, novelas, ensayos, columnas, manifiestos. La experiencia femenina, durante tanto tiempo marginal o clandestina, se convierte en un reservorio para sistemas desarrollados en estructuras empresariales que no comparten los mismos fines emancipadores. Vivimos la paradoja histórica de que aquello que se escribió para ganar autonomía alimenta ahora máquinas que pueden neutralizarla bajo la forma de una réplica infinita.

Oh, sí, siempre ha existido imitación, todo escritor aprende de otros. Es cierto, ya lo sabemos. Pero la imitación humana implica un diálogo, malentendidos, transformación. Nadie reproduce exactamente una voz sin atravesarla. En cambio, la simulación algorítmica genera una apariencia de estilo sin haber vivido nada de lo que lo originó. Y esa apariencia, cuando circula masivamente, satura el espacio simbólico. Es más rápido aceptar la sugerencia que pelearse con la frase. Es más sencillo producir contenido que enfrentarse a las dudas del lenguaje.

Si la medida del éxito es la claridad inmediata, la fluidez impecable y la adecuación al gusto mayoritario ¿dónde quedarán las voces que tropiezan, que se desvían, que incomodan? ¿Dónde esa tradición femenina que aprendió a hablar desde los bordes, desde la grieta, desde el lugar no previsto? Es posible que no estemos ante un apocalipsis cultural, pero sí ante una mutación. La cuestión no pasa por la prohibición de la tecnología, sino por negarse a entregar sin resistencia nuestro criterio de qué conserva valor y qué carece de él. La voz femenina literaria no debería convertirse en un recurso estilístico disponible para cualquier prompt; supondría la destrucción del resultado de una experiencia conseguida con un sacrificio enorme, de una memoria colectiva absorbida con tal eficacia que ya no sabremos distinguir entre una voz conquistada y una voz generada.

Y eso, aunque de otra manera, ya lo hemos vivido.

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