Opinión

Irán y el eterno barro geopolítico

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Este sábado Ali Hoseiní Jamenei murió junto a otros miembros de su familia como consecuencia de los intensos ataques perpetrados conjuntamente por Estados Unidos e Israel en Irán. La Guardia Revolucionaria informó del suceso y afirmó que su fallecimiento provocado “por terroristas y exterminadores de la humanidad” simbolizaba su martirio y que la venganza era el único camino a seguir. Poco después, se decretó un luto de cuarenta días. Para comprender el alcance de esta operación militar, conviene recordar que Jamenei fue nombrado Líder Supremo por la Asamblea de Expertos tras la muerte de Jomeini en 1989. Poco tiempo después, fue promovido al rango de ayatolá, un título religioso que en árabe significa “señal de Dios” y que se concede a los clérigos chiíes que han alcanzado un alto nivel de erudición en la ley islámica.

Manifestantes queman imágenes del presidente estadounidense Donald Trump y del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu. EFE/EPA/ROLEX DELA PENA
EFE

Jamenei mantuvo un fuerte enfrentamiento con Estados Unidos al que calificó de “Gran Satán”; un epíteto despectivo utilizado para referirse al principal enemigo de la fe islámica. Una variante de este término, “Pequeño Satán”, quedó reservada a Israel al que además describió como un tumor canceroso que debía ser eliminado. En todo caso, conviene aclarar que la enemistad ha sido recíproca. De hecho, ambos países tenían al dirigente iraní en el punto de mira hasta que los bombardeos iniciados el pasado fin de semana acabaron con su vida. Consumado este magnicidio, Donald Trump afirmó que “una de las personas más malvadas de la historia había muerto”. Por su parte, Netanyahu indicó que la jornada del sábado había sido histórica, ya que el tirano más bárbaro y sanguinario del mundo había dejado de existir.

La hostilidad existente no constituye un fenómeno reciente. Hay que retrotraerse a 1979 cuando se produjo la caída del sha Mohammad Reza Pahlaví, quien –tras meses de disturbios– tuvo que abandonar el país. Pocas semanas después, regresó del exilio Jomeini y, días más tarde, con la caída formal del gobierno se proclamó el triunfo de la revolución que culminó con el establecimiento de la República Islámica de Irán. En aquel momento, Irán pasó de ser una monarquía secular aliada de occidente a convertirse en una república islámica teocrática abiertamente enfrentada a Estados Unidos. Se produjo, en definitiva, un giro de ciento ochenta grados en el equilibrio geopolítico de la región.

Las décadas siguientes fueron tensas, abriendo una etapa sostenida de confrontación con Washington y sus aliados. Teniendo presente el trasfondo de esta compleja relación, es a comienzos de este año cuando la postura de Estados Unidos se ha recrudecido de manera radical. La chispa se inició a finales del año pasado cuando la población iraní comenzó a manifestarse ante la grave crisis económica que el país atravesaba. Ello motivó una reacción iracunda por parte del gobierno, lo que trajo consigo miles de muertos. Esta situación de inestabilidad acabó erigiéndose como la “tormenta perfecta” que alentó a Estados Unidos a tomar la decisión de enviar a Oriente Medio el buque USS Abraham Lincoln con el fin de “proporcionar seguridad y estabilidad en la zona”. Sin duda, esta maniobra alertó al gobierno iraní que la interpretó como un movimiento de presión directa en la región.

Irán
Una manifestante en apoyo a las protestas de Irán en Zúrich
Efe

Ante este renovado escenario cargado de amenazas y mensajes cruzados, arrancaron las negociaciones entre Teherán y Washington. Primero en Omán y, posteriormente, en Ginebra. Las exigencias de la Casa Blanca partían de un eje principal: poner fin al programa nuclear iraní. Irán, por su parte, marcó su propia línea roja: descartaba cualquier acuerdo que conllevara un enriquecimiento cero de uranio, mostrándose proclive –en un momento dado– a aceptar una posible limitación de su producción nuclear. En este trasiego de encuentros, Netanyahu viajó a Estados Unidos para convencer a Trump de que impulsara un acuerdo de máximos que incluyera una limitación de los misiles balísticos iraníes. La última reunión se produjo el jueves anterior y si bien las impresiones fueron relativamente positivas, las maniobras del sábado pasado dieron al traste con cualquier expectativa de acercamiento, desencadenando una guerra cuyo fin se antoja cada vez más lejano y que afecta ya a un número considerable de países.

El humo se eleva desde edificios destruidos tras los ataques israelíes en los suburbios del sur de Beirut, Líbano. EFE/EPA/WAEL HAMZEH
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Son diversos los argumentos esgrimidos para legitimar el ataque a Irán. La justificación inicial giró en torno a la idea de que era preciso articular una acción militar con carácter preventivo dado que Irán supuestamente planeaba bombardear objetivos estadounidenses de modo inminente. Así lo reflejó, entre otros, el secretario de Estado, Marco Rubio. Esta es una aproximación que el Derecho Internacional no contempla. Emplear la fuerza bajo el paraguas de la legítima defensa exige el cumplimiento de una condición esencial: haber recibido un ataque previo. Así lo estipula el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas.

Consecuentemente, un ataque anticipado no es admisible de acuerdo con la legalidad internacional. Ello, de hecho, nos lleva a otros momentos oscuros como, por ejemplo, la invasión que Estados Unidos llevó a cabo en el año 2003 en Irak; una actuación ilícita, puesto que no contaba con la autorización expresa del Consejo de Seguridad. Esta constituye la otra vía que permite un uso válido de la fuerza junto con el principio relativo a la legítima defensa. Así pues, la guerra que se libra hoy en Irán, al igual que la de “ayer” en Irak, se sitúa al margen del Derecho Internacional. La intervención acaecida a comienzos de este siglo desembocó en un prolongado escenario de inestabilidad y violencia que sumió al país en una profunda situación de caos. Las consecuencias del conflicto actual están aún por ver, si bien parece que ya se está produciendo una nueva fase de inestabilidad regional que podría tener un alcance todavía mayor.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Truth Social

Sea como fuere, los argumentos han ido variando. En los últimos días, se ha dicho que era Israel el que quería intervenir en Irán; ello, al parecer, habría obligado a Washington a implicarse para no ser atacado. Estas idas y venidas, estos cambios de planteamiento –que denotan improvisación o, como poco, falta de coherencia– entroncan plenamente con los discursos poco consistentes (intencionados o no) de la Casa Blanca. Así las cosas, los primeros pronunciamientos incidían en la idea de que era necesario procurar un cambio de régimen, instando a la población iraní a tomar partido en la formación de su nuevo gobierno. Después, el objetivo esencial giró en torno a la desarticulación del programa nuclear y de los misiles balísticos iraníes, quedando lo anterior relegado a un segundo plano.

Asimismo, se ha llegado a insinuar, incluso, el beneplácito de la administración norteamericana ante el eventual nombramiento de un nuevo ayatolá, lo que permitiría trazar ciertos paralelismos con Venezuela: extraer o eliminar a su líder –según el caso– y preservar, en lo esencial, el statu quo; es decir: un cambio meramente cosmético que no altera la estructura de poder existente. Sin saber a qué atenerse, lo que parece evidente es que la retórica trumpista se va modulando de forma errática, dando lugar a un relato donde todo vale, todo es posible y nada –y menos aún el Derecho Internacional– parece estar a salvo.

Mojtaba Jamenei, hijo de Ali Jamenei, nombrado nuevo líder supremo de Irán

Lo más grave es que este nuevo escenario, esta nueva crisis, resuena en la lejanía. Un patrón muy similar ya se ha observado en otras ocasiones, en otro tiempo y en el mismo país. Fue en 1953 cuando Estados Unidos y, en este caso, el Reino Unido –a través de la operación Ajax– derrocaron a Mohammad Mossaddeq, primer ministro iraní. Esta maniobra fue articulada tras la decisión de nacionalizar, dos años antes, la empresa petrolera Anglo-Iranian Oil Company (antecesora, por cierto, de British Petroleum). Una medida que, no cabe duda, disgustó profundamente a Washington y Londres. El golpe de estado propiciado por sus respectivos servicios de inteligencia puso fin a una democracia incipiente. Pero no sólo eso. Conllevo, además, el fortalecimiento del régimen autoritario del sha Mohammad Reza Pahlavi.

Ahora es la operación Furia Épica la que amenaza con abrir viejas fracturas y reproducir dinámicas de injerencia cuyos efectos, a la luz de la experiencia histórica, difícilmente pueden considerarse como estrategias estabilizadoras. Ahora sólo queda esperar a que el conflicto actual no vuelva a amasar el mismo barro geopolítico que inevitablemente acaba convirtiéndose en nuevos lodos de inestabilidad.

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