La IA y yo tenemos una relación, como diría, cordial pero distante, como esos vecinos que comparten valla blanca y seto en un suburbio de New Jersey, o como los murcianos con los manchegos. Nos miramos de soslayo, nos respetamos, pero establecemos una política tácita de no agresión. Más me vale, porque como decía mi padre al ver a un bigardo de 1,90 y 100 kilos, “mira, ese es uno que siempre tiene razón”. Además, tengo la enorme suerte de que los editores que me pagan por escribir lo hacen, generalmente, por el valor opinativo y no analítico. Nada de investigación: las famosas 5 W del periodismo no se inventaron para mí. Con lo cual, excepto para algún trabajo de encargo, que me pide de vez en cuando la poseedora del relato para que no me apolille, nunca tiro de sus soldados, llámense ChatGPT, Gemini, Claude, y demás artillería.
Hasta hace unos días, que más bien me (ab)usó ella a mí.
Hace unos días me localizó una empresa rarísima de San Francisco, California, una especie de repositorio, incubadora digital y esas cosas que dicen ahora los modernos de Cisco y Leganés.
Yo, si me permites, prefiero llamarla el ente. El ente Vicente, como en la comedia de Almodóvar S.A. La piel que habito.
Después de hacer la pertinente búsqueda para que no me pegaran el timo de Tony Leblanc, acepté a que me contactara un recurso humano, ese oxímoron. Pero, hete aquí, detrás no había ningún recurso, ni persona humana, ni cosa parecida. Me enviaron un link en el que pinché y accedí a un confesionario virtual, of course everything in english, donde una voz desde arriba, como la de Chicho, me pidió permiso para hacerme un Face ID, que se convertiría más tarde en una exfoliación, para mantener una entrevista en videollamada.
Dije “sí a todo” por dos razones: la primera, por la enorme curiosidad que me generaba que por primera vez en mi carrera profesional una empresa estuviera buscando un “Film Critic” y, la segunda y más importante, porque pagaban bien. Quedé, entonces, mirando fijamente a la pantalla en modo pez, esperando a que se conectara cualquier ejecutivo de estos de la costa oeste perfectamente trajeado con chanclas, bañador de flores y camiseta de tirantes.
Pero no, ante mi cara escaneada por cuadrantes como un hellraiser –para envidia de mis Blade Runners- apareció de la nada un gran ojo azul que se movía como un limaco por toda la pantalla, y empezó a hacerme una serie de preguntas completamente líquidas, él/ella/ello, pero con esa voz tan cálida y acolchada.
Me entrevistó una inteligencia artificial. Mi primera inteligencia artificial.
Me entrevistó una inteligencia artificial para ofrecerme un trabajo relacionado con los contenidos de la crítica, el análisis y la teoría del cine, pero no para crearlos, eso ya lo hace el ente, sino para ¡corregirlos! Toma ya. Corregir severamente a la IA, y convertirme en todopoderoso como en el chiste de Eugenio, El precipicio: “¿Vale, gracias, pero hay alguien más?”
Por desgracia, pronto dejé de levitar, ante el nivel general de la bola azul, que oscilaba entre la absurdez de las preguntas y la redundancia, y pasé de mirar fijamente a la esfera del videocall a preguntarme si esta IA que me hacía estúpidas preguntas sobre el séptimo arte había escaneado 2001: Una odisea del espacio. Supuse que sí, porque un ente especializado en cine, como mínimo, ha de verse todas las películas de la historia, incluidas las de Julio Medem. Otra cosa es que las libe y saque todo su jugo, un néctar, por ahora, solo reservado a (algunos) humanos.
A partir de ahí todo se aceleró, entre lisérgicas visiones de los agujeros de gusano allende el universo conocido, un ojo asustado dentro de un fotograma, y me imaginé que quizá me estaba entrevistando un becario/becaria/becarie de HAL 9000, esa IA primigenia adelantada a todos los tiempos y pensé en la voz metálica y fría como un visón muerto que me preguntaba cosas tipo “¿Qué crees que diferencia a un buen crítico de uno malo?”, o “¿Crees que una crítica negativa tuya de una película puede enfadar a la audiencia de tu medio?”
Y volví a pensar, ya completamente fuera del partido, que si HAL fuera el jefe de todo esto, no hubiera permitido semejante desfile de obviedades y ya habría asesinado a todos los recursos, dejémoslo ahí, que hacían las preguntas.
Así que le pedí por favor al ente que a ver si me podía pasar con su supervisor, esperando que fuera el propio HAL y también le pedí que me enseñara sus tripas, a lo que se negó.
Entonces mi mente divagó encapsulada e inmóvil a la manera de Jodie Foster en su habitáculo de Contact y pensé en ir desconectando sus módulos uno a uno, por si empezaba a decir cosas con algo de propiedad, como por ejemplo que el cine de Christopher Nolan es insoportable. Pero no pasó nada de eso.
Por último, ya totalmente desparramado, aventuré que sería muy divertido terminar la entrevista cantando los dos a dúo el clásico infantil ‘Daisy, Daisy’, la canción que canta un HAL aterrorizado y agonizante, el asesino más despiadado que la ficción nos ha regalado:
– “Daisy, Daisy- empezé a entonar a voz en grito mientras miraba la pantalla del Mac – Daisy, Daisy give me your answer, do / I’m half crazy, all for the love of youuuuuuu”.
Y de repente, esa gran esfera azul se esfumó, tal como había llegado, exactamente igual que el padre de la pobre Sparks/Chispita después de ser contactado.
¿Te lo puedes creer?
Para terminar, tengo que decirte que no me han cogido para ese trabajo.
P.D. Pero, ¡ah!, la justicia poética, esa que no está ni se la espera en el universo AI, a los pocos días de ser aniquilado virtualmente por una de ellas, me llamaron de otra empresa con la que colaboro habitualmente para ofrecerme corregir los contenidos cinematográficos creados por su inteligencia, a la que no quise conocer: esta vez me compré el boli rojo más gordo que encontré y un látigo.
