El cine dentro del cine, la ficción dentro de la ficción y la autoficción son consustanciales a la obra de Pedro Almodóvar. También lo es el proceso creativo, qué inspira a los autores o los aboca a la crisis. Y el manchego nunca antes había ahondado con tanta agudeza ni en lo uno ni en lo otro como lo hace en su 24º largometraje, que se sirve de una deslumbrante pirueta metatextual para complicar el permanente diálogo entre la vida y el arte o, si quiere, entre la ficción cinematográfica o literaria y la realidad que inevitablemente la inspira.
Amarga Navidad es su película más autobiográfica, incluso más que Dolor y gloria (2019). Si entonces habló de su infancia, sus desamores, las amistades perdidas, la eternidad de la madre muerta y otros dolores, ahora observa a cineastas que depredan vidas ajenas con el fin de mantener a raya sus propios demonios y cuyas historias, por supuesto, son la de él mismo.

Aquí, más concretamente, Almodóvar opone la necesidad de crear y las consideraciones éticas que implica, cuestiona la legitimidad de las fuentes de su inspiración. Y es sobre todo en virtud de la honesta reflexión al respecto derivada de ella que la puesta en abismo de Amarga Navidad resulta mucho más certera que, sin ir más lejos, las que el propio director propuso en La mala educación (2004) o Los abrazos rotos (2009). La película arranca presentándonos los ataques de pánico de Elsa (Bárbara Lennie), una directora de culto que, según vamos descubriendo, no logra superar la muerte de su madre y que, para volver a escribir, se inspira en las tragedias vitales de sus amigas mientras descuida su relación con un bombero stripper llamado Bonifacio (Patrick Criado).

No tardamos en descubrir, eso sí, que su historia no es sino un esbozo del nuevo guion de Raúl (Leonardo Sbaraglia), un director aclamado cuya crisis -es un hombre perseguido por el pasado y el miedo a la soledad- se agrava cuando la mujer que ha sido su ayudante durante 20 años, Mónica (Aitana Sánchez-Gijón), decide despedirse; poco a poco, la historia de Mónica va nutriendo la de Elsa. Así pues, la ficción se entrelaza con la ficción dentro de la ficción. A través de Amarga Navidad, su director retrata a otro director que escribe un guion sobre una directora; y los tres directores son un vampiro llamado Almodóvar, que nutre su cine con las vidas reales de quienes lo rodean. Y, mientras nos sumerge en ese laberinto de espejos, la película nos pregunta: ¿qué derecho tenemos a apropiarnos de las vidas de los otros, aunque sea para salvarnos? ¿Y qué somos sin la presencia de los demás?

Para ello, sus escenas aparecen llenas de alusiones al cine previo del cineasta, a las obsesiones que lo fundamentan y a quienes orbitan su vida y su obra. Su metraje incluye localizaciones que ya usó en títulos como ‘Hable con ella’ (2002) o ‘Los abrazos rotos’, cameos de amistades viejas y nuevas -Rossy de Palma, Carmen Machi, Bibiana Fernández, Los Javis- y -como antes lo hicieron varias otras películas suyas- la música de quien fue su gran amiga Chavela Vargas, que además inspira su título.
En Amarga navidad, asimismo, Almodóvar medita una vez más -otra más- sobre el acicate creativo que proporcionan el deseo, la dependencia emocional, la crisis conyugal, el paso del tiempo, la enfermedad y la muerte, el duelo y el dolor suicida, y lo hace matizando el tono generalmente melodramático del relato con dosis notables de humor autoconsciente, a ratos histriónico y a ratos hierático, y en buena medida basado en la autosconsciencia del director respecto a los tópicos y vicios estilísticos que sustentan su cine. En ese sentido, conviene destacar la astucia con la que, en cuanto que ficción sobre cómo se construyen las ficciones, la película se hace fuerte manejando en pos de su propio artificio la floridez de los diálogos, la teatralidad actoral, las digresiones caprichosas y la sobrecarga estilística y emocional comúnmente asociadas a lo almodovariano. Dicho de otro modo, Amarga navidad con frecuencia prescinde de la esforzada contención de la que hizo gala la película inmediatamente anterior de su director, La habitación de al lado (2024), pero eso no impide que su puesta en escena sea al menos igual de depurada.

Entretanto, la película se dirige hacia la que sin duda es su secuencia más brillante, elocuente y memorable, en buena medida por la rotundidad con la que resignifica todo lo anterior para borrar por completo la línea divisoria entre lo fabulado y lo vivido. Raúl comenta el guion que ha estado escribiendo, que no es sino parte de la película que hemos visto, y en el proceso Almodóvar desnuda su miedo a la sequía artística, la repetición y la autoindulgencia, y la ansiedad que le provocan todas esas historias que llegado el momento dejará sin contar. Así, Amarga navidad confirma todo cuanto tiene de confesión, y de sentida petición de disculpas por parte de un autor que ha construido su filmografía a partir del expolio de las intimidades ajenas, y que sabe que sin ellas su cine no sería nada, y que sin el cine su vida no valdría nada. En última instancia, es una película tan sofisticada y a la vez tan sincera a la hora de psicoanalizarse que, pese a sus imperfecciones -ninguna tan evidente como la voracidad con la que, por momentos, el concepto y la estructura devoran al drama-, se hace imposible no sentirse sacudido por ella.
