Tribuna

Irán en la encrucijada: escenarios para el día después de una guerra inconclusa

Puede que esta guerra no derribe a la República Islámica, pero sí abra la puerta a algo mucho más peligroso

Una mujer iraní sostiene una fotografía del difunto líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei
EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

Algunas guerras redibujan fronteras. Otras desmantelan sistemas políticos. Y otras alteran durante generaciones la geografía estratégica de toda una región. El conflicto en curso entre la República Islámica, Estados Unidos e Israel podría hacer las tres cosas a la vez. Y precisamente por eso entraña un peligro singular.

Sin embargo, buena parte de los análisis actuales parten de una dicotomía falsa: o el régimen se derrumba, o sobrevive intacto. La realidad iraní es bastante más compleja. La estructura de poder en Teherán no se sostiene sobre un solo pilar que caiga al primer golpe. Es un sistema estratificado de instituciones superpuestas: desde la oficina del Líder Supremo hasta la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI); desde el Consejo Supremo de Seguridad Nacional hasta organismos de inteligencia que compiten entre sí; desde redes económicas cuasiestatales hasta la autoridad clerical. Esa complejidad no es una debilidad. Es, más bien, la razón por la que el error de cálculo resulta tan probable.

La pregunta que Washington y sus aliados siguen evitando es simple, pero decisiva: ¿qué ocurrirá al día siguiente? Si la República Islámica se debilita —o incluso si sobrevive—, ¿qué sustituirá al actual equilibrio de poder? Y, sobre todo, ¿ese desenlace responderá realmente a los intereses estratégicos de Occidente?

Sin una respuesta clara, el éxito táctico corre el riesgo de transformarse en fracaso estratégico.

La ilusión de una guerra corta

La primera, y más persistente, ilusión consiste en pensar que Irán se parece al Irak de 2003: un Estado frágil que se derrumba bajo presión externa. No es así.

Irán es un país de 85 millones de habitantes, con una geografía extensa y compleja. Sus cordilleras, sus desiertos y sus densas tramas urbanas generan unas condiciones que harían extraordinariamente difícil cualquier ocupación militar prolongada. Y, más importante aún, la República Islámica no es un régimen aislado. Conserva una base social estructurada y movilizable.

Varias personas pasan junto a pinturas que representan a figuras militares y políticas fallecidas de grupos chiíes respaldados por Irán en Yemen, Líbano, Irak y Palestina, expuestas en una valla en Saná, Yemen
EFE/EPA/YAHYA ARHAB

La segunda ilusión consiste en creer que la Guardia Revolucionaria Iraní puede ser neutralizada únicamente con superioridad aérea. Durante cuatro décadas se ha preparado, precisamente, para el escenario contrario: guerra asimétrica, redes descentralizadas y capacidad de supervivencia bajo ataques prolongados. Su doctrina no está diseñada para imponerse en batallas convencionales, sino para resistir más que su adversario.

La tercera ilusión es la más peligrosa de todas: asumir que el éxito militar se traduce automáticamente en transformación política. La historia reciente apunta, más bien, en la dirección contraria.

De las ganancias tácticas al bloqueo estratégico

Incluso si llegara a producirse una operación terrestre —todavía improbable, aunque no imposible—, sus primeras fases podrían parecer exitosas. Podrían ser tomadas islas estratégicas en el golfo Pérsico. Podría ejercerse presión en varios frentes a lo largo de las fronteras occidentales de Irán. La superioridad aérea garantizaría una ventaja inicial.

IRán
Vista aérea de la Isla de Jarg, Irán
EFE/EPA/EUROPEAN UNION, COPERNICUS SENTINEL

Pero es precisamente ahí donde la historia empieza a torcerse.

La guerra de Irak siguió una trayectoria similar: avance rápido, victoria simbólica y, después, años de desgaste costoso. Irán representa un caso aún más complejo, no solo por su geografía y su estructura militar, sino también por su mayor cohesión interna en comparación con el Irak de Sadam Husein.

Un conflicto terrestre prolongado podría traducirse en decenas de miles de bajas estadounidenses y en billones de dólares de coste financiero. Pero, más allá de las cifras, hay una cuestión más profunda: ¿qué significaría realmente la victoria?

Las verdaderas palancas de la escalada

Gran parte del debate se ha concentrado en los misiles y en los ataques militares. Mucha menos atención se ha prestado a las infraestructuras que realmente podrían reconfigurar el conflicto.

El estrecho de Ormuz sigue siendo uno de los puntos más sensibles del sistema energético global. Cualquier interrupción grave —ya sea mediante minas navales o ataques contra infraestructuras energéticas regionales— podría disparar los precios del petróleo hasta niveles capaces de desestabilizar no solo los mercados, sino también sistemas políticos enteros.

En Estados Unidos, el precio de la energía se traduce de manera casi inmediata en presión política. Un encarecimiento en las gasolineras se convierte rápidamente en crisis interna. Teherán entiende bien esa lógica. Golpear la infraestructura energética no sería solo una represalia: sería un mecanismo de coerción.

Pero hay una vulnerabilidad todavía más delicada.

Los Estados del Golfo —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Baréin— dependen casi por completo de la desalinización para abastecerse de agua. En algunos casos, más del 90% del agua potable procede de esas instalaciones.

Caos en el estrecho de Ormuz - Internacional
Uno de los barcos supuestamente alcanzado por proyectiles en el estrecho de Ormuz.
EFE

Ciudades como Riad, Yeda, Abu Dabi, Dubái, Doha, Kuwait y Manama no pueden funcionar sin ellas. Las reservas de emergencia suelen durar apenas unos pocos días.

En condiciones de calor extremo, perder el suministro de agua no equivaldría a una crisis más. Equivaldría a un colapso sistémico.

Si esas plantas llegaran a ser atacadas, la región se enfrentaría a una catástrofe humanitaria sin precedentes en su historia contemporánea. Es un escenario del que apenas se habla, pero que tendría un valor estratégico decisivo.

El factor social

Cualquier análisis que ignore a la sociedad iraní está incompleto.

En las últimas semanas, una realidad se ha hecho cada vez más visible: el régimen conserva una base movilizable. No se trata de una mayoría, pero sí de una minoría significativa, organizada y políticamente operativa.

Mujeres iraníes portan carteles que muestran al líder supremo iraní Mojtaba Jamenei
EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH

Al mismo tiempo, la sociedad iraní no responde a un esquema binario. Está compuesta por tres grandes segmentos: partidarios convencidos, opositores activos y una amplia franja intermedia y decisiva formada por quienes rechazan al régimen, pero temen más la inestabilidad que desean el cambio.

Esa mayoría “gris” será, en última instancia, la que determine el futuro del país. Y no confía en los actores externos.

Ninguna intervención militar puede sustituir a la legitimidad. Sin legitimidad, cualquier cambio impuesto corre el riesgo de abrir un vacío. Y los vacíos rara vez producen estabilidad.

La variable Mojtaba Jamenei

En el centro de todos los escenarios plausibles aparece una figura apenas examinada: Mojtaba Jameneí.

Ha permanecido casi por completo ausente de la vida política pública y, sin embargo, se le considera ampliamente como el sucesor más probable del Líder Supremo. Esa opacidad le ha resultado útil en términos políticos. En un contexto de posguerra, sin embargo, se convierte en una fuente de incertidumbre estratégica.

Dos decisiones marcarán su impacto.

La primera: si reafirma la actual prohibición religiosa sobre las armas nucleares. La segunda: si altera el equilibrio interno de poder, desplazando autoridad desde el aparato de seguridad hacia las estructuras formales de gobierno.

Si optara por una apertura política —liberación de presos, habilitación de elecciones competitivas—, podría alinear a una parte sustancial de la población en torno a una transición controlada. Pero hoy por hoy hay pocos indicios que apunten en esa dirección.

Los difuntos líderes supremos iraníes, los ayatolás Jomeini y Jamenei, y al nuevo líder supremo iraní, el ayatolá Mojtaba Jamenei, en la Plaza Valiasr de Teherán.
EFE

El mito de la transición española

La idea de que Irán podría seguir una trayectoria comparable a la España posterior a Franco resulta atractiva, pero también profundamente engañosa.

La transición española descansó sobre tres condiciones estructurales: consenso entre élites, un sucesor con autoridad institucional propia y un entorno internacional favorable. Irán no dispone de ninguna de esas tres condiciones.

Un iraní sostiene una caricatura de Donald Trump durante la ceremonia fúnebre del ministro de Inteligencia iraní Esmail Khatib y su familia

La Guardia Revolucionaria concentra un enorme poder económico y político, y tiene escasos incentivos para aceptar una transición que reduzca su papel. La capacidad del futuro liderazgo para contener ese poder sigue siendo incierta. Y el entorno internacional no ofrece incentivos comparables a los que tuvo España en su momento.

Si se produjera una transición, es más probable que se pareciera al Pakistán posterior a Zia ul-Haq: un sistema híbrido en el que el cambio político formal encubre una continuidad mucho más profunda del poder real.

La lógica nuclear

La cuestión no es si Irán quiere un arma nuclear. La cuestión es si el entorno de posguerra convierte esa opción en una decisión estructuralmente racional.

Para Estados sometidos a una amenaza sostenida, la disuasión nuclear no es una cuestión ideológica. Es una cuestión estratégica. Las lecciones de Libia, Irak y Corea del Norte no han pasado inadvertidas para el aparato de seguridad iraní.

Lo que hasta ahora contenía esa lógica era un dictamen religioso contrario a las armas de destrucción masiva. Esa restricción ha entrado ahora en una zona de incertidumbre.

Si esa barrera se debilita —aunque solo sea de manera indirecta—, el camino hacia un programa nuclear se vuelve considerablemente más plausible.

Si la República Islámica sobrevive a esta guerra, la paradoja es evidente: el mismo esfuerzo destinado a contenerla puede acelerar las condiciones que acaben produciendo un Irán nuclear.

Lo que viene después

Siguen abiertas tres trayectorias generales.

El régimen sobrevive, pero se vuelve más militarizado y más replegado sobre sí mismo.

Una transición limitada y controlada reconfigura su fachada exterior mientras preserva el núcleo del poder.

O bien el sistema se fractura sin un sucesor viable, generando inestabilidad en lugar de reforma.

Ninguno de esos desenlaces puede diseñarse desde el exterior.

El futuro de Irán

Las potencias externas pueden moldear el campo de batalla. No pueden determinar el futuro político que vendrá después.

Ese futuro emergerá de la interacción entre tres fuerzas: la estructura interna del poder en Irán, el liderazgo que logre consolidarse tras la guerra y una sociedad que todavía no ha decidido qué está dispuesta a aceptar.

Entre lo que la fuerza militar puede lograr y lo que no puede lograr se encuentra el verdadero terreno en el que se decidirá este conflicto.

Y en el centro de ese terreno hay una elección que no puede seguir evitándose: la supervivencia del sistema o la supervivencia del Estado.

No son, necesariamente, lo mismo.