Teatro

Aitana Sánchez-Gijón regresa a ‘La malquerida’: del papel de hija a encarnar la tragedia materna

La actriz vuelve al clásico de Jacinto Benavente casi cuatro décadas después, ahora como Raimunda, en una adaptación dirigida por Natalia Menéndez que despoja la obra de costumbrismo para subrayar su tragedia familiar, su violencia emocional y su inquietante actualidad

Casi cuarenta años después de haber interpretado a Acacia bajo la dirección de Miguel Narros, Aitana Sánchez-Gijón vuelve a enfrentarse a La malquerida, el drama rural de Jacinto Benavente, esta vez desde el otro lado del conflicto: el de Raimunda, la madre. El regreso no es solo teatral, sino vital. La actriz ha hablado de cierre de ciclo, de memoria y de vértigo, al asumir un personaje que entonces observaba desde la juventud y que ahora le exige atravesar la tragedia desde la madurez. La nueva versión, dirigida por Natalia Menéndez y adaptada junto a Juan Carlos Rubio, se representa en el Teatro Español hasta el 26 de abril y propone una lectura más desnuda, más oscura y más cercana al presente de uno de los textos más intensos del teatro español del siglo XX.

La actriz reconoce que la propuesta le produjo una conmoción inmediata. Volver a La malquerida significaba enfrentarse a un recuerdo muy concreto: el de la interpretación de Ana Marzoa en el montaje de 1988, cuando ella era la hija. Aquella experiencia le había dejado grabada la profundidad del personaje de Raimunda, hasta el punto de que nunca imaginó que acabaría ocupando ese lugar. “Es un cierre de ciclo, de vida”, explicó durante la presentación del espectáculo, en la que insistió en que el nuevo montaje ha buscado limpiar el texto del costumbrismo para concentrarse en el núcleo trágico.

La decisión de titular la obra simplemente Malquerida, eliminando el artículo original, responde a ese mismo propósito. Según Juan Carlos Rubio, se trata de abrir la historia a otras realidades y evitar una lectura excesivamente ligada a la España rural de principios del siglo XX. El equipo ha reducido el número de personajes, ha simplificado la escenografía y ha optado por una puesta en escena simbólica, con un realismo poético en el que el paisaje tiene voz propia. Natalia Menéndez explica que siempre sintió que la obra contenía una violencia emocional muy contemporánea, una intensidad pasional que no ha perdido vigencia. “No hay mayor tragedia que la que empieza con una fiesta”, afirma la directora, recordando que la historia se desencadena durante la celebración del compromiso entre Acacia y Faustino, una boda que nunca llegará a celebrarse.

Cartel de ‘Malquerida’, de Aitana Sánchez-Gijón

En el centro del drama está Raimunda, una mujer que intenta sostener el orden familiar mientras todo se derrumba a su alrededor. Viuda, casada en segundas nupcias con Esteban, vive atrapada entre el amor, el deseo, la culpa y el miedo a la vergüenza pública. Para Aitana Sánchez-Gijón, el personaje es mucho más complejo de lo que parece en una primera lectura. “La verdadera malquerida es Raimunda”, ha señalado. “Es ella la que lleva la herida en el corazón”. A medida que avanza la obra, la protagonista se enfrenta a una verdad que preferiría no conocer y se debate entre la necesidad de proteger a su hija y el impulso de negar lo que está ocurriendo.

Ese conflicto interior es el que convierte el texto de Benavente en una tragedia moderna, más cercana a los mecanismos del deseo y la violencia que a la imagen folclórica con la que a menudo se ha asociado. La nueva adaptación refuerza esa lectura, reduciendo el peso del ambiente rural para centrarse en las pulsiones que atraviesan a los personajes. El resultado, según la actriz, es un montaje “más en el hueso”, que deja al descubierto la dimensión emocional de la obra y subraya su carácter atemporal.

El reparto, formado por Juan Carlos Vellido, Lucía Juárez, Goizalde Núñez, José Luis Alcobendas, Dani Pérez Prada, Álex Mola y Antonio Hernández Fimia, acompaña a Sánchez-Gijón en una versión que busca intensificar la tensión dramática sin perder la esencia del original. Vellido interpreta a Esteban, el marido de Raimunda, un personaje que define como manipulador y dominado por una pasión que lo conduce a la destrucción. Lucía Juárez, en el papel de Acacia, encarna a la hija marcada por el resentimiento y el desamor, atrapada en una espiral que reproduce la violencia que ha heredado.

Aitana Sánchez-Guijón vuelve a interpretar ‘La Malquerida’ de Jacinto Benevante, 38 años después
Aitana Sánchez-Guijón vuelve a interpretar ‘La Malquerida’ de Jacinto Benevante, 38 años después

Para Natalia Menéndez, el interés de recuperar La malquerida hoy tiene que ver con la actualidad de los fanatismos, con la forma en que los afectos se convierten en obsesión y los vínculos familiares se transforman en campo de batalla. La directora sostiene que el texto habla de emociones desbordadas que pueden arrasar con todo, una idea que conecta con el clima político y social contemporáneo. Sánchez-Gijón también ha subrayado esa lectura, recordando que la obra muestra cómo la falta de límites conduce al caos. “Cuando no hay un comportamiento civilizado, cuando no se encauzan las pasiones, estamos en manos de la ley del más fuerte”, ha dicho, aludiendo a la sensación de incertidumbre que atraviesa el presente.

El regreso de la actriz al escenario del Teatro Español tiene además un valor simbólico. Allí se estrenó la obra en 1913 con María Guerrero, y allí vuelve ahora con una mirada distinta, marcada por el paso del tiempo. De interpretar a la hija a convertirse en la madre, de observar la tragedia a habitarla, Sánchez-Gijón afronta el papel como un ejercicio de memoria y de transformación. La experiencia, reconoce, le ha permitido comprender el texto desde un lugar completamente diferente, más cercano al dolor, a la duda y a la contradicción que sostienen a Raimunda.

Ese cambio de perspectiva es, quizá, el verdadero núcleo de este regreso. La historia no ha cambiado, pero sí la mirada. Y en ese desplazamiento, de la juventud a la madurez, de la hija a la madre, Malquerida vuelve a demostrar que los clásicos sobreviven porque siguen hablando de lo mismo: del deseo, de la culpa, del miedo y de la necesidad de conocer la verdad, incluso cuando esa verdad amenaza con destruirlo todo.

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