Opinión

Entre rutas y poder: el eterno valor de Ormuz

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Ormuz es una isla de tan sólo 42 kilómetros cuadrados situada en la entrada del estrecho que conecta el Golfo Pérsico con el de Omán. Es, precisamente, este territorio insular el que da nombre a este angosto pasillo marítimo que hoy acapara toda la atención como consecuencia del conflicto bélico iniciado hace pocas semanas por Estados Unidos e Israel contra Irán. En este ajustado espacio, el tránsito por la parte norte es controlado por Teherán, mientras que la zona sur es monitorizada por Omán. La relevancia del enclave es indiscutible, máxime cuando se constata que alrededor del 20% del petróleo y del gas mundial transitaba, antes de la confrontación bélica, por esas aguas antaño tranquilas. Así pues, tras las incursiones militares realizadas por ambos países, el Estado iraní ha bloqueado la circulación de los buques por este corredor marítimo. En los últimos días, sin embargo, está permitiendo el paso de navíos “no enemigos”.

La minúscula isla –rodeada por un mar que tanto revuelo está suscitando– cuenta con una población mayoritariamente árabe, lo que entronca con una parte de sus raíces, puesto que allá por el siglo VII fueron tribus árabes quienes la ocuparon. Ya entonces, su puerto constituía un valioso emplazamiento. Más adelante, en el siglo XI, surgió el Reino de Ormuz que fijó su capital –denominada del mismo modo– en la costa del sur del actual Irán. En este contexto, resulta interesante señalar que el origen del término “Ormuz” podría estar relacionado con el zoroastrismo, una de las religiones más antiguas del mundo que surgió en Persia (hoy Irán) entre los siglos X y VI a. C. Esta creencia pone el foco en Ahura Mazda, erigido como divinidad suprema. Según parece, su nombre evolucionó hasta que, con el tiempo, pudo haber dado lugar al topónimo Ormuz. Otros expertos afirman que el término se refiere a una palmera datilera. Sea cual sea la procedencia del vocablo, este asentamiento gozó de un notable esplendor. De hecho, el célebre viajero, Marco Polo, que tuvo oportunidad de navegar en sus aguas afirmó que su localización la convertía en un valioso centro comercial.

Caos en el estrecho de Ormuz - Internacional
Uno de los barcos supuestamente alcanzado por proyectiles en el estrecho de Ormuz.
EFE

Hacia el año 1300, el avance de los mongoles provocó el traslado del reino a la isla de Jerún que acabaría convirtiéndose en la codiciada Ormuz. Hasta ella arribó el gran navegante Zheng He en su última expedición. Para entonces, la isla operaba como un puente entre Occidente y Oriente y, a través de sus aguas, circulaban valiosos y preciados bienes. Esta porción de tierra debió ejercer una fuerte atracción, actuando como una especie de faro en medio de rutas que conectaban mundos distantes. Ajena o no a la atracción que suscitaba, lo cierto es que hubo entendimiento entre quienes la habitaron. Es más, personajes destacados afirmaron que aquel lugar, marcado por una intensa mezcla de culturas y lenguas, propiciaba la inmoralidad y el libertinaje, llegando a describir la isla como una nueva Babel. A comienzos del siglo XVI, Portugal la conquistó, lo que le permitió acceder a Oriente por medio de una ruta no controlada por los otomanos. Más adelante, en 1622, pasó a ser gestionada por el Imperio safávida persa gracias al apoyo brindado por la Compañía Inglesa de las Indias Orientales.

Trasladándonos a tiempos más actuales, podemos comprobar que hoy, más que el territorio que la integra, son sus aguas las que generan un profundo interés dado que por ellas transcurre –principalmente– una parte esencial del suministro energético mundial. La interrupción actual de esta arteria marítima está desequilibrando la economía mundial hasta el punto de tensionar las relaciones interestatales. En este contexto, Estados Unidos ha solicitado ayuda a, entre otros, siete misteriosos países (no hay total certeza acerca de cuáles son) para desatascar esta vía. De manera específica se sabe que ha contactado con –entre otros– China, Corea del Sur, Reino Unido y Francia. Ninguno parece tener intención de adherirse militarmente a los propósitos de Donald Trump. Asimismo, ha querido contar con sus socios de la Organización del Atlántico Norte (OTAN) a los que posteriormente ha despreciado tras constatar que se muestran reacios a acompañarle en su periplo militar contra Irán. Parece que sí podría haber recibido el apoyo de países ubicados en Oriente Medio, aunque no se sabe si esa asistencia se circunscribe al uso de los activos previamente localizados en todos ellos. En todo caso, ninguno se ha unido a su incursión militar en Irán. Visiblemente alterado, el presidente norteamericano declaró el otro día, desde la Casa Blanca, que no necesita la ayuda de nadie.

Estrecho de Ormuz - Internacional
Vista de satélite del estrecho
Wikipedia

Ante este desordenado y cada vez más acelerado escenario, cabe preguntarse lo siguiente: ¿con quién pretendía contar Donald Trump para “liberar” el estrecho de Ormuz? En un sentido más amplio, emerge una incógnita de mayor calado: ¿quiénes pueden sumarse al conflicto armado orquestado y ejecutado unilateralmente por Estados Unidos e Israel para acabar con el régimen iraní imperante sin tomar en consideración la legalidad internacional? La negativa a actuar –tanto a nivel “micro” y, por tanto, circunscrito al estrecho de Ormuz como “macro” en cuanto a una posible participación de atacar el país en su conjunto– responde, en gran medida, al hecho de que la intervención militar iniciada el 28 de febrero no ha sido autorizada por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas; una de las dos posibles vías que permiten un uso lícito de la fuerza. La otra, la legítima defensa, no sería aplicable porque exige el cumplimiento de una condición esencial previa: ser objeto de un ataque armado.

Abundando en la idea anterior, cobra interés destacar que el no respaldo de los países que conforman la OTAN a la operación militar liderada por Estados Unidos concuerda con los preceptos legales sobre los que se asienta la organización. Atrás queda –afortunadamente– el extraño entusiasmo mostrado por su secretario general de apoyar una intervención armada en Irán. Es cierto que algunos dirigentes europeos sopesaron la opción de intervenir, pero finalmente optaron por replegarse, bien por sentido común o por respeto a la legalidad internacional. Sea cual sea la razón que finalmente prevaleció, no hay duda de que este camino es el acertado. Para llegar a esta conclusión basta con acudir al artículo 5 del Tratado de la OTAN, el cual establece que las partes podrán acordar una respuesta armada únicamente cuando haya tenido lugar un ataque previo en Europa o en América del Norte. A continuación, el artículo 6 aclara que se podrá considerar un ataque armado aquel que afecte al territorio de cualquier Estado miembro, incluyendo operaciones militares que puedan tener lugar en los departamentos franceses de Argelia, así como en Turquía o en islas bajo la jurisdicción de cualquiera de ellos. La conclusión es, por tanto, clara: esta no es una guerra de Europa. Así lo ha indicado la propia Kaja Kallas.

Por si lo anterior fuera poco, cobra interés recordar que buena parte de la comunidad internacional ha sido objeto de sus amenazas; muchas de ellas escenificadas a través de comunicados hostiles en los que anunciaba, por ejemplo, la imposición de medidas arancelarias desproporcionadas. En paralelo, ha desacreditado gravemente a la OTAN para, posteriormente, solicitar su asistencia. Pero hay más: llegó a intimidar a sus aliados afirmando que se haría con una parte del territorio de uno de ellos: Groenlandia. Junto a ello, conviene traer a colación la reprobable manera en la que ha afrontado la guerra de Ucrania, poniendo sobre la mesa un plan de paz a todas luces injusto con paralelismos discutibles con el Tratado de Versalles. Asimismo, Gaza ha sido otro escenario que ha suscitado una profunda indignación al constatar que Estados Unidos ha campado a sus anchas y sin recurrir a instancias multilaterales ni consensuar con las partes implicadas una salida pacífica del conflicto.

Donald Trump, en el año y poco más de mandato que lleva, ha seguido sus propios impulsos, ha atendido a sus propios intereses, ha pisoteado la legalidad internacional, ha amenazado a quienes se han erigido durante largo tiempo como aliados tradicionales, ha mediado de manera torticera en conflictos en los que no era parte, ha vulnerado la soberanía territorial de varios países y un largo etcétera difícil de ignorar. Ahora, parece estar más solo que nunca; solo en Irán; solo ante los desafíos que plantea Ormuz. Una situación que no genera excesiva sorpresa ante una estrategia marcadamente errática y unilateral. Ahora la pregunta que parece imponerse es clara: ¿hasta cuándo podrá sostenerse?

Una imagen de dron muestra una vista aérea del MSC Ela en el estrecho de Ormuz
EFE/ Olivier Hoslet

Mientras tanto, las aguas de Ormuz son más peligrosas que nunca. A cierta distancia, esperan agazapados los buques militares norteamericanos. La duda es inevitable: ¿entrarán en acción para desbloquear una situación que inquieta al mundo? Sin que sea posible anticipar qué ocurrirá en los próximos días, resulta paradójico comprobar cómo un pequeño lugar parece condicionarlo todo. El paso de Ormuz se antoja vital y reafirma la máxima “navigare necesse est” (navegar es necesario) que recoge Stefan Zweig en las primeras páginas de su obra sobre Magallanes –el explorador que dio con un estrecho carente de la centralidad estratégica que define a Ormuz–, recordándonos que –desde hace siglos– el dominio de las rutas marítimas ha sido sinónimo de poder: “El comprador de la mercancía bendice a Dios cuando ha podido dar felizmente la vuelta a Camboya y alcanza Ormuz o Adén y, con ello, el paso a la Arabia feliz o Egipto”. La lógica sigue siendo la misma: quien controla Ormuz, marca el pulso del comercio global y del equilibrio estratégico internacional. Por ello, su dominio continúa siendo tan decisivo como lo fue siglos atrás. En esencia, nada parece haber cambiado.