La UE se asoma a la guerra en Ormuz tras la presión de Trump y el aviso de Kallas

La tensión energética mundial crece mientras Bruselas estudia cómo responder a la crisis del estrecho de Ormuz

Kaja Kallas.
EFE/EPA/RONALD WITTEK

El estrecho de Ormuz ha vuelto a convertirse en uno de esos lugares donde se condensa el vértigo del mundo. Apenas un paso angosto sobre el mapa, pero decisivo para la energía global, el comercio marítimo y el equilibrio geopolítico de Oriente Próximo.

En ese escenario cada vez más inestable, Donald Trump ha elevado la presión sobre sus aliados para que contribuyan a reabrir y proteger la navegación. Mientras tanto, la alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, ha admitido que Europa debe estudiar qué puede hacer para mantener abierto ese corredor estratégico. La combinación de ambos mensajes ha colocado a Bruselas ante una pregunta incómoda: hasta dónde puede —o quiere— llegar la UE en una crisis que amenaza con arrastrarla a una nueva escalada militar.

La gravedad del momento no es menor. Por el estrecho de Ormuz pasa alrededor de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado que se comercia en el mundo. De modo que cualquier interrupción del tráfico marítimo tiene un impacto casi inmediato en los mercados energéticos.

Reuters señalaba este fin de semana que la crisis ya ha tensionado el suministro y ha disparado la inquietud internacional, hasta el punto de que la reapertura del paso se ha convertido en una prioridad para Washington y para las grandes economías dependientes del Golfo.

Trump aprieta a sus aliados

En ese contexto, Trump ha optado por una estrategia de presión directa. El presidente estadounidense ha reclamado a aliados y socios que ayuden militarmente a garantizar la navegación en el estrecho de Ormuz, con contribuciones que podrían incluir medios navales y capacidades especializadas.

Donald Trump y el estrecho de Ormuz
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

El mensaje no va dirigido solo a Europa, sino también a otros grandes importadores de energía, pero en el caso europeo tiene una carga política evidente. Washington vuelve a exigir a sus socios que asuman parte del coste de una crisis internacional que afecta de lleno a los intereses occidentales.

El problema para la UE es que esa presión llega en un momento especialmente delicado. Europa arrastra desde hace años el debate sobre su autonomía estratégica. Y cada nueva crisis confirma también sus límites. El estrecho de Ormuzobliga ahora a decidir entre la prudencia y la implicación, entre proteger un interés económico evidente y evitar una imagen de alineamiento automático con la Casa Blanca en un conflicto de alto riesgo. Ahí es donde la cuestión deja de ser solo militar y se convierte en una prueba política para la propia construcción europea.

Kallas abre el debate europeo

Kaja Kallas ha sido la figura que ha verbalizado esa encrucijada. La jefa de la diplomacia europea ha defendido que la UE debe “hacer algo” para mantener abierto el estrecho de Ormuz. Una afirmación que no equivale todavía a anunciar una operación militar, pero que sí abre formalmente el debate en Bruselas.

Kaja Kallas y el estrecho de Ormuz
Kaja Kallas habla durante una rueda de prensa en la Universidad de Zúrich.
EFE/EPA/MICHAEL BUHOLZER

Reuters informó de que los ministros de Exteriores europeos tienen sobre la mesa la posibilidad de reforzar la misión naval Aspides, creada en 2024 para proteger la navegación en el mar Rojo frente a los ataques hutíes. Sin embargo, la propia agencia subraya que no se espera una decisión inmediata para extender su mandato a Ormuz.

Ese matiz es clave. Hoy por hoy, la UE no ha aprobado una nueva misión en el estrecho de Ormuz, ni tampoco una ampliación automática de Aspides. Cualquier cambio de mandato exigiría unanimidad entre los 27 Estados miembros, un requisito que convierte cualquier movimiento en una negociación compleja. Europa, en otras palabras, asoma al borde de la crisis, pero todavía no ha dado el paso definitivo hacia una implicación militar directa.

Las dudas de Alemania y el freno europeo

Las resistencias ya han empezado a aparecer. Alemania, una de las potencias decisivas dentro de la UE, se ha mostrado escéptica con la idea de ampliar la misión Aspides al estrecho de Ormuz. El ministro alemán de Exteriores, Johann Wadephul, cuestionó abiertamente que esa expansión vaya a aportar una seguridad real, recordando además las dudas existentes sobre la eficacia de la misión actual. Su posición refleja algo más profundo que una discrepancia táctica: el temor de varios gobiernos europeos a quedar atrapados en un conflicto cuyo coste político, militar y económico podría dispararse rápidamente.

La crisis del estrecho de Ormuz
Los ministros de Exterior de Reino Unido, Alemania, Francia y la UE.
Efe

Ahí reside la verdadera noticia. Más que una UE lanzada ya a una intervención, lo que existe es una Europa dividida entre la presión exterior, la necesidad de defender el tráfico marítimo y el miedo a otra guerra en su vecindad ampliada. El estrecho de Ormuz se ha convertido así en un espejo de las contradicciones europeas: voluntad de actuar, pero lentitud institucional; conciencia del riesgo, pero falta de consenso; interés estratégico evidente, pero enormes cautelas ante cualquier salto militar.

En el fondo, la discusión sobre el estrecho de Ormuz no trata solo de barcos o escoltas navales. Trata del lugar que quiere ocupar Europa en un mundo que vuelve a decidirse por la fuerza, de su dependencia energética y de su capacidad real para responder cuando la geopolítica aprieta. Trump ha lanzado el órdago. Kallas ha abierto la puerta del debate. Ahora le toca a la UE decidir si se limita a observar la tormenta o si acepta que, en esta ocasión, la crisis también va con ella.