Felipe VI no milita en la leyenda rosa patatera que venden Nox –qué buena Torrente, presidente, rediós– y sus marcas blancas y, por ello, la extrema derecha virtual, mamona de la partidista en no pocos casos, infesta las redes con consignas monarcófobas similares a las que esputa Pablo Iglesias en ese canal suyo que emite Movistar Plus.
Que el Rey airea la Leyenda Negra, dicen, por declarar este lunes, en una visita privada a la exposición La mujer en el México indígena, a la que también acudió el embajador de México en España, que hubo “mucho abuso” durante la conquista de América. Las palabras exactas son las siguientes: “También ha habido luchas, digamos, controversias morales y éticas en cuanto a cómo se ejerce el poder. Desde el primer día, es decir, los propios Reyes Católicos con sus directrices, las Leyes de Indias, por el proceso legislativo, hay un afán de protección, que luego la realidad hace que no se cumpla como se pretende y hay mucho, mucho abuso”. Acto seguido, Felipe VI añade: “Hay cosas que cuando las conocemos, cuando las estudiamos, en nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, pues no pueden hacernos sentir orgullosos, pero hay que conocerlos, y en su justo contexto, no con excesivo presentismo”.
No puedo estar más de acuerdo con el Jefe del Estado. El descubrimiento y la conquista de América, la aventura más gloriosa y apasionante de la Historia de la Humanidad, no la rubricaron monaguillos del padre Ángel. Tampoco, como difunde el ministerio de Urtasun, encarnaciones de Jason Voorhees. Hubo sombras, pues claro, y también luces. Muchas más, de hecho. A la realidad remito. Y al genial poeta chileno que lo resumió como nadie en sus memorias: “Se llevaron el oro y nos dejaron el oro”.
Conviene señalar que los españoles y sus aliados nativos no se hermanaron con ni sometieron a, precisamente, unas hermanitas de la caridad pachamámica. Joder, a estas alturas de la película, da una pereza terrible recordar determinadas obviedades históricas. Sin embargo, no me canso de recomendar libros. Y hay uno que es, a todas luces, imprescindible para conocer, de primera mano, cómo se gestó, desarrolló y consumó una hazaña increíble.
Me refiero a la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo. La edición completa de la Biblioteca Castro es estupenda; si prefieren una resumida, acudan a Alianza Editorial. Es un texto largo escrito –o dictado– por un soldado que, junto a Hernán Cortés, participó en la conquista de México, y que, muchos años después, ya anciano, harto de tergiversaciones y aprovechateguis, relata con fidelidad y honradez una epopeya asombrosa.
Mi capítulo favorito es el 152 (CLII). Bernal aborda un “desbarate” –una derrota atroz– sufrida por Cortés y “otras muchas cosas que pasaron en el encuentro de Tacuba”. Estamos en 1520, los mexicas tienen a los españoles y a sus aliados americanos agarrados de la hueva morena. Han apresado a sesenta y seis, los están sacrificando en el templo de Huitzilopochtli –el “cu de Huichilobos”– y lo airean como aviso a navegantes: vosotros seréis los siguientes.
Escribe Bernal:
“Y mirábamos al alto cu en donde las tañían: vimos que llevaban por fuerza las gradas arriba a nuestros compañeros que habían tomado en la derrota que dieron a Cortés, que los llevaban a sacrificar. Y desque ya los tuvieron arriba en una placeta que se hacía en el adoratorio donde estaban sus malditos ídolos, vimos que a muchos dellos les ponían plumajes en las cabezas y con unos como aventadores les hacían bailar delante del Huichilobos; y desque habían bailado, luego les ponían de espaldas encima de unas piedras algo delgadas que tenían hechas para sacrificar y con unos navajones de pedernal los aserraban por los pechos y les sacaban los corazones bullendo y se los ofrescían a los ídolos que allí presentes tenían, y los cuerpos dábanles con los pies por las gradas abajo”.
Allí aguardaban…
“…otros indios carniceros, que les cortaban brazos y pies y las caras desollaban, y las adobaron después como cuero de guantes, y con sus barbas las guardaban para hacer fiestas con ellas cuando hacían borracheras, y se comían las carnes con chilmole. Y desta manera sacrificaron a todos los demás y les comieron las piernas y brazos, y los corazones y sangre ofrescían a sus ídolos, como dicho tengo; y los cuerpos, que eran las barrigas e tripas, echaban a los tigres y leones y sierpes y culebras que tenían en la casa de las alimañas”.
El rey Cuauhtémoc (Guatemuz) no sólo brindaba aquel trato privilegiado a los españoles:
“Las palabras de amenazas que decían a nuestros amigos los tascaltecas eran tan lastimosas y tan malas, que les hicieron desmayar, y les echaban piernas de indios asadas y otros brazos de nuestros soldados, y les decían: ‘Comed de las carnes de esos teules y de vuestros hermanos, que ya bien hartos estamos dellos’. (…) Otra cosa mandó hacer Guatemuz: que como aquella vitoria tuvo, envió por todos los pueblos nuestros confederados y amigos y a sus parientes pies y manos de nuestros soldados y caras desolladas con sus barbas y las cabezas de los caballos que mataron”.
En efecto, hubo mucho abuso. También por parte de estos angelitos.
