Opinión

El PSOE camina solo con un erial a su izquierda

Actualizado: h
FacebookXLinkedInWhatsApp

Hay motivos de sobra para calificar de especial la cita electoral en Castilla y León. Al virtuosismo y la rareza de una victoria a tres bandas hay que sumar que en cada triunfo se esconde una amenaza vital. Alfonso Fernández Mañueco gana y tendrá ahora que embridar a Vox en las negociaciones desde su triple posición de fuerza —en votos, porcentaje y escaños—. Vox deberá abandonar el bloqueo y, por ahora, se acabó la estrategia de poner el cazo de la indignación para recogerlo todo.

El PSOE puede aprovechar para tomar oxígeno, incluido Pedro Sánchez: un 30 % es un suelo de supervivencia más que digno. Mientras tanto, puede aprovechar para leer el diagnóstico que deja Castilla y León en clave nacional. La pugna entre bloques está clara. La segunda legislatura de Mañueco inauguró las coaliciones PP-Vox y en este tercer mandato el espacio de la derecha se refuerza. Suben ambos en escaños (tres más) y en porcentaje (54 %). Como en Extremadura (60%), como en Aragón (52%). Enfrente, el bloque de izquierdas pierde casi tres. En estas condiciones, no hay una sola comunidad donde los socialistas se acerquen a una mayoría de gobierno. En Castilla y León resisten, pero caminan solos sin nada que sumar, ni gobernar. Y en cada cita, se alejan aún más de forjar una alternativa.

El candidato socialista Carlos Martínez ha demostrado que la marca PSOE no está tan tocada como parecía. Que cada territorio es un mundo y depende del factor candidato, de venir de perder gobiernos o de estar instalado cuarenta años en la oposición, como es el caso. El PSOE castellano leonés ha ganado 14.269 votantes, aunque se dejó cien mil por el camino en los últimos ocho años. Ahora venían de dejarse 107.389 en Extremadura y 34.994 en Aragón. El cambio de dinámica es relevante para un PSOE instalado en La Moncloa que se va haciendo trizas como alternativa allá por donde pasan las urnas.

El erial a la izquierda del Gobierno no es coyuntural ni fruto de una comunidad autónoma. Es estructural y afecta a todas sus marcas. Hay datos de sobra para la autopsia. Para la “negligencia”, que dice Gabriel Rufián, de quien no quiere verlo. El PP suma más procuradores en Castilla y León que toda la izquierda junta. En 2022, IU y Podemos juntos obtuvieron 63.138 votos, ahora, 36.830. Una sangría de 25.308 votantes al margen de la coyuntura electoral. Es más, no llegan ni al 3% entre IU-SUMAR (2,2%) y Podemos (0,7%). El problema va más allá de la fragmentación y la unidad. Con una ultraderecha disparada, la pérdida de votos es constante, incapaces de ser atractivos y útiles para el nuevo ciclo.

Caprichos del calendario y de las fechas que cierran etapas: el 15-M de 2026, Podemos ha desaparecido del mapa. Con Se Acabó la Fiesta, de Alvise Pérez, casi duplicando en apoyos a la marca fundada por Pablo Iglesias. No es que haya que dar por muerto a Podemos, pero su situación es similar al techo de Vox. Ambas son hipótesis con bastantes probabilidades de cumplirse. El reparto de votos en una región tan despoblada no ha ayudado, pero, si hay que mirar a algún culpable para esta debacle de la zurda más zurda, hay que buscarlo en ellos. Las guerras intestinas de Podemos con Podemos, de Podemos con Sumar y de Podemos con casi cualquiera que pudo ser su aliado en el pasado —pero ya no— se prolongan hasta hoy. Diez años de batallas fratricidas y un Podemos haciendo más oposición al Gobierno de Sánchez que a la derecha les han llevado a esto.

Al PSOE, aunque le salió bien la apuesta por un candidato cercano y conocedor del terreno —los cuatro mandatos consecutivos como alcalde de Soria le avalan—, el escenario de solo tener desierto en su margen izquierdo le inhabilita para gobernar. Los votos que haya podido arañar hacia sus filas no compensan una balanza de escaños decantada hacia PP y Vox. Y en la era de las coaliciones, quien camina solo, lo hace hacia el inexorable espacio de la oposición.