“Es como si hubiera estado en una isla desierta durante años y de repente hubiera vida”. La frase no aparece al principio de su historia, sino al final. Llega después de años de procesos judiciales, de declaraciones interrumpidas, de decisiones que no entendían y de una sensación persistente de desconcierto.
Hasta hace poco, cada una había vivido su experiencia por separado. Acudieron a un juzgado especializado en violencia de género esperando ser escuchadas. En su lugar, describen otra cosa: dificultades para expresarse con normalidad, pruebas que no se admitían, testigos que no llegaban a declarar y una sensación constante de que su versión no ocupaba el centro del procedimiento.
Durante mucho tiempo, lo interpretaron como algo individual. Un error propio. Una circunstancia concreta de su caso. Ese marco empieza a cambiar cuando, por primera vez, contrastan sus historias.
Al menos 28 mujeres que han pasado por el Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 8 de Madrid —del que es titular David Maman— han comenzado a organizarse para analizar lo ocurrido y valorar posibles acciones.
“Me daba la sensación de que estaba loca”
No se trata de un único procedimiento ni de casos conectados entre sí. Son historias distintas que, al ponerse en común, empiezan a mostrar coincidencias. En ese proceso de encuentro hay también emoción. Y nervios.

No se conocían. No sabían las historias de las unas de las otras. Pero han empezado a presentarse, a ponerse nombre, a reconocerse. Ese primer contacto se está produciendo a través de un grupo de WhatsApp que han creado en los últimos días.
Ahí no se comparten documentos ni se toman decisiones legales. Es, sobre todo, un espacio de apoyo. Un lugar donde decir “esto me pasó” y encontrar respuesta.
Para muchas, ese primer intercambio ha sido determinante. “Me daba la sensación de que estaba loca y ahora veo que no lo estoy, que no soy la única”, dice una de ellas. Otra lo expresa así: “Es como si hubiese estado en una isla desierta durante años y de repente hubiese vida”.
Ese reconocimiento —verse reflejada en la experiencia de otra— es lo que varias describen como un efecto similar al MeToo: entender que lo vivido no era incomprensible ni aislado.
Un equipo de trabajo
A partir de ahí, el grupo crece. Cada una conoce a alguien más. Algunas llegan a través de asociaciones, otras por contactos personales. En apenas unos días, se han reunido cerca de una treintena de mujeres. Y el número sigue aumentando.
Pero en paralelo a ese espacio de acompañamiento, se está construyendo otro nivel de organización. Asociaciones como Madres Protectoras Madrid y Stop Violencia Vicaria están canalizando los casos y coordinando el trabajo con equipos jurídicos. Es ahí donde el proceso se vuelve más lento y más exigente.
El primer paso es escuchar.
Se están realizando entrevistas individuales, una por una, largas, en profundidad. No pueden ser de otra manera. Muchas de las mujeres arrastran relaciones de maltrato que se han prolongado durante años. A eso se suma el recorrido judicial posterior: denuncias, archivos, reaperturas, vistas, recursos. Procesos también largos, complejos y, en muchos casos, todavía abiertos.
Reconstruir todo ese recorrido lleva tiempo. Después llega la documentación. Expedientes completos, resoluciones judiciales, informes, pruebas. Material acumulado durante años que ahora hay que ordenar, revisar y analizar. En muchos casos, las propias mujeres tienen que solicitar esa documentación a sus abogados o recuperarla de procedimientos distintos.

El volumen es alto. Las historias, extensas. Por eso, varios letrados trabajan ya en el análisis y se estudia ampliar el equipo para poder atender todos los casos sin perder el detalle. Todo se está revisando de forma individual.
A partir de ahí, se abre la siguiente fase: decidir qué hacer con ese material. Sobre la mesa hay distintas opciones. Desde quejas individuales hasta la posibilidad de una acción conjunta que permita evidenciar un posible patrón de actuación. Cómo articularlo —y con qué alcance— es algo que todavía se está definiendo.
Lo que sí comparten es el objetivo. Que se investigue lo ocurrido. Y que otras mujeres no tengan que pasar por lo mismo.
En ese doble plano —el del apoyo inmediato y el del trabajo jurídico, lento y minucioso— se sostiene ahora este proceso que, en apenas unos días, ha pasado de ser una suma de experiencias aisladas a convertirse en una historia compartida.
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