Opinión

La demonización de un legado fundamental: la ambición masculina

Actualizado: h
FacebookXLinkedInWhatsApp

A las mujeres se las radicaliza cultivando el odio a los hombres. Así lo denuncia un reciente artículo de opinión, en The Globe and Mail, firmado por la neurocientífica sexual Debra Soh, que alerta sobre cómo muchos jóvenes están siendo arrastrados hacia narrativas abiertamente misándricas en redes y medios. Esto es un camino peligrosos. No hay sociedad que pueda soportarlo, pues tanto hombres como mujeres son fundamentales. Ningún sexo puede avanzar a expensas del otro sin romper el delicado equilibrio que ha permitido nuestra supervivencia como especie. Pero parece que algunos temas sean tabú, como la ambición masculina.

Una menor con un teléfono móvil
EFE/ J.M. García

La ambición es una de las fuerzas más potentes de la historia humana. Y esa ambición, muy estimulada por las hormonas masculinas, especialmente la testosterona, que también tienen en menor medida las mujeres, ha sido un motor de exploración, de innovación y de liderazgo. Los hombres han ostentado históricamente el mando no por un complot patriarcal, sino porque su masculinidad -“tóxica” o no- les permitió asumir riesgos, competir y proteger. Y nosotras no somos inocentes de cómo son ellos (para sorpresa de las feministas acientíficas). La biología lo explica con crudeza: a lo largo de milenios, se reprodujeron más aquellos hombres que las mujeres encontraron atractivos. Fuerza, estatura, robustez, capacidad de provisión y ambición fueron rasgos seleccionados sexualmente. Dejaron sus genes porque nosotras, como especie, les elegimos.

Por eso resulta incoherente quejarnos de “machismo” o ambición desmedida mientras celebramos (y deseamos) los frutos de esa misma masculinidad. Nos gustan los altos y fuertes. Nos atrae su virilidad. Como se burla Debra Soh en The End of Gender: Debunking the Myths about Sex and Identity in Our Society: “A pesar de protestar sobre lo destructiva que es la masculinidad, mis amigas feministas acaban saliendo con tipos que parecen jugadores de rugby que dan la impresión de poder partir a una persona por la mitad en la cama”. Todo va en el mismo lote. Ninguna estrategia evolutiva relacionada con la reproducción puede favorecer sólo a uno de los sexos a largo plazo. O ganan los dos, o el equilibrio se rompe. Los hombres han necesitado toda esa carga -agresividad controlada, competitividad, resistencia al dolor- para alcanzar el éxito reproductivo. Las circunstancias históricas y las preferencias femeninas les moldearon así. Y al revés: las mujeres también son producto de las elecciones masculinas a lo largo de la historia. Nos hemos hecho los unos a los otros.
Sin embargo, hoy abundan los estereotipos selectivos. Queremos hombres “metrosexuales” que sepan llorar y expresar emociones, pero también valientes, proveedores y protectores.

Muchas madres y esposas animan hoy, directa o indirectamente, a sus hijos o maridos a cumplir con su “deber” en los frentes de Ucrania o Rusia, mientras en tiempos de paz se demoniza esa misma disposición al riesgo y al sacrificio. En su ensayo The Demonization of Male Ambition, Lisa Britton lo resume con claridad: “Hemos pasado décadas tratando la ambición masculina, no como la fuerza que construyó la civilización, sino como un problema a resolver”. Britton recuerda que casi todo lo que nos rodea -ciudades, tecnologías, infraestructuras, avances médicos- es, por lo menos hasta mediados del SXX, fruto de esa ambición masculina que es impulsada por el deseo de proveer, competir e impresionar. Demonizarla no es progreso; es ingratitud.

Guerra de Ucrania - Internacional
Los soldados ucranianos en el frente.
EFE

Abominamos de los estereotipos, pero reaparecen constantemente como corchos en el agua. La solución no está en castrar simbólicamente la masculinidad ni en fingir que los sexos son idénticos e intercambiables. Está en reconocer la complementariedad: la ambición y la fortaleza masculinas han creado el mundo en el que las mujeres pueden hoy elegir libremente. Y la empatía, el cuidado y la sostenibilidad femenina han permitido que esa civilización perdure. Y luego están todos los matices de por medio porque no todos los hombres y mujeres se reparten en el espectro del mismo modo. Afortunadamente.

Rechazar la radicalización antihombrevs no significa ignorar problemas reales como la violencia o la desigualdad. Significa rechazar la narrativa que presenta al hombre como enemigo por defecto. Porque si seguimos demonizando lo que nos ha traído hasta aquí, no construiremos un futuro mejor. Solo lo haremos más pobre, más resentido y, probablemente, más peligroso para ambos sexos.

TAGS DE ESTA NOTICIA