Opinión

Alfonso Basterra, como el pico de una mesa

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Alfonso Basterra tiene concedido su primer permiso penitenciario. Los medios han publicado la noticia no tanto por el hecho en sí como por lo que presuntamente ha dicho el padre de Assumpta. Alfonso tiene cuatro días de libertad – tras trece años en la cárcel y a solo cinco de cumplir su condena – y los quiere emplear, según “fuentes cercanas” (ni idea de cuales), quiere conocer bíblicamente a alguna mujer. No es el primer preso que recibe el permiso con tal esperanza, pero quizás sí es el primer infanticida que se descuelga con declaraciones como “estoy más salido que Errejón”, o “no pillo ni en Plutón”. No son versos de El Chivi, no.

El permiso aún no es firme, y de hecho la fiscalía ya recurrió a principios de abril porque, según el escrito del fiscal que cita eldiario.es, la decisión resulta “prematura, injustificada y contraria” al marco normativo penitenciario. Ni se arrepiente ni reconoce el crimen. Ni está rehabilitado ni pretende estarlo. En las noticias publicadas no consta si Basterra continua con la novia por correspondencia que se echó en Salamanca, una mujer con alguna misteriosa parafilia. En casi ninguna noticia se recoge la información aportada por la periodista Laura Cornejo.

Si se produce el permiso penitenciario, estaremos ante la prevalencia del derecho al acceso carnal sobre el derecho a la vida, ese que Alfonso le quitó a su propia hija. Si Basterra sigue con novia, irá a verla. Si Basterra está solo, es de prever que visitará alguna casa de lenocinio, porque no imagino que se atreva a hacer visitas nocturnas a las discotecas salmantinas donde, si los divorciados ya resultan siniestros entre veinteañeras, el efecto de ver a este señor alternando con estudiantes sería una estampa digna de las Pinturas Negras: “Infanticida galantea con estudiante de Derecho”.

Me cuesta asimilar que un hombre que ha cometido el peor de los crímenes sea capaz de hablar con tal frialdad de su permiso penitenciario. Sabemos que escribió (y le fue publicada) una novela de amor ambientada en un pueblo de Castilla y León en los años cuarenta. Sabemos que se la dedicó a Assumpta, y que ha ganado algunos certámenes literarios del sistema penitenciario. Sabemos cosas de Alfonso Basterra, pero entender, no entendemos ninguna. Se sabe que se pasa el día en la biblioteca, sabemos que está en el “módulo de respeto”, y que el resto de presos le producen ascopena. Lo que da de si pasarse trece años pensando dentro de una rutina, lo desconocemos (por suerte).

Decía la comisaria de exposiciones Mery Cuesta que la “prosa carcelaria” (creo que así la llamó) era prolija en autocompasión, y me pregunto si esta autocompasión atañe también a personajes como Basterra. Cuesta hablaba de esto en el marco de la presentación de las memorias de Dum Dum Pacheco (reedición de Mear sangre), encarcelado por un asesinato que no cometió, tras una breve pero intensa carrera en la delincuencia pandillera de su época. Si hay algo como “lírica carcelaria” y metemos las letras de grupos como Los Chunguitos, Los Chichos, El Pelos y Los Marus, Los Calis, o tantos otros, nos encontramos con una constante: la pobreza, las malas compañías y un fatum implacable llevan al protagonista a las prisiones físicas y del alma (la droga, el alcohol, el tormento, la soledad). Sin embargo, poco sabemos del asesino, salvo de aquellos que, por artes mediáticas, acaban creyéndose víctimas de una conspiración que saben que nunca tuvo lugar. No seré yo quien gaste un euro en leer una novela de Alfonso Basterra, pero sí me pregunto cómo puede hablar con tal antipatía y frialdad de sus pulsiones sexuales un señor que, por más intelectual que crea ser, asesinó a su propia hija.

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