Hace ya tiempo que cuando escucho el nombre de Palantir me entra una profunda desazón física, emocional e intelectual. Hay algo inquietante que dimana de sus fundadores, su poder tecnológico, su dominio de la inteligencia artificial (IA), sus vínculos con la seguridad y la defensa, su dominio de los movimientos de las personas y, sobre todo, sus planteamientos autoritarios y supremacistas.
Me suele ocurrir con buena parte de los gigantes tecnológicos que dominan el mundo. Me siento vigilado, controlado, dominado por unas manos invisibles, a las que no veo ni sé muy bien quiénes son. A las que ni voto ni elijo. Mi personalidad de hombre solitario, algo diletante, al que le gusta pasar desapercibido, con inclinación a perderse por los rincones de las ciudades, casa mal con esta invasión del Gran Hermano tecnológico de nuestro tiempo. Me pone de mal humor cuando me dicen dónde tengo que ir, qué tengo que ver, qué tengo que hacer, que sepan tanto de mí y, todavía, de peor leche cómo tengo que escribir. ¡Qué se habrán creído! Pero en el caso de Palantir esta desazón se multiplica hasta llegar a una inquietud superior.
La publicación de su “Manifiesto 22” ha pasado todas las líneas rojas. Como liberal en el buen sentido de la palabra, defiendo que los gobiernos no metan sus narices en las decisiones empresariales, que planteen soluciones macroeconómicas, que generen leyes justas y duraderas, que favorezcan el desarrollo, hagan cumplir las normas y defiendan el interés y el bien común. Pero jamás pensé que una empresa se atreviera a proponer un nuevo orden mundial, dominado por los tecnooligarcas, con un tufo de viejo fascismo autoritario que asusta.
Palantir Technologies, para quien no lo conozca, está especializada en análisis de macrodatos aplicados a seguridad y la defensa, que se ha ido extendiendo a salud y finanzas. Pero sus principales clientes son el gobierno americano, agencias federales, gobiernos estatales y locales.
Fundada en 2004, vinculada desde sus orígenes a la CIA, entre sus inversores figuran Vanguard, BlackRock y State Street, pero sus verdaderos hombres fuertes son el fundador e ideólogo Peter Thiel y el consejero delegado Alex Karp. Ambos pertenecen a este exclusivo grupo de tecnomillonarios que rodea a Donald Trump y conforma buena parte de la ideología del magnate neoyorquino. Peter Thiel es posiblemente el hombre intelectualmente más brillante y políticamente más decantado de esta corte. Estudió Filosofía y Derecho en Stanford, fundó Paypal e invirtió tempranamente en Facebook. Aporta la visión geopolítica y estratégica de Palantir, guiado por su convicción de la supremacía de la tecnología, del control social y del gasto militar. Alex Karp estudió Derecho en Stanford y Filosofía en Frankfurt, donde fue discípulo de Habermas. En su visión, combina geopolítica, filosofía y estrategia militar.
Hace aproximadamente un año, Alex Karp publicó su controvertido ensayo “La República tecnológica”, que desarrolla buena parte de las ideas de este “Manifiesto 22”. Plantea una sociedad postdemocrática, en la que libertad y democracia son conceptos no necesariamente unidos, en la que se reformula el poder ante la realidad digital y la nueva configuración del mundo. Dentro de un esquema propio del nuevo Partido Republicano trumpista, en el fondo persigue la fórmula de someter al Estado a los intereses de las empresas digitales postergando los planteamientos democráticos liberales y la propia soberanía nacional. Para la prestigiosa publicación francesa “Grand Continent”, “el proyecto de Karp es claramente un postliberalismo tecnológico”.
Pero vamos a adentrarnos en los puntos del “Manifiesto”, publicado en exclusiva en la cuenta corporativa de la plataforma X, de Elon Musk. Empieza por otorgar a Silicon Valley un papel en la estrategia militar americana, pues la élite de sus ingenieros debe cobrar un papel activo en la defensa. También aboga por que Silicon Valley desempeñe un papel en la lucha contra la delincuencia violenta. En este sentido, defiende que el poder blando está acabado, pues la moral no basta por sí sola. En este siglo se precisa un poder duro, basado en el software. A continuación, entra a saco en la participación de la IA en la defensa. “Nuestros adversarios no se detendrán a enzarzarse en debates teatrales sobre las ventajas del desarrollo de tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad nacional y militar. Seguirán adelante”. Defiende sin limitaciones el servicio militar obligatorio universal, junto con una mayor agilidad y dotación de armamento y la presencia de la empresa privada en la gestión de lo público, incluida las decisiones militares. ”Nuestra sociedad tiene cada vez más prisa, y a menudo alegría, por la desaparición de sus enemigos”, señala sin ambages. También se muestra contundente al señalar que “la era atómica llega a su fin” y, por tanto, su capacidad disuasoria que será reemplazada por la emergente de la IA.
Bajo su criterio, la hegemonía del poder americano “ha hecho posible una paz extraordinariamente prolongada”, por lo que “tres generaciones nunca han conocido una guerra mundial”. Eso no obsta a Karp para reclamar una remilitarización a fondo de Alemania y Japón, los dos grandes derrotados en el 45.
Otro punto destacado es la defensa de la personalidad de Elon Musk, que es tanto como la suya propia y la de su sosias Peter Thiel, “como si los multimillonarios debieran limitarse a quedarse en su ámbito, que consiste en enriquecerse”. Se opone fuertemente contra la intolerancia hacia las religiones y muestra su rechazo a culturas que “han resultado mediocres y, lo que es peor, regresivas y nocivas”. Karp remata su frontispicio con uno de sus asertos más definitorios: “Debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío y sin sentido. Nosotros, en Estados Unidos, y más ampliamente en Occidente, hemos resistido durante el último medio siglo la definición de culturas nacionales en nombre de la inclusión. Pero ¿la inclusión en qué?”.
La lectura del “Manifiesto” de Palantir me ha recordado algunos extremos de “La rebelión de Atlas”, el influyente libro de Ayn Rand en el que reivindicaba un capitalismo liberal extremo y puro, el individualismo, la propiedad y la existencia de una élite intelectual y económica llamada a gobernar atendiendo a sus intereses.
La propuesta de Palantir pone al descubierto la entrada de las grandes tecnológicas en la política. Sus criterios son claros e interesados. Convertir en normal la irrupción de la IA en la defensa y la seguridad, consagrar el liderazgo militar, cultural y político de los Estados Unidos, garantizar el dominio de la élite tecnológica de Silicon Valley y cuestionar valores liberales y democráticos como el pluralismo, la multiculturalidad y los límites cívicos al poder estatal. Visto así, no extraña que Palantir y su “Manifiesto” provoquen algo más que desazón ante una opinión pública que asiste estupefacta al embrión de un mundo nuevo. La vuelta de un Gran Hermano que, quizás, nunca se haya ido del todo.
