Todavía es pronto para saber qué es lo que influyó el domingo en los ciudadanos de Castilla y León a la hora de acudir a las urnas o de quedarse en casa, pero sí que hay varias lecturas que ya podemos hacer de esos comicios. De entrada, nadie daba un duro especialmente por Alfonso Fernández Mañueco, un candidato más bien sosete que recientemente había tenido que hacer frente a los incendios del pasado verano que habían asolado parte de Zamora y de León. Pero Mañueco no solo ha resistido, sino que ha subido en número de votos y escaños. Quien también ha resistido ha sido el PSOE, que, en esta ocasión no se ha pegado la bofetada que sufrieron Gallardo en Extremadura y Alegría en Aragón. Los socialistas han subido dos escaños, pero, ojo, porcentualmente sólo han aumentado un 0,7 por ciento, pero eso les ha servido, cosas de la ley electoral, para conseguir un buen resultado. En la calle Ferraz no han tardado ni un minuto en atribuirse esa mejora a su lema del “no a la guerra”, pero lo que no está claro es sí lo que ha calado en el electorado es eso, o que el candidato del PSOE era una persona pegada al territorio que siempre ha hecho política allí. No es lo mismo pues, hacer que encabece las listas del partido un imputado o alguien que ha estado en el consejo de ministros hasta pocos días antes de las elecciones, que alguien que se conoce la región. Quizá el PSOE debería tomar nota antes de hacer que María Jesús Montero se lance en unas semanas a enfrentarse con Juanma Moreno en Andalucía. Y habrá que ver si después de esas elecciones recoge su acta de diputada autonómica, porque lo que parece claro es que no va a abandonar de momento el Congreso de los Diputados.
Lo más inesperado de estos comicios ha sido el frenazo de Vox, que no ha cumplido sus expectativas de llegar al 20 por ciento de los votos. La duda está en saber que ha provocado ese frenazo: su alianza a muerte con Trump, las purgas internas, o el hecho de que hayan puesto tantos problemas para llegar a acuerdos en Extremadura y Aragón. Por si las moscas, ayer mismo Santiago Abascal se mostró dispuesto a pactar con el PP de inmediato, siempre que les den algunos sillones, claro, que una cosa es decir que no los pides, y otra que no los quieras.
Quienes también se tienen que hacer mirar su estrategia son los dos partidos a la izquierda del PSOE, que están siendo fagocitados por Sánchez. Ni Podemos ni la coalición Sumar-Izquierda Unida, han conseguido representación en la cámara autonómica. La formación morada ya ha dicho que va a abrir un proceso de reflexión, pero aquí sí que se puede llegar a una conclusión: o se unen, o por separado fracasarán estrepitosamente en las generales. Y de Sumar, pues, qué vamos a decir, que su todavía cabeza más visible, aunque no candidata, Yolanda Díaz, prefirió a irse a los Oscars a costa del erario público argumentando que el nominado director de Sirat, Óliver Laxe, es gallego. Es como si yo digo que, a mí, que soy navarra, me tiene que pagar el estado un viaje a Washington porque un navarro puso la primera piedra de la Casa Blanca.
