“Esto no va a ser Irak”. La frase la pronunció Pette Hegseth, el secretario de Guerra de Estados Unidos este lunes. Poco antes, Donald Trump decía algo parecido. “Desde el principio proyectamos que esta guerra duraría cuatro o cinco semanas”. Pero ya ha pasado una y lejos de calmarse las aguas los ataques contra Teherán, tanto de Estados Unidos como de Israel, son cada vez más frecuentes. Teherán responde casi de inmediato con drones de tecnología rusa y sigue saturando las defensas antiaéreas del Golfo. Con este panorama, la incógnita sobre cuánto tiempo está dispuesto a Estados Unidos a continuar sus bombardeos es total.
Para Claudia Guerrero, experta en Relaciones Internacionales, la estrategia estadounidense es, en realidad, un plan “a largo plazo para impedir que Irán se consolide como una región capaz de hacer frente a Israel”. La experta analiza en conversación con Artículo14, las posibilidades que caiga el régimen de los ayatolás, la viabilidad de que la monarquía recupere su trono y el sentir de una sociedad “profundamente diversa y atravesada por tensiones generacionales, sociales y económicas”. La muerte del líder supremo, advierte la experta, podría convertirle en mártir de una lucha con más adeptos de los que pensamos.

– ¿Qué busca realmente Estados Unidos con su presión sobre Irán?
Más que un intento de frenar el programa nuclear iraní, la presión de Estados Unidos responde a un objetivo más amplio. La guerra iniciada junto a Israel es parte de una estrategia de largo plazo orientada a impedir que Irán se consolide como una potencia regional capaz de desafiar la hegemonía militar y nuclear israelí y la arquitectura de seguridad impulsada por Washington en la región.
En ese sentido, la estrategia estadounidense combina ataques militares, sanciones económicas y apertura de nuevos frentes internos. Además, desde Washington ya se incita a distintas facciones kurdas para que abran una insurgencia contra el régimen iraní, lo que permitiría desgastar a Teherán desde dentro y multiplicar los focos de conflicto.

– ¿Existe hoy alguna posibilidad real de colapso del sistema político iraní o el poder del régimen ayatolá sigue siendo sólido?
La muerte del líder supremo Ali Khamenei ha dado paso a una situación de enorme incertidumbre política en Irán. Sin embargo, esto no implica necesariamente un colapso inmediato del sistema. La República Islámica está diseñada institucionalmente para garantizar la continuidad del régimen incluso en momentos de crisis profundas (como se ha visto en las crisis pasadas). Aunque el líder supremo es el jefe de Estado y la máxima autoridad política y religiosa del país, el poder no depende únicamente de él, sino de una estructura político-religiosa compleja.
La Constitución establece que, en caso de muerte, renuncia o destitución del líder supremo, corresponde a la Asamblea de Expertos elegir a su sucesor. Este sistema explica por qué, incluso tras la muerte de su líder, el aparato del Estado sigue funcionando y dispone de mecanismos para gestionar la continuidad del poder.
Además, el sistema político iraní no se entiende únicamente desde la lógica institucional, sino también desde su dimensión religiosa. La República Islámica se basa en la doctrina del liderazgo del jurista islámico, según la cual un clérigo (ayatolá) debe ejercer la autoridad política mientras se espera la llegada del imán oculto, una figura mesiánica central en el islam chií. Esto otorga al liderazgo una legitimidad que combina autoridad política y religiosa.
En este contexto, la muerte de Ali Khamenei puede adquirir también un fuerte significado simbólico. En la tradición chií, el martirio ocupa un lugar central, cuando un líder muere en el contexto de una confrontación con potencias extranjeras, puede ser reinterpretado dentro de esa narrativa religiosa. Por ello, su muerte puede convertirlo para muchos sectores del país en una figura de mártir, reforzando el discurso de resistencia frente a una agresión exterior. Y este fenómeno puede provocar precisamente el efecto contrario al que buscaban.

– Tras la revolución islámica de 1979 se puso fin a la monarquía y el sha fue expulsado del país. ¿Tiene algún recorrido hoy la idea de una transición que recupere esa figura?
La posibilidad de restaurar la monarquía en Irán tiene hoy muy poco recorrido político real dentro del país. El principal referente de la monarquía es Reza Pahlavi, hijo del último sha, que actúa principalmente desde el exilio como figura de oposición al régimen actual. Sin embargo, su propuesta no consiste en reinstaurar automáticamente la monarquía, sino en apoyar un cambio de gobierno.
Dentro de Irán, la oposición es diversa y fragmentada. Las protestas recientes han girado en torno a demandas de libertades civiles, reformas económicas o cambios en el sistema político, sin articularse en torno a una alternativa monárquica clara. Además, la memoria histórica del antiguo régimen sigue siendo ambivalente: para muchos, la monarquía del sha estuvo asociada a un sistema autoritario y a los intereses estratégicos de Estados Unidos durante la Guerra Fría. Por ello, aunque exista crítica al régimen actual, esto no se traduce en apoyo mayoritario a restaurar el sistema anterior.
– Irán no tiene una oposición organizada fuerte dentro del país. ¿Cuál es realmente el sentir de la sociedad iraní y cómo podría evolucionar el conflicto en la región?
La sociedad iraní es profundamente diversa y está atravesada por tensiones generacionales, sociales y económicas. Existe un malestar significativo, especialmente entre jóvenes, mujeres y sectores urbanos que reclaman más libertades políticas y mejores perspectivas económicas. Sin embargo, ese descontento no se traduce necesariamente en una oposición política organizada capaz de disputar el poder al régimen. En parte porque el propio sistema institucional filtra quién puede competir políticamente a través de organismos como el Consejo de Guardianes, y en parte porque la oposición interna está muy fragmentada.
Además, la dinámica regional influye mucho en la política interna iraní. En contextos de conflicto con potencias extranjeras, el régimen suele reforzar su narrativa de resistencia frente a presiones externas, lo que puede aumentar el apoyo o al menos la tolerancia de parte de la población hacia el sistema.
