Islamabad ha cruzado una línea que llevaba años tensándose. Los ataques contra posiciones en Kabul y en varias provincias afganas no son un episodio más en la larga lista de choques fronterizos entre ambos países, sino un salto cualitativo que ya amenaza con desbordar una rivalidad enquistada desde hace más de un siglo.
La ofensiva llega en un momento de máxima fragilidad regional y reabre una pregunta que sobrevuela cada escalada: ¿estamos ante un estallido puntual o ante la ruptura definitiva de un equilibrio precario? Para Claudia Guerrero, experta en Relaciones Internacionales, lo ocurrido en las últimas horas no puede entenderse como un arrebato repentino, sino como “la ruptura de una estrategia que lleva años intentado equilibrarse” y el resultado de un “efecto dominó” que se ha ido gestando lentamente hasta explotar ahora.
Afganistán y Pakistán, recuerda, “nunca han tenido una relación estable”. La frontera que los separa -trazada a finales del siglo XIX y nunca reconocida formalmente por Kabul- divide comunidades pastunes y arrastra una “injusticia histórica” que sigue pesando en cada incidente. A ese factor estructural se suma la rivalidad histórica entre Pakistán e India y el papel estratégico que Kabul ha desempeñado en ese tablero desde la creación del Estado pakistaní en 1947.
En conversación con Artículo14, Guerrero advierte de que no prevé una guerra convencional entre Estados, pero sí un escenario más volátil: un territorio históricamente difuso convertido en “centro de operaciones permanente”, con riesgo de desplazamientos forzosos, contagio de la violencia y mayor margen de actuación para actores armados. Con Pakistán como potencia nuclear y con China y Rusia tratando de evitar una desestabilización mayor, la escalada abre además un nuevo foco de incertidumbre internacional cuyas consecuencias podrían sentirse más allá de la región.

– ¿Qué ha cambiado en las últimas horas para que los habituales choques fronterizos hayan derivado en ataques directos y una escalada de este nivel entre Pakistán y Afganistán?
– Afganistán y Pakistán nunca han tenido una relación estable. A finales del siglo XIX se fija esa frontera y Afganistán nunca la reconoce. Además esta frontera es tan conflictiva porque divide territorios pastunes que se encuentran en ambos territorios. Pero además, hay un elemento que explica más la enemistad: y es la rivalidad histórica que hay entre Pakistán e India. Pakistán nace en 1947 y desde entonces se crea una sensación de amenaza entre ambos países porque India era bastante más grande.
En este contexto, Afganistán adquirió un valor estratégico clave porque era frontera con Pakistán. Ya en los 90, Pakistán apoyó al régimen talibán afgano como una forma de garantizar influencia en Kabul. Aunque nunca han coincidido ideológicamente, era una apuesta estratégica. Cuando los talibanes llegan al poder en 2021, Islamabad se esperaba tener un mayor control indirecto sobre Afganistán pero ha visto como se ha fortalecido un grupo insurgente pakistaní que combate al propio estado. Se llaman Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP). La declaración de una guerra abierta no es un estallido repentino, sino la ruptura de una estrategia que lleva años intentado equilibrarse. Es un efecto dominó que ha acabado cayendo. No es algo que haya pasado ahora, lleva muchos años cocinándose y ha sido ahora cuando ha explotado.

– Si esta dinámica continúa, ¿qué impacto puede tener a corto plazo en la estabilidad regional y qué riesgos reales hay de que el conflicto se amplíe?
No creo que esto vaya a ser una guerra convencional entre estados. Entre otras cosas porque Afganistán carece de capacidad militar convencional y Pakistán tiene presiones internas. Lo que sí puede ser es que un territorio que históricamente ya ha sido muy difuso se convierta en un centro de operaciones permanente. Puede provocar desplazamientos forzosos, un efecto contagio en otros territorios armados, intensificación de violencia en estas áreas… Los grupos terroristas se suelen aprovechar de discursos y narrativas y si se pudieran aprovechar de alguna, lo harían de Palestina por su victimización. Aquí lo que puede haber es un conflicto transfronterizo. Entiendo que entrarán otros estados a mediar. Es un momento perfecto para intentar influenciar en la zona.

-¿Con qué apoyos regionales e internacionales cuenta cada uno y hasta qué punto podrían verse arrastrados otros países si la tensión aumenta? Entiendo que también habría consecuencias para Europa…
– Pakistán es una potencia nuclear y tiene vínculos sobre todo con China. En cambio China tiene una relación algo más complicada con Afganistán porque el mayor miedo de China es que se expanda el radicalismo hacia su territorio. China y Rusia llevan tiempo acercándose a Afganistán por la retirada de Occidente. La mayor prioridad de ambos países es que Afganistán no se convierta en un refugio para yihadistas. China y Rusia van a intentar mediar porque no les conviene que la región se desestabilice. Ambos lo que buscan es una especie de estabilidad sin dar un respaldo al régimen talibán.
– Más allá de este ataque, ¿cuáles son las raíces históricas de la tensión entre ambos países y por qué la cuestión fronteriza sigue siendo un factor tan sensible?
– El problema se remonta a esa frontera de la que hablábamos: a la línea Durant. Cuando se trazó no se hizo con ningún criterio cultural o étnico, sino que fue un acuerdo estratégico entre el gobierno británico y el entonces emir de Afganistán. Se dejaron a comunidades divididas en dos. Por eso Afganistán nunca ha reconocido esta frontera porque para ellos representa una “injusticia histórica”. Para Pakistán, en cambio, es algo que se debe respetar. Cualquier incidente se amplifica debajo de esta complejísima realidad social y geográfica. Por eso la frontera es una cuestión tan sensible. No son sólo líneas en el mapa, son comunidades divididas que han tenido que asumir los límites impuestos por potencias coloniales y decisiones estatales modernas y alejadas de la realidad étnica y social de la región.
