Pedro Almodóvar no ha querido hablar de regreso, pero Amarga Navidad sí tiene algo de vuelta. No a los colores estridentes ni a la comedia desatada de sus primeros años, sino a un territorio más silencioso, más crepuscular, donde el deseo convive con la pérdida y la familia aparece como un lugar tan necesario como incómodo. La película, rodada entre Madrid y Fuerteventura, llega después de Extraña forma de vida y de La habitación de al lado, y confirma que el director manchego sigue explorando una etapa marcada por el tiempo, la vejez y la fragilidad, temas que atraviesan buena parte de su cine reciente.
Amarga Navidad gira en torno a una reunión familiar durante las fiestas, en la que varias generaciones de mujeres se enfrentan a viejos reproches, secretos y decisiones que nunca llegaron a tomarse. El director vuelve al español con una historia sobre la pérdida y la reconstrucción emocional, protagonizada por Bárbara Lennie y acompañada por un reparto coral en el que figuran Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón, Victoria Luengo, Milena Smit, Patrick Criado, Quim Gutiérrez, Carmen Machi y Rossy de Palma.

La película se sitúa en diciembre y gira en torno a Elsa, una directora de publicidad que pierde a su madre durante las fiestas navideñas y se refugia obsesivamente en el trabajo para evitar el duelo. Cuando una crisis de ansiedad la obliga a parar, decide viajar a Lanzarote con una amiga mientras su pareja permanece en Madrid, en un intento de escapar de sí misma. La historia se entrelaza con la de un cineasta, interpretado por Sbaraglia, en un juego entre vida y ficción que vuelve a colocar al propio Almodóvar cerca del centro del relato.
El proyecto comenzó a rodarse en junio de 2025 y se filmó entre Madrid y Lanzarote, dos escenarios muy distintos que reflejan también el estado emocional de la protagonista. La capital aparece como espacio de presión y rutina, mientras que el paisaje volcánico de Canarias introduce una sensación de distancia y suspensión, un recurso que el director ha utilizado en otras ocasiones para hablar del aislamiento interior. El rodaje concluyó en agosto de ese mismo año, con Pau Esteve Birba en la dirección de fotografía y Alberto Iglesias en la música, dos colaboradores habituales en su cine.
Almodóvar ha definido la película como una de las más personales de su última etapa, una obra en la que vuelve a temas que ya habían aparecido en Dolor y gloria: el paso del tiempo, la memoria y la relación entre la vida real y la creación artística. En entrevistas recientes ha explicado que el filme nace de una necesidad de hablar del duelo y de la depresión sin solemnidad, mezclando momentos dolorosos con situaciones cotidianas e incluso humorísticas, una combinación que ha marcado gran parte de su cine desde los años noventa.

El reparto confirma también un rasgo constante en su filmografía: el protagonismo femenino. Aunque la historia no está centrada exclusivamente en mujeres, el personaje de Elsa articula el relato y se rodea de otras figuras femeninas que representan distintas edades y formas de enfrentarse a la pérdida. En los últimos años, el director ha mostrado un interés creciente por personajes femeninos adultos, alejados de la idealización juvenil, y por conflictos que nacen de la experiencia acumulada más que de la sorpresa. La presencia de actrices como Aitana Sánchez-Gijón, Carmen Machi o Rossy de Palma refuerza esa idea de continuidad con su propio universo creativo.
También llama la atención la mezcla generacional del reparto, donde conviven intérpretes habituales en su cine con otros que representan una nueva etapa. Milena Smit y Victoria Luengo, que han trabajado en proyectos recientes del director, forman parte de esa transición hacia un cine menos explosivo y más introspectivo, donde el conflicto no se resuelve en grandes giros argumentales, sino en conversaciones, silencios y decisiones que llegan tarde.
La película llega en un momento en el que Almodóvar ha reconocido sentirse especialmente consciente del paso del tiempo. A sus 75 años, el cineasta ha hablado de la necesidad de seguir rodando como una forma de mantenerse activo frente a un mundo que percibe cada vez más inestable. Ese estado de ánimo se refleja en Amarga Navidad, que combina el relato íntimo con una mirada más amplia sobre la fragilidad de los vínculos y la dificultad de encontrar sentido en momentos de crisis.

El estreno confirma que el director sigue explorando una etapa más contenida, menos barroca y más centrada en los afectos. Sin abandonar su estilo, la película vuelve a insistir en una idea que atraviesa buena parte de su obra: que las familias, incluso cuando se rompen, siguen siendo el lugar donde se guardan la memoria y las heridas, y que son muchas veces las mujeres quienes sostienen ese relato común cuando todo lo demás se desmorona.
La película continúa esa línea de su última etapa, más íntima y menos explosiva, donde el drama nace de los vínculos y no de los acontecimientos. Una Navidad amarga pero también reconocible: la de las familias que se reúnen cuando no saben muy bien qué decirse, la de las mujeres que sostienen la memoria común y la de un cineasta que, lejos de repetirse, sigue mirando a sus personajes como si todavía pudiera descubrir algo nuevo en ellos.
