Ahora que han pasado ya dos días del Día de la Madre, con los pasteles devorados y las flores un poco mustias en el jarrón bueno de casa, conviene volver a los datos, menos agradecidos pero bastante más sinceros que cualquier homenaje. El informe ‘El peso invisible de la maternidad’, presentado por el Club ‘Malasmadres’ y la asociación ‘Yo no renuncio’ revela que el 82% de las mujeres en España ha tenido que frenar o renunciar a su carrera profesional tras la maternidad. Percepciones y casos personales aparte, hablamos de una mayoría abrumadora.
Ese mismo estudio insiste en algo que ya sabíamos pero que, dado que incomoda, conviene repetir repetir: el bienestar de las madres no es un asunto privado, sino un problema social. Y, sin embargo, seguimos tratándolo como si fuera una cuestión de organización doméstica, de agendas mejor o peor ajustadas. La imagen idealizada de la maternidad perfecta, reforzada en las redes sociales por influencers que potencian un rol irreal, no ayuda a esto. La consecuencia es evidente: cuando falla la estructura, la responsabilidad recae en quien menos margen tiene para sostenerla.
El informe detalla también las causas de esa renuncia masiva. No influye solo la falta de tiempo, la rigidez de los horarios, o la escasez de servicios públicos de cuidad; el sistema productivo en su conjunto contribuya a la penalización laboral que implica ser madre. Las reducciones de jornada —que solicitan mayoritariamente ellas— suponen pérdida de ingresos, menor proyección profesional y, a largo plazo, pensiones más bajas. La maternidad no solo afecta al presente, sino que empobrece el futuro y las oportunidades de estas mujeres.
Hay un dato especialmente revelador: muchas de ellas no abandonan porque lo deseen, sino porque no encuentran ninguna alternativa viable. La famosa conciliación aparece en el informe como una palabra baúl en la que todo cabe, gastada, vaciada de significado. Conciliar, en la práctica, significa que alguien —otra vez, ellas— absorba el impacto. Y cuando no lo hace una madre, lo hace otra mujer: una abuela, una cuidadora, una empleada del hogar. El sistema no redistribuye la carga, la desplaza unos centímetros.
A partir de ahí, el informe propone medidas concretas: permisos de maternidad y paternidad más largos e igualitarios, incentivos reales para la corresponsabilidad, la reducción de jornada sin penalización salarial y una red de cuidados accesible. No son ideas nuevas, pero sí cada vez más urgentes. Lo llamativo no es que se planteen, sino que sigan, año tras año, pendientes.
Mientras tanto, el discurso público continúa atrapado en una cierta complacencia. En el afecto. En el homenaje. En la exaltada atención a determinados aspectos privados; pero el dato del 82% no describe excepciones, sino una norma que obliga a la mayoría de las mujeres a retroceder profesionalmente y que no puede disimularse con relatos inspiradores.
Dos días después del Día de la Madre, cuando el gesto simbólico ya ha cumplido su función, lo que queda es esa cifra y todo lo que arrastra. El bienestar de las madres no se mide en fotos de su juventud compartidas en las redes, en mensajes emotivos a las madre presentes y ausentes, en flores y bandejas de pasteles, sino en la mejora de las condiciones materiales. En tiempo, en dinero, en oportunidades reales. Y ahí, según ese mismo informe, seguimos muy lejos de lo que nos gusta decir que somos.
