Con solo 31 años, Amanda Pozo Romero ha logrado algo poco habitual: levantar su propio negocio y en una profesión en la que las mujeres han tenido tradicionalmente menos presencia. Su trayectoria reúne así un doble mérito: el emprendimiento precoz y la ruptura de estereotipos en un oficio como es la barbería masculina.
“Llevo más de 10 años de trayectoria en el sector de la peluquería, de los cuales 7 han sido especializados puramente en barbería. Además, este año celebro que llevo ya 2 años al frente de mi propio negocio: Craft Men’s Hair Club. Ha sido un camino de mucho esfuerzo, pero ver cómo mi proyecto crece día a día es mi mayor recompensa”.

Con 19 años ya tenía claro su futuro. “Fue un flechazo absoluto. Siempre tuve una inclinación natural por la estética y el detalle, pero fue la arquitectura y el perfeccionismo del corte masculino lo que me atrapó. Mis inicios fueron de mucho aprendizaje y de observar cómo el hombre buscaba un refugio propio que, por aquel entonces, no existía de forma tan profesionalizada. Quería aprenderlo todo y, aunque no fue un camino de rosas, esa curiosidad es la que me hizo no rendirme nunca”.
Vocación por la técnica
Especializarse en barbería era un desafío para ella, consciente de que pocas mujeres asumen el rol. “Me atraía el reto de romper con lo establecido. Siempre se ha dado por hecho que las mujeres nos dedicamos a la peluquería de señoras, pero a mí me apasionaba la técnica de la barbería, esa ‘arquitectura’ del rostro masculino”. Quería demostrar que también ella podía conquistar ese terreno: “Elegí este camino para romper el estereotipo de que la barbería es ‘cosa de hombres’ y demostrar que la mirada de una mujer puede elevar el estándar de calidad y bienestar en este sector”.
Y decidió crear su propio negocio. “Craft nace de la necesidad de volver a la artesanía pura, pero apoyada en la tecnología de hoy. Mi visión era crear un ‘Club de Autor’ donde el cliente no viniera solo a cortarse el pelo, sino a potenciar su imagen y su salud capilar en un ambiente de calma y exclusividad. Queremos ser, de verdad, el refugio del hombre moderno”.
Pese a los gestos desaprobatorios y los prejucios. “Mentiría si dijera que no ha habido miradas de sorpresa al verme en el sillón. Al principio, algunos clientes daban por hecho que yo era la recepcionista o la ayudante. Al ser mujer en este entorno, muchas veces sientes que tienes que demostrar el doble lo que vale tu trabajo; parece que pasas un examen constante para que se fíen de tu técnica”. Sin embargo, ha convertido esa presión en impulso: “Esa presión me ha servido para perfeccionarme y ser mucho más exigente conmigo misma”.

Prejuicios y lucha por la confianza de los clientes
La confianza de sus clientes ha sido una conquista progresiva. “Con resultados y honestidad. Siempre explico el ‘porqué’ de cada paso técnico que doy. Cuando un hombre siente que realmente te preocupas por su salud capilar y por resaltar sus facciones, la confianza se vuelve inquebrantable. Para mí, la belleza no es algo artificial, es salud. No se trata de seguir modas pasajeras, sino de que el hombre se vea bien y se sienta mejor. Incorporo el diagnóstico de la piel, porque un buen corte sobre un rostro descuidado pierde toda su fuerza”.
Ese nivel de detalle define su sello profesional. “La personalización absoluta. Mi enfoque es la ‘barbería de autor’. Uso herramientas que no suelen verse en barberías comunes, como masajeadores de alta gama o rodillos fríos, y trato cada barba y cada cabello como una pieza única”.
Lo más difícil ha sido combinar su pasión con las dificultades de llevar un negocio. “El mayor reto ha sido equilibrar la faceta creativa con la gestión empresarial. Crear una marca desde cero exige una excelencia constante. Mantener mi pasión por el detalle y la artesanía en el día a día ha sido un desafío, pero es, sin duda, mi mayor orgullo”.
Y anima a otras mujeres a emprender, a tomar el camino difícil. “Les diría que no tengan miedo a ser las únicas en la sala. Que sí, que a veces nos va a tocar demostrar más que al resto, pero que esa es precisamente nuestra mayor fuerza. Que no pidan permiso. El talento y la formación son los que abren las puertas, no el género”.
En un oficio con escasas mujeres, Amanda ha conseguido construir su propio espacio. Y lo ha hecho con una idea que lleva hasta las últimas consecuencias: el esfuerzo y la profesionalidad no entienden de género.
