En los lienzos del pintor de batallas, Augusto Ferrer-Dalmau, la historia siempre ha olido a pólvora, a cuero, a sudor de caballo. Pero, entre las cargas de caballería y los cielos de guerra, empiezan a abrirse paso otras figuras: mujeres que no piden permiso para entrar en la escena, porque siempre estuvieron allí.
Cuando el pintor de batallas habla de ellas asegura que busca belleza, orgullo. Pero en esa elección hay una declaración silenciosa. No es la belleza frágil de lo ornamental, sino la que resiste, la que permanece erguida en mitad del caos. La belleza de quien no abandona.
Porque, como él mismo reconoce, la historia, al menos la escrita, ha dejado a muchas fuera del lienzo. Y sin embargo, insiste, “la mujer es la columna vertebral de todo”. Detrás de los grandes nombres, de las batallas que se estudian, de los héroes que se conmemoran, el pintor de batallas recuerda que “hay madres, esposas, compañeras. Presencias decisivas que rara vez fueron nombradas”.
Quizá por eso, cuando se le pregunta qué le interesa más si la heroína o la mujer anónima no duda: “Las anónimas. Las que no figurarán en los libros. Las que sostienen sin testigos. Las que no tendrán estatua”. Y ahí empieza su verdadera batalla.

En su interpretación de Agustina de Aragón no solo hay épica, hay también descubrimiento: el hilo íntimo que la une a un artillero, a una historia compartida que desborda el gesto heroico. En su retrato de la Princesa de Asturias vestida de campaña, hay una voluntad clara de romper el relato: despojarla de galas, devolverla al barro, convertirla en soldado. No como símbolo distante, sino como presencia real.
Porque eso es lo que le interesa corregir: la ausencia. “Las mujeres están presentes en todos los episodios de España, incluidas las guerras”, afirma. Y en esa frase hay casi una deuda que él mismo reconoce que aún no ha saldado del todo.
Hay nombres que le esperan. María Pita aparece como una certeza: será pintada, asegura a Artículo 14. Es, de algún modo, inevitable. Más respeto le impone Urraca I de León, a quien imagina ya con una espada, poderosa, incómoda incluso en su propia representación. No todas las figuras históricas se dejan domesticar por el lienzo. Pero quizá las más urgentes no tengan nombre.

Ferrer-Dalmau habla de las mujeres celtíberas, de las que defendieron el Sitio de Numancia hasta el final. Mujeres que no solo sostenían la vida, sino que combatían, decidían, resistían. Mujeres que compartían el destino con los hombres, sin épica escrita pero con memoria profunda.
Ahí, en esa frontera entre lo documentado y lo intuido, su pintura encuentra un territorio nuevo.
Porque la pintura histórica ha sido injusta con las mujeres. “Hay una responsabilidad de la de reconstruir la memoria visual con rigor”, con respeto casi obsesivo por la documentación, pero también con una mirada que “complete lo que falta”, subraya.
Pintar no solo lo que se sabe, sino lo que se ha olvidado mirar. Quizá por eso, cuando imagina a una niña frente a sus cuadros, no habla de heroínas lejanas. Habla de algo más cercano: que vea a su madre. Que reconozca en ella poder. No un poder abstracto, sino cotidiano, silencioso, resistente.

Retratar a todas las reinas
Fue la Academia de Zaragoza quien le encomendó que pintara un cuadro de la primera etapa militar de la Princesa de Asturias durante su primera etapa militar. Su idea inicial era pintarla a caballo, ya que se hace equitación en la Academia, pero durante este año no se cursó esta disciplina. Por ello, se fue optó por retratarla en acción, en unas maniobras de los ejercicios militares situándola en un entorno de esfuerzo, disciplina y formación castrense.
A partir de ahí, en su taller comenzó a tomar forma un proyecto de mayor alcance: pintar a todas las reinas de España.

No se plantea como una galería de retratos oficiales ni como un recorrido meramente dinástico, sino como una revisión pictórica a través del tiempo. Un viaje que abarcará siglos de historia, desde Isabel I de Castilla hasta Letizia Ortiz, pasando por figuras cuyo peso histórico ha oscilado entre la idealización, la controversia y el olvido.
La intención no es fijar una imagen definitiva de cada una de ellas, sino devolverles densidad histórica y carácter propio, tratándolas no solo como símbolos de poder, sino como figuras humanas insertas en su tiempo. El proyecto prolonga una misma línea de trabajo en su pintura reciente: ampliar el encuadre de la historia, corregir ausencias y volver a mirar aquello que, pese a haber estado siempre ahí, rara vez fue representado con toda su complejidad.
