Opinión

La delgadez es una forma de infantilizar a las mujeres

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En estos tiempos donde todo lo antiguo vuelve, no podía faltar la presión estética sobre los cuerpos de las mujeres en forma de extrema delgadez. A todas nos ha llamado la atención ver, en los últimos meses, imágenes de nuestras referentes: cantantes, actrices, políticas, presentadoras e, incluso, deportistas, completamente menguadas y consumidas. Alfombras rojas, semanas de la moda y ruedas de prensa generan titulares que se deshacen en elogios hacia su belleza. Si la pauta era no opinar sobre los cuerpos de las mujeres, tampoco tiene sentido calificar de icónicos a cuerpos que tiemblan, lloran, sufren y no son capaces de sostenerse.

La vuelta a la extrema delgadez de las mujeres no es casualidad, forma parte de la estrategia de confinarnos en el estereotipo femenino. Entre las tradwifes que relegan a las mujeres al espacio doméstico y el clean look que nos dibuja virginales y sin pecado, la obsesión con extrema delgadez es otra forma de quitarnos poder y de infantilizarnos.

 

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Nuestra forma corporal también es parte de lo que comunicamos. Un cuerpo extremadamente delgado es un cuerpo frágil que le está diciendo al mundo: no tengo fuerzas para levantarme ni para rebelarme. Es un cuerpo derrotado y vencido. La ausencia de curvas, de pechos, caderas y vientre, define a un cuerpo que aún no se ha desarrollado, un cuerpo adolescente. Tratar de encerrar a una mujer adulta en un cuerpo infantil, además de tortura física, es una cárcel simbólica: las niñas son dependientes, vulnerables y caprichosas, incapaces de ser responsables ni autosuficientes. Esta delgadez de las mujeres es una violencia cultural y estructural que nos mantiene en un nivel de inferioridad, en el de las personas que no consideradas aptas para tomar decisiones, dirigir empresas o gobernar.

Los años son símbolo de experiencia, seguridad y sabiduría, cualidades necesarias para liderar. Si se penaliza a las mujeres por su edad es, precisamente, porque no se nos permite ocupar ese lugar. Por eso, las mujeres mayores tienen que someterse a cirugías estéticas y los cuerpos que sobresalen deben ponerse a dieta. Hay todo un sistema diseñado para infantilizarnos, desde los maquillajes que agrandan ojos y pestañas para imitar la cara de los bebés, hasta las prendas que aplastan nuestros pechos, pasando por los lacitos rosas, las rebequitas, las mangas farol o la manía de meter los pies hacia adentro.

Por no hablar de la energía y alegría. Un cuerpo que está extremadamente delgado (no por constitución, sino por la falta de comida), es un cuerpo que no puede hacer otra cosa más que quedarse quieto. Un cuerpo que tampoco puede disfrutar de la vida ni salirse del guion porque está bajo vigilancia constante, midiéndose, pesándose y contando calorías.

Ahora que, por fin, habíamos conseguido la igualdad ante la ley, tenemos que prestar especial atención a la cultura, porque es a través de ella por donde se nos cuela el pasado disfrazado de modernidad, al normalizar determinadas actitudes. No debemos opinar sobre los cuerpos de las mujeres, pero sí tenemos la responsabilidad de denunciar y señalar cuando la cultura nos maltrata y nos somete. Y en este sentido, los medios de comunicación, con sus titulares y comentarios, tienen un papel crucial.

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