Hace poco leí un artículo sobre actores y actrices que eligieron conscientemente no tener hijos. Personajes tan conocidos como Helen Mirren, Oprah Winfrey, Dolly Parton, Keanu Reeves, Jennifer Aniston o Cameron Diaz no tienen problema en declarar en algunas entrevistas que prefirieron priorizar su carrera, su libertad personal o el poder viajar sobre los niños. O que, simplemente, no sintieron el impulso biológico o emocional de ser padres. Son gente que disfruta de una vida sin las cargas logísticas, económicas y emocionales que implica la crianza de un niño. Esa elección voluntaria -lo que la sociología llama “childfree”- contrasta con el relato más tradicional de que la maternidad es un destino inevitable y una fuente de plenitud absoluta.
¿Han hecho la elección adecuada? Yo, personalmente, diría que no. Y desde el punto de vista de la especie, nada podría ser más suicida si los números aumentaran. Y estaba con esta reflexión cuando un tuit de mi amigo Pablo Malo, psiquiatra y divulgador, me llamó la atención. Hacía referencia a un estudio reciente sobre el arrepentimiento de haber sido padres. Se trata de una revisión de una década de investigaciones empíricas que describe este sentimiento como una emoción negativa autoconsciente impulsada por el pensamiento contra fáctico (“¿cómo sería mi vida sin ellos?”). Sabemos que, como todas las decisiones que exigen una fuerte vinculación, no es algo decididamente infrecuente: en países occidentales oscila entre el 5 % y el 14 % de los padres, según diversas estimaciones.

Por contra intuitivo que me resulte, es interesante ir más allá del tabú cultural de la paternidad irreversible y sagrada con un estudio que aborda el tema como una carga psicológica crónica que afecta a la identidad. Lo que nos permitiría abrir una ventana más amplia: ¿quién se arrepiente más: quien tuvo hijos o quien no los tuvo? La evidencia científica distingue claramente dos realidades: la elección voluntaria (childfree) y la ausencia involuntaria (childless por falta de pareja estable, infertilidad o circunstancias laborales y económicas). La mayoría de mis amigos sin hijos -especialmente las mujeres- lamentan no haberlos tenido, pero casi siempre ha sido resultado de condiciones adversas: ausencia de pareja estable, precariedad laboral, edad biológica sobrepasada o miedo a no poder ofrecer lodo lo que piensan que necesita un niño. Ese arrepentimiento suele ser más intenso y prolongado cuando el deseo existía pero las circunstancias lo impidieron.
Una encuesta argentina de una asociación feminista radical, Mujeres Que No Fueron Tapa , reveló que sólo el 4,2 % de quienes eligieron no tener hijos se arrepintió de esa decisión. En cambio, el 74,4 % de las madres (que aseguraban amar a sus hijos) admitieron arrepentirse “en algún grado” de haberlo sido. Desde luego, siempre hay que asomarse con prevención a encuestas de grupos con intereses de parte, como en este caso. Otros estudios europeos de Polonia o Alemania sitúan el arrepentimiento parental entre el 7 % y el 20 %, vinculándolo a una infancia traumática, depresión, ansiedad o fatiga crónica. El arrepentimiento de no tener hijos, cuando es voluntario, es mucho menor; las personas childfree suelen confesar una mayor satisfacción vital, más tiempo para sí mismas y unas relaciones de pareja más equilibradas. Pero harían falta más investigaciones. Psicológicamente, el arrepentimiento nace del contraste entre expectativas y realidad.

Quizá “los hijos dan sentido a la vida”, pero, como es lógico, la felicidad parental también depende de factores externos como el apoyo social, la estabilidad económica, el reparto equitativo de las tareas y una razonable salud mental previa. Quienes eligen no tenerlos -como esas celebridades que he mencionado- han hecho una valoración coste-beneficio del asunto, y muchas veces cuentan con redes afectivas alternativas: amigos, sobrinos, voluntariado o proyectos personales. Los que no pudieron tenerlos por circunstancias externas cargan con un duelo distinto: el de la oportunidad perdida. El fenómeno no es nuevo, pero se visibiliza más gracias a las redes sociales y a estudios como el que compartió Pablo Malo o el libro de la socióloga Orna Donath Madres arrepentidas.
Naturalmente, ni una opción ni otra garantizan la felicidad absoluta. Esto es una fantasía. Tener hijos puede ser la experiencia más enriquecedora o la más agotadora; no tenerlos puede ser la liberación o el vacío. Imagino que, más que de realización personal, la paternidad o la maternidad van de ese sentido de la trascendencia que Dios o los genes (dependerá de si uno es o no creyente) han incrustado en nuestro cableado básico. En lo que ambos podrían converger es en la clara ventaja de supervivencia que significa no alejarse demasiado de nuestra propia naturaleza humana.
