En el mar, perder una extremidad no es una lesión: es una condena funcional. Cuando un animal acuático se queda sin aleta —a menudo por enredos con redes de pesca, plásticos o tras el ataque de un depredador— su cuerpo deja de responder como estaba diseñado para hacerlo. En especies como las tortugas o los pingüinos, una sola ausencia puede romper por completo la hidrodinámica: ya no avanzan recto, no se sumergen con eficacia para escapar del peligro y pierden la capacidad de cazar o alimentarse con normalidad. En ese punto, una prótesis no es un extra tecnológico, sino una oportunidad de recuperar autonomía.
Esa es la idea que empujó a Ana Zamora, una joven murciana que con 21 años concluyó Ingeniería Biomédica en la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) con un Trabajo de Fin de Grado que une dos mundos que, en su historia personal, siempre han ido de la mano: la impresión 3D y la biología marina. Su propuesta consistía en diseñar y fabricar en 3D extremidades para tortugas bobas y pingüinos africanos, con un objetivo concreto: devolverles estabilidad, soporte y un rango de movimiento esencial para mejorar su calidad de vida.
El problema real: la vida marina no perdona una aleta menos
La pérdida de una extremidad en tierra ya implica un reto; en el agua, la diferencia es abismal. La locomoción marina depende de un equilibrio fino entre forma, impulso y dirección. Cuando falta una aleta, el cuerpo pierde simetría y, con ella, la capacidad de controlar el desplazamiento. No poder nadar en línea recta significa gastar más energía para conseguir menos. No poder sumergirse bien implica no escapar a tiempo. Y no poder cazar o alimentarse convierte la supervivencia en una carrera cuesta arriba.
Ahí es donde una solución protésica puede ser determinante. No necesariamente para reemplazar la extremidad al cien por cien, sino para ayudar a que el animal vuelva a moverse de manera más independiente, con menos desgaste y más control. Esa es precisamente la premisa desde la que Ana Zamora planteó su proyecto: un diseño que se parezca a la anatomía natural, que funcione como soporte y que permita recuperar movimientos básicos.
Un TFG que conecta la niña de ocho años con la ingeniera
El origen del trabajo tiene un componente biográfico que explica su fuerza. Ana Zamora lo resume con una frase sencilla: de pequeña quería ser bióloga marina “hasta que descubrió la Ingeniería”. En su TFG, esas dos vocaciones no compiten: se complementan. La impresión 3D aparece como herramienta, pero también como puente, la forma de intervenir sin invadir, de crear piezas adaptables para especies distintas, con la rapidez y la flexibilidad que permite el diseño digital.

Su proyecto fue reconocido con un galardón de la Cátedra de Medio Ambiente Autoridad Portuaria de Cartagena – Campus Mare Nostrum. Un respaldo que sitúa el trabajo en un lugar que trasciende lo académico. No es solo un ejercicio universitario: es una propuesta con aplicación potencial en conservación y rehabilitación de fauna marina.
Del laboratorio a los centros de conservación: el siguiente paso
Más allá del diseño, el trabajo de Ana Zamora también miró hacia el terreno. La joven se ha puesto en contacto con centros de conservación de tortugas bobas en España con la intención de poner a su disposición las herramientas desarrolladas. La idea es clara: que lo aprendido y construido en el entorno universitario no se quede en un cajón, sino que pueda servir en procesos reales de recuperación.
El contexto internacional muestra que no es un camino aislado. En otros países ya se están utilizando prótesis con tortugas. El ejemplo más citado es el de Estados Unidos, donde existen centros centrados de forma específica en la rehabilitación de vida marina. Esa experiencia previa sugiere que hay margen para crecer, pero también que se trata de un campo con dificultades técnicas y logísticas que no se resuelven solo con una buena idea.
Limbium y el valor de una cadena de oportunidades
El proyecto de Ana Zamora es también una historia sobre cómo se construye una vocación cuando alguien abre una puerta. El TFG se desarrolló durante sus prácticas en Limbium, una startup creada en 2023 por el ingeniero egresado de la UPCT Alberto Martínez, que ha tutorizado el trabajo junto con el profesor Óscar de Francisco Ortiz. Este último colabora con Limbium en un proyecto del Ministerio de Ciencia para desarrollar un brazo biónico.

Esa constelación es importante porque explica el ecosistema: universidad, empresa emergente, tutoría técnica y una línea de investigación que, aunque orientada a la prótesis humana, comparte conocimientos y metodologías que pueden trasladarse al ámbito animal. En el caso de Ana Zamora, la meta no era prometer una solución total, sino construir una base: modelos preliminares que imiten la anatomía y permitan soporte y movilidad básica, especialmente relevantes en tortugas que han perdido fragmentos de sus aletas.
