Leonidas Askianakis, el joven de 22 años que revoluciona la astronomía con la eliminación de basura espacial

Leonidas Askianakis, un estudiante de 22 años, impulsa una 'startup' para detectar y retirar basura espacial con radar y brazos robóticos

Leonidas Askianakis - Internacional
Una fotografía de Leonidas Askianakis.
Archivo

La órbita terrestre ya no es ese vacío infinito que imaginaba la ciencia ficción, sino un barrio cada vez más concurrido y, por momentos, peligroso. La basura espacial —restos de satélites, fragmentos de cohetes, piezas que nadie vigila y casi nadie reclama— se ha convertido en un problema real para la seguridad de misiones tripuladas y para la infraestructura invisible que sostiene la vida moderna: navegación, comunicaciones, meteorología, observación de la Tierra.

En ese tablero, donde suelen mandar agencias y grandes contratistas, aparece un nombre que empieza a sonar con fuerza: Leonidas Askianakis, estudiante de 22 años en la Universidad Técnica de Múnich, que ha impulsado una startup con la ambición de “limpiar” el espacio.

La dimensión del problema se entiende mejor con cifras. La Agencia Espacial Europea (ESA) estima que hay más de 1,2 millones de objetos de más de un centímetro orbitando la Tierra y más de 50.000 por encima de 10 centímetros, tamaños suficientes para causar daños catastróficos en caso de impacto.

Esa nube es especialmente preocupante en ciertas altitudes de la órbita baja, donde los escombros pueden quedarse durante décadas o siglos y multiplicarse por colisiones, en una reacción en cadena que los expertos llevan años señalando como el gran riesgo del futuro cercano.

El riesgo que no se ve: un centímetro puede arruinarlo todo

La paradoja de la basura espacial es que lo más amenazante no siempre es lo más grande. Un fragmento pequeño, de apenas un centímetro, puede perforar o destruir un satélite por la velocidad a la que se desplaza. Por eso la órbita se monitoriza de forma constante, pero con un límite tecnológico que es también un agujero de seguridad: cuanto más diminuto es el fragmento, más difícil resulta detectarlo con fiabilidad. Esa ceguera parcial no es una anécdota; es un problema estructural, porque el volumen de objetos invisibles es enorme.

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La propia Deutsche Welle relató un episodio que ilustra esa amenaza. En noviembre de 2025, los miembros de una misión china tuvieron que prolongar su estancia ante el riesgo de que su nave de regreso sufriera daños por desechos espaciales. Es el tipo de noticia que dura un ciclo informativo y después se olvida, pero que revela un hecho incómodo: no hablamos de un peligro hipotético, sino de un entorno donde el margen de error se estrecha.

Leonidas Askianakis y la idea de convertir la limpieza orbital en un negocio

En ese contexto surge Leonidas Askianakis. Según contó el propio estudiante, la clave fue asumir que la basura espacial no se resolverá solo con buena voluntad, sino con incentivos y estructura. Hay que gestionarla también desde lo comercial. La idea, tal y como recogió DW, cristalizó durante un periodo de descanso en Creta, “bajo el cielo estrellado”, cuando conectó el problema ambiental con una pregunta práctica: quién paga por limpiar, cómo se mide el riesgo y qué tecnología permite hacerlo de forma sistemática.

La propuesta de Leonidas Askianakis tiene dos capas:

  1. Detección: un satélite equipado con radar de alta sensibilidad, apoyado por algoritmos y patrones de escaneo, que permitiría identificar fragmentos de entre uno y diez centímetros, justo la franja que hoy genera más incertidumbre.
  2. Retirada: una “basura cero” que no se limita a vigilar, sino que incorpora el concepto de “recogida” mediante sondas con brazos robóticos para capturar y retirar piezas de mayor tamaño.

No es un plan de ciencia ficción, sino un intento de industrializar lo que hasta ahora era un esfuerzo fragmentario: ver mejor y actuar antes de que un choque convierta un problema en una cascada. En el relato de DW, Leonidas Askianakis plantea que liberar esas altitudes de los restos más peligrosos no solo reduce el riesgo: también deja espacio y margen para desplegar nuevas tecnologías y misiones de observación más modernas.

La ley que lo cambia todo: de “lujo ecológico” a obligación

La historia de Leonidas Askianakis también encaja con un giro regulatorio que está en marcha en Europa. En junio de 2025, la Comisión Europea presentó la propuesta del llamado EU Space Act, un marco con medidas sobre seguridad, resistencia y sostenibilidad de actividades espaciales, incluyendo reglas para mitigar la congestión y los desechos, y exigencias relacionadas con la eliminación segura de satélites al final de su vida útil. El matiz es clave: el mercado ya no se mueve solo por reputación o por “responsabilidad”, sino por la expectativa de que estas prácticas se conviertan en estándar para operar y competir.

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El espacio.
International Gemini Observatory

Ese cambio explica por qué proyectos como el de Leonidas Askianakis despiertan interés. Cuando la norma empieza a pedir sostenibilidad desde el diseño hasta el final de la misión, surgen oportunidades para quien ofrezca herramientas de control, medición y retirada. Y, de paso, se refuerza una idea que la ESA viene repitiendo en sus informes: dejar de generar basura nueva no basta si no se aborda la acumulación existente.

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