Linda avanza, sin parar y a toda prisa, hacia el borde de un ataque de nervios. Su hija padece un trastorno gastrointestinal que le provoca aversión a la comida, por lo que debe ser alimentada mediante una sonda mientras duerme. A causa de una filtración, un enorme boquete se ha abierto en el techo del apartamento en el que vive con la niña, y ambas se ven obligadas a mudarse a un motel destartalado. Su marido está ausente por motivos de trabajo durante dos meses, por lo que tiene que lidiar sola con todos esos problemas. Y luego está su trabajo como terapeuta, que la obliga a enfrentarse a una serie de pacientes a cuál más exasperante; no queda claro, en todo caso, si ella está en condiciones de ayudar a los demás, sometida como está a los efectos del estrés, el insomnio, el vino y los porros.
Mientras la observa, Si pudiera, te daría una patada no se detiene hasta que se le acaba el metraje. Desde el principio, la segunda película de Mary Bronstein somete al espectador a una tensión cada vez más irrespirable, mientras retrata la maternidad como una carrera de obstáculos y reconoce hasta qué punto ejercerla puede socavar la salud mental de una mujer. La cámara permanece increíblemente cerca de Linda –lo suficiente como para detectar una tenue vena bajo su ojo izquierdo y una marca en su mejilla derecha– quizá en busca de un punto de acceso al interior de su mente. Su ansiedad es tan intensa que apenas deja espacio para nadie más en el encuadre.
Su hija carece tanto de nombre como de rostro, y es dejada fuera de plano incluso cuando habla; solo aparece representada como una coronilla, o un par de piernas balanceándose desde la tapa del inodoro. Del mismo modo, el marido no es más que un hilo insistente que surge del otro lado del iPhone. Más tiempo en pantalla tiene el citado boquete en el techo, que supura, irradia y desencadena una serie de visiones fantasmagóricas que transportan a Linda a un portal de otro mundo, quizá la entrada a los recovecos de su psique, y gracias al que la película por momentos evoca Cabeza borradora (1977), de David Lynch.

Como todo lo dicho hasta ahora permite adivinar, Si pudiera, te daría una patada ofrece el tipo de experiencia cinematográfica de la que se sale al borde de la asfixia; y eso, hacer que necesitemos un respiro tanto como lo necesita Linda, es precisamente lo que Bronstein pretende. Y aunque la idea de pasar dos horas viendo a una mujer en pleno ataque de pánico a priori no resulta nada atractiva, lo cierto es que la directora contrarresta de forma constante la tensión que genera su película mediante sucesivos golpes de humor e hilaridad negrísimos.
En ese sentido, además, quizá no haya otra actriz más capaz de convertir la exasperación comedia que Rose Byrne. La profundidad de emoción que es capaz de concentrar en una sola mirada es sencillamente asombrosa, y eso explica en parte que ganara el Oso de Plata en la pasada Berlinale gracias a esta película. Byrne se nos muestra cruda, vulnerable e intoxicada de una volatilidad absolutamente creíble, y la energía frenética que aporta a cada escena nos hace entender por qué su personaje no puede pensar con claridad y por qué incluso las tareas aparentemente más simples –pedir una cita con el médico, por ejemplo–, la sobrepasan.

Linda es una mujer a menudo insoportable y aparentemente adicta a tomar decisiones cuestionables, pero pese a ello –y a que la película en ningún momento busca justificar su comportamiento–, la actriz consigue que nunca le retiremos nuestra empatía, y que comprendamos su dolor mientras la seguimos en su periplo. Al observarla, resulta inevitable entender que ser madre es una lucha constante por proteger a tus hijos incluso si estás segura de que no vas a lograrlo. Si pudiera, te daría una patada, en otras palabras, dice en voz alta cosas que muchas progenitoras callan por miedo a que parezca que no aman a sus niños; y, aunque termina ofreciendo mostrando atisbo de esperanza respecto a Linda y su hija, en cualquier caso se trata de una película francamente dura. Pero la adultez también, especialmente cuando se es una mujer y se es madre.


