Salón de Arte Moderno

Claudia González, galerista: “El arte es físico; no necesita Instagram”

En la IX edición del Salón de Arte Moderno, que transforma el Círculo de Bellas Artes en epicentro del coleccionismo, reúne artistas que investigan desde lo matérico y lo poético, en sintonía con una feria donde convergen grandes nombres

Claudia González, junto a una pieza de Carmen Calvo que lleva por título Plancha

Con motivo de la IX edición de SAM, el Salón de Arte Moderno que este año transforma el histórico Círculo de Bellas Artes en el epicentro del coleccionismo, conversamos con Claudia González, una galerista madrileña de 31 años que aporta una mirada fresca a esta cita imprescindible. Entre obras de maestros como Henri Matisse, Pablo Picasso o Antonio López, y la esperada muestra “Fernando Botero: rotundo e íntimo, 1973-2023” dedicada a Fernando Botero, la feria se consolida como un espacio donde tradición y vanguardia dialogan bajo el espíritu elegante del Salón de Baile diseñado por Antonio Palacios.

Historiadora del Arte especializada en vanguardia histórica y arte contemporáneo, González dirige una galería que apuesta por desdibujar fronteras y generar conversaciones entre épocas, lenguajes y materiales. En esta edición de SAM presenta una propuesta vanguardista y multidisciplinar que reúne nombres clave como Carmen Castillo, Ana Kai, Equipo Crónica, Sonia Delaunay o Carmen Calvo. Su selección invita a entender el arte no solo como objeto de colección, sino como experiencia, memoria y relato vivo. En esta entrevista, exploramos su compromiso con la recuperación y documentación de piezas del siglo XX y su manera de acompañar a nuevos coleccionistas en uno de los encuentros más relevantes del panorama artístico español.

¿Qué impulsa a una historiadora de arte a abrir su propia galería?

Mi andadura en el mundo del arte es muy amplia, fruto de mi interés por los grandes artistas y el acceso a su obra. Monté una plataforma de venta on line muy innovadora en su momento. La galería es un paso más. Todo empezó por la obra acumulada en el almacén de un amigo que no sabía cómo dar salida a todo aquel arte. Le ayudé a gestionarlo y así es cómo nació. Mi juventud me lleva a explorar también otros formatos.

¿Qué criterios ha seguido para seleccionar las obras y artistas que lleva al Salón de Arte Moderno?

La selección es muy variada y, en buena parte, responde a mi compromiso de visibilizar a artistas que no encajan tanto en el canon convencional y especialmente a mujeres. En el stand está la obra poética de Carmen Calvo, composiciones que se sienten como poemas visuales e invitan al espectador a esa experiencia sensorial similar a la lectura de un poema. O la singularidad y calidad de la línea de joyas de Condé de Diamante con gemas preciosas. Están también artistas como Cova Ríos, una autora con una capacidad única de crear piezas que conectan con el entorno natural; Ana Kai, una artista que mezcla pintura, pigmentos, tintas y texturas orgánicas; o Carmen Castillo, que trae la escultura directamente de la montaña asturiana. En esta variedad hay una armonía que encaja con el tono del SAM, que es una feria muy cuidada.

Obra de Ana Kai expuesta en el SAM

¿Hay alguna pieza en el stand que te parezca especialmente significativa para entender hacia dónde va su galería?

A nivel de coleccionismo, hay dos que destacan por su rareza. Una es de Fernando Zóbel, muy difícil de conseguir. No es habitual ver obras suyas en ferias abiertas al público o en galerías generalistas. Esta me la depositó una familia. La otra es un collage original de Chillida que pertenecía a los herederos de una familia amante del artista. Esta sensación de exclusividad genera una experiencia única en el público al percibir que está ante algo excepcional.

Su pasión por el arte comenzó a los diez años, al contemplar un cuadro de Marc Chagall. ¿Cómo recuerda aquel momento?

Mi tía me llevó a una exposición dedicada a Modigliani. Además de su obra, se mostraban piezas de otros artistas de su época, entre ellos Marc Chagall. Me quedé absolutamente fascinada por un cuadro en el que una niña abrazaba un gallo. Esa imagen se quedó grabada en mi memoria; algo se despertó en mí en aquel instante. Sin duda, fue el inicio de mi curiosidad por el arte y por quienes lo crean.

¿Qué le ha enseñado el trato diario con artistas y coleccionistas?

La conversación entre artistas y galeristas es fascinante y muy enriquecedora. Se crea un vínculo muy especial. Estudié Administración de Empresas y, desde mi labor, no soy ajena a ese componente de inversión económica que tiene el arte. Pero el contacto con los artistas me permite vivirlo desde la emoción. Ver, por ejemplo, observar a Carmen Castillo cómo trabaja en Asturias en contacto con la naturaleza. Su diálogo con el paisaje y cómo integra los elementos orgánicos en la propia obra. Es maravilloso.

De izquierda a derecha, Ana Kai, Laura Domínguez (de Condé de Diamante), Claudia González y Cova Ríos

Dirige una galería en un momento en el que la presencia de mujeres artistas crece, pero ¿sigue habiendo brecha de género?
Queda mucho camino por recorrer en todos los ámbitos del arte. Como galerista, por ejemplo, en el SAM somos tres mujeres y 17 hombres. Tampoco hay demasiadas artistas. En la gestión del arte, ocurre igual; hay muchas asistentes, pero faltan mujeres en posiciones más fuertes.

Como especialista en vanguardias históricas y arte contemporáneo, ¿incorpora ese diálogo femenino entre pasado y presente?

Uno de mis compromisos es precisamente recuperar obras de mujeres, como se hizo recientemente con la obra perdida de la pintora Rosario de Velasco, que se expuso en el Thyssen-Bornemisza. En el SAM he buscado ese cruce de sensibilidades, energías y contrastes de una manera muy natural. Hace que el espacio esté vivo.

¿Hasta qué punto condicionan hoy las redes sociales su labor como galerista?

Muy poco. Aunque cuento con página web y perfil en Instagram, me incorporé relativamente tarde. Mi público apenas utiliza las redes sociales. Para mí, el arte es una experiencia física y emocional. Las redes pueden funcionar como un efecto llamada, pero prefiero mantenerme fiel a mi manera de concebir y vivir el arte.

La galerista posa junto a varias piezas expuestas en el Salón de Arte Moderno

¿Qué consejo le daría a una persona joven que visita el MOP con inquietud coleccionista?

Si tiene esa sensibilidad, le diría que se atreva a romper la barrera de la primera vez cuando le emocione una pieza. Es verdad que esa primera adquisición genera muchos nervios, pero el factor intuitivo cuando uno ya ha visto mucho arte es decisivo. Con un presupuesto que no duela, es una inversión de la que uno nunca se arrepiente. Ese mismo precio a veces lo gastamos en cosas sin valor. Además, a nivel de galerías, existe posibilidad de comprar con condiciones especiales.

¿En su caso, cuál fue su primera adquisición?

Una representación de Afrodita de Carmen González Castro, que es una artista que explora la mitología clásica para analizar la condición humana y los cánones de belleza a través del cuerpo. La primera vez que vi esta pieza tenía 20 años y su imagen me acompañó mentalmente hasta que supe que esa Afrodita estaba incluida en una subasta que organizaba la artista. La adquirí y me encanta verla cuando me despierto.

¿La veremos algún día al otro lado, firmando su propia obra?

Me gusta pintar, pero no es algo que contemple como artista, a pesar de haber expuesto ya alguna obra. Mi vocación y mi compromiso están en el trabajo como galerista. Es ahí donde en encontrado mi lugar.

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