Países Bajos ha decidido acelerar su transformación militar en un momento en el que Europa vuelve a pensar en términos que durante años parecían desterrados del vocabulario político: rearme, disuasión, movilización y capacidad de combate. El anuncio de que el ejército neerlandés comenzará en abril a integrar unidades de drones y sistemas antidrones en todas sus fuerzas de combate, acompañado del reclutamiento de entre 1.000 y 1.200 efectivos para sostener esa nueva estructura, no es un gesto aislado. Es la expresión de un cambio más profundo: la asunción de que la guerra del futuro ya no es una hipótesis lejana, sino una posibilidad para la que hay que prepararse desde ahora.
Una transformación militar que va más allá de los drones
La medida, avanzada por el comandante de las Fuerzas Armadas neerlandesas, Onno Eichelsheim, convierte a Países Bajos en uno de los primeros miembros de la OTAN en plantear una integración tan amplia de capacidades no tripuladas dentro de sus unidades de combate. No se trata solo de comprar aparatos o de crear un batallón especializado al margen del resto del ejército.
La clave está en el enfoque: incorporar el uso ofensivo de drones y la defensa contra ellos como parte orgánica de la doctrina militar cotidiana. Esa es la lección que La Haya dice haber extraído de guerras recientes como la de Ucrania y de la inestabilidad creciente en Oriente Medio.

Detrás de este movimiento hay una idea muy clara: la guerra contemporánea ya no se entiende sin enjambres de drones, vigilancia permanente, ataque de precisión barato y amenazas aéreas difíciles de neutralizar. La propia estrategia oficial de defensa neerlandesa, recogida en el Defence White Paper 2024, sostiene que el país debe prepararse para un gran conflicto militar en territorio OTAN y adaptar sus fuerzas a la “lucha del futuro”, con un refuerzo explícito de la capacidad de combate, la protección de infraestructuras críticas y la modernización tecnológica.
Ese documento fija además una inversión estructural adicional de 2.400 millones de euros anuales y eleva el gasto en defensa hasta 24.000 millones al año, con el objetivo de cumplir el umbral del 2 % del PIB exigido por la Alianza Atlántica.
Más soldados para una nueva fase de rearme
En ese marco, Países Bajos no solo quiere más armas, sino más personal. El mismo libro blanco reconoce que el Ministerio de Defensa trabaja para convertirse en una organización plenamente cubierta antes de 2030 y aspira a lograr una entrada anual de al menos 9.000 militares desde 2029, entre personal regular, reservistas y jóvenes de programas de servicio.
También deja claro que el país estudia fórmulas para garantizar una mayor llegada de reclutas si el contexto estratégico empeora. El nuevo contingente de entre 1.000 y 1.200 personas para las unidades de drones encaja, por tanto, en una lógica más amplia de expansión sostenida de plantilla y de preparación para escenarios de alta intensidad.
El giro de Países Bajos también revela hasta qué punto ha cambiado la mentalidad en el norte de Europa. Durante décadas, buena parte del continente vivió instalada en la idea de que la guerra convencional era un asunto periférico, casi ajeno. Hoy, en cambio, el documento estratégico neerlandés habla sin rodeos de la amenaza rusa, del posible conflicto a gran escala en territorio de la OTAN y de la necesidad de reconstruir una capacidad militar que, tras el final de la Guerra Fría, había perdido peso en favor de misiones de estabilización o paz. El mensaje es inequívoco: la defensa vuelve a ser una prioridad central del Estado.
La carrera tecnológica que marcará la defensa europea
Hay, además, una derivada industrial que resulta decisiva. Eichelsheim ha insistido en la necesidad de colaborar estrechamente con la industria del dron, consciente de que esta tecnología envejece a una velocidad mucho mayor que los sistemas tradicionales. Y el Ministerio de Defensa ya ha dado pasos concretos en esa dirección: a comienzos de marzo lanzó una iniciativa específica dotada con 30 millones de euros para desarrollar soluciones capaces de detectar e interceptar drones tácticos rápidos. No se trata solo de responder a una moda militar, sino de entrar en una carrera tecnológica en la que quien llegue tarde corre el riesgo de quedarse indefenso.

Lo que está haciendo Países Bajos es, en el fondo, una señal para toda Europa. La política de defensa del continente ya no gira únicamente alrededor de grandes cazas, fragatas o carros de combate, sino también de sistemas baratos, flexibles y masivos que pueden alterar por completo el equilibrio sobre el terreno. La guerra, en 2026, se parece menos a los viejos manuales y más a una red de sensores, operadores, algoritmos y pequeños artefactos capaces de matar o cegar al enemigo por una fracción del coste tradicional. Y La Haya ha decidido no esperar a que esa realidad la alcance por sorpresa.
