Opinión

Cuba colapsa

Cuba
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Cuba está a punto de doblar la esquina para entrar en una nueva etapa de su historia. Lo que no se sabe es que se encontrará en el camino. El presidente Trump la ha situado como su siguiente ficha para mover en el tablero internacional. Disputó este honor con Groenlandia, pero ahora se ha quedado sola, pues el temperamental presidente americano prefiere desplazarse a las cálidas aguas del Caribe que a las heladas del Ártico. “Puedo hacer lo que quiera con ella”, ha declarado en su habitual tono. Puede que sea una solución tipo Venezuela, con o sin operación militar, o puede que una toma de control de los Estados Unidos con un gobierno dirigido a control remoto desde Washington, o puede que un levantamiento interior de la famélica oposición al comunismo. Quién sabe lo que deparará este volátil momento de la humanidad para los habitantes de esa pequeña isla del Caribe.

Mientras tanto, Cuba colapsa, se queda sin aire, como un tiburón que fenece en la playa entre boqueadas de agotamiento y desesperación. Es paradójico, pero ya parece que no importa mucho, que dejó de mover las desatadas pasiones de estos últimos setenta años. Cuba ha pasado del romántico sueño de la revolución de los sesenta, que movilizó los corazones de tanta gente, a la sordidez de la miseria, del hambre, de la violencia que ha traído un régimen inhumano, hasta situarse en una especie de letárgico olvido. Ya no queda nada de Hermingway, ni de Fidel, ni del Che, ni de la trova, vieja o nueva, ni de Silvio, ni del Floridita, ni de García Márquez, ni de los daiquirís, el Tropicana o el son. Viví muchos años rodeado de cubanos en la dorada Miami. Conocí a la generación que emigró a primeros de los sesenta, a los de Bahía Cochinos, a los peterpanes, a los marielitos, a toda la emigración cubana que seguía llevando su patria en el corazón, siempre con el anhelo de volver cuando cayera Fidel. Fidel no cayó y ellos no volvieron. Esos cubanos levantaron Miami y el sur de la Florida a lo que es hoy. Son tenaces, preparados, divertidos, trabajadores, negociantes, políticos.

Cuba colapsa. No es fácil encontrar cifras macroeconómicas sobre Cuba y, mucho menos que sean fiables. El Banco Mundial señala un PIB algo superior para a los 100.000 millones de dólares, lo que daría una renta per cápita de unos 9.000 dólares. Pero esta cifra parece muy elevada para la realidad diaria de un cubano que, según algunos informes, vive con poco más de 50 dólares al mes. Por su parte, CEPAL fijó la renta per cápita a precios corrientes en poco más de 1.000 dólares para 2024. La inflación se estima en un casi 15% en el 2025, aunque la canasta básica puede llegar a situarse en un 70%. La deuda externa, según datos del Club de París, ronda los 30.000 millones de dólares, con una posible falta de renovación de nuevos préstamos.

La economía cubana se contrajo un 5% en 2025, señala el Centro de Estudios Económicos de Cuba (CEEC), un descenso que supera el 15% desde 2020. Sigue su estancamiento y falta de recuperación. El reporte indica que han caído los ingresos externos un 8%, el turismo con un 10%, la generación electiva en un 14% y el consumo de combustibles, por encima del 6%. Los cubanos viven bajo alta inflación, caída constante del PIB y merma del escuálido poder adquisitivo de su bolsillo. En su vocabulario, “resolver” es una diaria batalla. Las cartillas de racionamiento han perdido valor, pues casi no hay comida en las tiendas. Obtener gasolina es un imposible. La basura no se recoge, lo que provoca aumento de enfermedades transmisibles. Muchos hogares cocinan con leña. No hay medicinas. Las remesas del extranjero y los dólares de la actividad privada y el mercado negro son tabla de salvación para muchas familias. Las protestas son cada vez más crecientes.

La población sigue disminuyendo por la emigración, la mortalidad elevada y la poca natalidad. Algunos estudios, cifran que Cuba ha visto como en estos últimos cinco años han emigrado casi dos millones de personas, una buena parte de su juventud. Su actual población se mueve entre los 8 y los 9 millones de personas.

La energía es un punto y aparte para una población sometida a apagones continuos. El reporte del CEEC subraya el envejecimiento de las termoeléctricas y los continuos cortes, pese a las inversiones para recuperar el sistema eléctrico y avanzar en la solar. Los alimentos siguen sometidos a una fuerte inflación y a la carencia de productos básicos, al tiempo que el transporte experimentó fuerte caídas entre un 10 y un 14%. Lo mismo pasa con los medicamentos. El turismo, otrora el pulmón económico de la isla sigue deteriorándose, con una disminución de casi un 20 por ciento del visitante internacional, lo que lleva a una reducción de casi el 40% respecto a los niveles previos a la pandemia, con apenas 1,6 millones de turistas. Incluso la tradicional industria azucarera está debilitada, la última zafra ha llevado la producción a las cifras de finales del XIX. La producción de níquel también ha caído dado que las fábricas no pueden funcionar por la falta de energía.

El corte de suministro del petróleo venezolano, decretado por Trump, está llevando la situación al límite. Los distintos planes económicos puestos en marcha por Raúl Castro y Díaz-Canel han fracasado con estrépito, pues la economía cubana ha seguido bajo un estricto control gubernamental, convirtiendo a los proyectos privados en un juego de la señorita Pepy´s. No funcionaron ni los Períodos Especiales ni el Programa de Estabilización Macroeconómica. El Gobierno habla de “economía de guerra” para la puesta en marcha de ajustes duros, atribuyendo toda la culpa al bloqueo comercial americano. En su desesperación, Díaz-Canel pide conversaciones y árnica a los americanos, mientras su ministro de Comercio Exterior, Oscar Pérez-Oliva, declara su disposición a la apertura de inversiones de Estados Unidos y de los cubanos-americanos, los anteriores “gusanos”.

Cuba colapsa. Se queda sin energía, sin alimentos, sin turismo, sin juventud. Recuperar la potencia instalada, según economistas, exige una inversión de unos 10.000 millones de dólares en un plazo de cinco a diez años. La recuperación de la economía cubana requerirá unas fuertes inversiones en infraestructuras, en carreteras, en vivienda, en agua y en limpieza de basuras. Exige un plan de estabilización que incluya ajustes fiscales y liberalización de la moneda.

Las previsiones para este 2026 no son nada halagüeñas. El Estado cubano controla el 90% de los recursos productivos. Revertir la situación precisa de una apertura económica, una destrucción de la enorme burocracia de la Administración y una decidida atracción del inversor internacional y el sector privado, acompañado de la fijación de acicates para emprendedores, autónomos, cooperativas y pymes. La salida no está en el modelo castrista, fracasado con estrépito. Tampoco en convertir la isla en un resort para el turismo. Cuba tiene riquezas suficientes y un material humano para salir adelante por sí sola en cuanto normalice su deteriorada situación política y se incorpore al comercio internacional.

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