De todas las citas electorales de este rally en el que andamos inmersos, las de Castilla y León eran, sobre el papel, las más insípidas e inocuas del calendario. Sin embargo, sus consecuencias han contribuido a alterar el panorama político nacional. El PP sube, el PSOE avanza a costa de la desaparición de la extrema izquierda y Vox echa el freno a su ascenso.
En la sala de máquinas de La Moncloa se pensó, equivocadamente, que con estas convocatorias el PP buscaba mayorías absolutas. Pero la estrategia no era esa. Se trataba de demostrar a los españoles que, salvo en Cataluña, el PSOE se ha convertido en una opción política cuya única aspiración de liderazgo es la oposición. Y Andalucía ofrecerá, sin grandes novedades, el cuadro completo del semestre electoral.

Inicialmente, la esperanza de Pedro Sánchez pasaba por contraponerse a la incapacidad de la derecha para gobernar. Sin embargo, las últimas encuestas apuntan a una subida del PP a costa de un Vox que no termina de encontrar el tono en este ciclo electoral.
A este delicado panorama se le añade un sinfín de errores no forzados. El primero, el protagonizado por la vicepresidenta Yolanda Díaz, la musa del gobierno que, desconectándose por completo de la realidad, entendió que el mejor momento para costearse un viaje con dinero público luciendo palmito en Hollywood era justo cuando millones de españoles sufren para llenar el depósito o pagar la luz. Entretanto, en el ámbito presupuestario y en el feudo socialista más sólido, Salvador Illa evidenció su extraordinaria debilidad presentando unos presupuestos que retiró poco después por falta de apoyos.

De las otras cuentas públicas, las nacionales, tantas veces prometidas, no hay ni rastro, porque Pedro Sánchez ha encontrado como excusa la pesarosa tarea de estar salvando el mundo. En paralelo, se ha conocido que Óscar Puente retiró 42 metros de vía en Adamuz sin autorización judicial y que, además, su Ministerio no reabrirá la línea que conecta el AVE con Málaga, porque durante tres semanas no pusieron los operarios necesarios, un flaco favor para la vicepresidenta Montero.
Y para ponerle la guinda al pastel del despropósito, los ministros de Sumar, fingiéndose afectadísimos, se amotinaron el viernes negándose a entrar en una reunión del Consejo de Ministros. Amenazaron como siempre con coger la puerta y quedarse y, efectivamente, lo hicieron. No cabía mejor cierre teatral para los de Yolanda Díaz para una semana que comenzó en los Oscar. A continuación Pedro Sánchez compareció interpretando el mismo papel de las recientes noches electorales, es decir, actuando como si nada hubiera sucedido.
El desgaste del Gobierno
En definitiva, lo que parecía un trámite electoral menor ha terminado mostrando que entre errores propios, tensiones internas y una estrategia que no termina de cuajar, no cesa el desgaste del Gobierno. Una imagen de agotamiento que contrasta con la inercia ascendente de la oposición. Si nada se tuerce, el ciclo electoral en curso no hará sino confirmar la tendencia a la derecha de la política española.
Y así, entre viajes de alfombra roja, presupuestos fantasma y motines de cartón piedra, Pedro Sánchez ha logrado convertir lo rutinario en síntoma y lo anecdótico en diagnóstico. El presidente actúa como si nada pasara justo cuando todo parece estar pasando. Olvida que, con la política suele suceder lo mismo que con el teatro, a veces llega un momento en que el público se marcha de la sala, no porque la obra haya terminado, sino porque ha entendido el final mucho antes que los actores.
