Si se cumplen los pronósticos iniciales de Donald Trump, el conflicto en Oriente Medio llega a su fin. La escalada en la región entra hoy en su cuarta semana y de replicarse los pasos del mandatario estadounidense, la guerra debería terminar, como máximo, en un plazo de una semana. Pero sobre el mapa y con los últimos ataques sobre la mesa, esas “cuatro o cinco semanas” iniciales de las que hablaba Trump parece que aún quedan lejos.
Según publican medios estadounidenses de reconocido prestigio, Trump estaría barajando el despliegue de más tropas sobre la región para intentar salvar el estrangulado estrecho de Ormuz. Teherán sigue golpeando con fuerza bases militares estadounidenses e infraestructuras energéticas clave de los países vecinos; e Israel, sabiendo que su aliado está ocupado, aprovecha para lanzar una ofensiva sobre el Líbano que a muchos expertos le recuerdan al asedio de Gaza.
Para Lena Georgeault, directora del Grado en Relaciones Internacionales de la Universidad Villanueva, el conflicto corre el riesgo de ampliarse a más países de la región. Los vecinos del Golfo, cada vez más cansados de soportar los ataques de los ayatolás, podrían plantearse una implicación activa en el conflicto. De momento, “siguen priorizando la contención, pero su vulnerabilidad energética los empuja hacia una implicación mayor”, explica la experta.
En conversación con Artículo14, Georgeault explica la falta de intereses comunes por parte de Israel y Estados Unidos. “Trump no ha fijado límites claros”, explica la experta, que considera que podría haber un error de cálculo en la estrategia del magnate estadounidense.
Sobre Motjaba Jameneí, Georgeault lo tiene claro: “proyecta continuidad y el régimen continúa en pie”. Ni la muerte de su padre, hasta hace tres semanas líder supremo de Irán; ni tampoco la del jefe de Seguridad, Lariyani, han consigo de momento hacer temblar al régimen de los ayatolás, que tres semanas después marcan el ritmo de la guerra y siguen tensando la cuerda hasta la asfixia económica. La Casa Blanca, a la desesperada, busca soluciones: levantar sanciones al petróleo del enemigo, el mismo país que bombardea, es una de las más paradójicas que ha propuesto hasta ahora.

– ¿Estamos ante una escalada controlada o existe un riesgo real de que el conflicto se desborde en la región? Algunos países del golfo ya no descartan implicarse militarmente…
– Los países del Golfo siguen priorizando la contención, pero su vulnerabilidad energética y la presión sobre infraestructuras críticas, como las plantas desalinizadoras, los empujan hacia una implicación mayor, aunque principalmente defensiva.
En la práctica, su talón de Aquiles es la dependencia operativa. Su seguridad descansa en Washington y, cada vez más, en una cooperación discreta con Israel. Mantienen acuerdos bilaterales de defensa, albergan bases estadounidenses y algunos cuentan con estatus de major non-NATO ally. El Consejo de Cooperación del Golfo coordina, pero con límites. En este contexto, una mayor implicación sería una decisión concertada más que una escalada inesperada.
– ¿Hasta qué punto las decisiones de Donald Trump han contribuido a agravar la situación? ¿Ha habido una error de cálculo estratégico?
El desfase entre el objetivo aparente de Estados Unidos, esto es, una operación limitada, y la lógica expansiva de Netanyahu da la sensación de que Washington ha perdido capacidad de control sobre la dinámica regional.
Trump ha contribuido a la escalada al dar margen a Israel sin fijar límites claros y con mensajes a menudo contradictorios sobre el alcance de la campaña. Si no responde a una estrategia deliberada de presión máxima sobre Irán, fue un error de cálculo por parte del presidente estadounidense asumir que sus intereses permanecerían alineados con los de Netanyahu. Acciones israelíes como el ataque al complejo gasístico de South Pars, al disparar los precios del gas y del petróleo, podrían terminar pasando factura a Trump, que tiene la mirada ya puesta en las elecciones de mitad de mandato.

– ¿Qué papel está jugando actualmente Irán bajo el liderazgo de Mojtaba Jameneí? ¿Hay un cambio en la estrategia respecto a etapas anteriores?
– Mojtaba Jamenei proyecta continuidad, con una retórica adaptada al contexto de guerra. Hace hincapié en la economía de resistencia y la supervivencia del régimen pese a la presión, pero también juega con la ambigüedad en el plano internacional, por ejemplo, negando ataques contra Turquía.
Si bien podrían haberse producido rupturas puntuales en las cadenas de mando que explicarían acciones no totalmente calibradas desde el centro, este tipo de operaciones, seguidas de su negación, permiten probar la reacción de la OTAN y evitar una escalada directa con un país miembro. En cualquier caso, incluso con una coordinación más difusa de milicias y proxis, el régimen sigue en pie. Su caída exigiría fragmentación interna real y una presión sostenida de la población, al margen de acciones externas más o menos espectaculares.

– ¿Está Netanyahu aprovechando el contexto para ampliar el conflicto y asediar el Líbano?
– Benjamin Netanyahu parece está aprovechando la coyuntura para intentar neutralizar de forma simultánea varias amenazas que Israel percibe como existenciales: desde la persistencia del conflicto en Gaza y el aumento de la violencia en Cisjordania, hasta el régimen iraní y su programa nuclear, pasando por el frente libanés contra Hizbulá en un contexto de deterioro acelerado de las relaciones con Beirut.
Israel reprocha a Beirut su inacción frente a Hizbulá, que responde tanto a limitaciones de capacidad como a un equilibrio interno extremadamente frágil: la milicia está mejor armada, pero también cuenta con una base social importante en la comunidad chií y presencia en las instituciones, lo que hace muy difícil confrontarla sin riesgo de desestabilización interna. Más que una serie de crisis aisladas, se perfila una lógica de acumulación de frentes, en la que Israel busca degradar de manera estructural las capacidades de todo el eje iraní, aprovechando una ventana estratégica percibida como excepcional.
