Opinión

Cuarenta años en casa de tus padres

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No suelo preguntarle a nadie por su régimen de vivienda. Sí pregunto por el barrio. Estoy segura de que parte del carácter de uno lo configuran la zona en la que vive ( y Dios me libre de ser uno de esos simples que hacen del barrio toda su identidad) y el número de habitantes de su casa. Los hijos de familia numerosa me parecen por lo general más educados que los hijos únicos. También me parecen más dotados para sacar beneficio de otros, acostumbrados como están a luchar por un bol de cereales o un mejor tuno en el baño.

Conozco a gente agriada por llevar demasiadas cargas económicas desde joven, y a gente amargada por compartir piso pasados los treinta. No les culpo.

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Una mujer observa la oferta de vivienda en el escaparate de una agencia inmobiliaria.
EFE/ Biel Aliño

Intento no hacer una atribución solo por las condiciones de la vivienda, pero sí encuentro una correlación. La gente no te cuenta de primeras con quién vive. Cuando he contado que vivía sola me han mirado con envidia (a veces sana, a veces insana) imaginando lo que es real: la tranquilidad. También existen las penurias de arreglar cualquier problema doméstico a solas, pasar las enfermedades sin nadie que te pueda atender, o limpiarlo todo sin poder compartir esfuerzos (y esto último con pareja se puede convertir en limpiar por dos).

Compartí piso poco tiempo. El piso me hundió en su dinámica de diversión y dejadez. Llegó un punto en el que me veía consumida por una laxitud que me llegó a ahogar. Aparecían objetos sucios de la nada. Los vasos sucios se multiplicaban. La cantidad de calcetines desparejados era sospechosa, como si alguien entrara por la noche a arrojar calcetines mugrientos, agujereados, sembrados de pelotillas. Entraba gente por la puerta que yo no sabía quién era. En una ocasión un desconocido me preguntó en la cocina si había algo de comer. Fue de madrugada. Nunca tuve claro quién era ni si era amigo o conocido de alguien. El piso se caía a cachos. La lavadora desaguaba en el fregadero. Las cucarachas trepaban por las paredes y el techo. Nunca nada era responsabilidad de nadie.

Me fui de alli por no enloquecer. Volví a casa de mi madre, y allí tuve que permanecer siete años. Cada mañana me despertaba diciendo “sigo aquí”. Salir de la casa era imposible. Los sueldos habían empezado a mermar, y yo estuve tres años sin encontrar trabajo, poniendo el despertador a las 8 para enviar curricula y más curricula a todo tipo de empleos. Había cientos de demandantes, cientos de parados como yo varados en la crisis.

Un día me pude ir de nuevo, pero a casa de mi pareja. Y más adelante tuve la suerte de ir a vivir sola, a veces malgastando dinero, a veces ahorrando, a veces empezando el fin de mes en los últimos días del mes previo. De día vivir el presente. De noche angustiarse por el futuro. La muerte como única salida real a un mercado laboral donde vamos teniendo menos sitio los de letras, los mayores de cuarenta.

Y de casualidad, en las últimas dos semanas, un par de personas de mi edad me cuentan que viven con sus padres. Sé que no son los únicos. Volvieron para una temporada y ahí se tuvieron que quedar. A qué hora vas a llegar, a qué hora vienes a comer, no vuelvas tarde, con quién vas. Una gota malaya que cala en las expectativas de gente que en un mundo menos avaro tendría una vivienda propia. ¿Merece la pena pagar 500€ por una habitación en un piso compartido? ¿Merece la pena vivir a hora y media del trabajo? ¿Dónde hay pisos asequibles que no amenacen ruina? ¿En qué piensan esos hijos de perra que alquilan trasteros de 15 metros cuadrados a 600€, y ponen “ideal para una persona sola” en el anuncio de Idealista. ¿Por qué ponen inodoros en los que hay que agacharse para plantar un pino?

MMarcha convocada por Hábitat24 para reclamar una vivienda digna y sostenible. EFE/ Juanjo Martin

¿Qué clase de torturadores y avaros ha construido un mundo donde “es el precio de mercado” es la excusa para arrebatarle la dignidad al otro con el fin de hacer un crucero más, un viaje a Egipto o comprar un coche nuevo cada dos años? ¿Cómo quieren resolver el futuro de los jóvenes cuando los que ya son mediana edad son no tienen siquiera un presente?