Cansadas de estar agotadas. Cansadas de sufrir. Es el sentimiento de las mujeres libanesas sin distinción étnica, religiosa o geográfica. Si hay tres o cuatro cosas que unen a los libaneses podrían mencionarse el hummus, el cedro, la cantante Feiruz y el agotamiento mental. Están hastiadas en distinta medida, porque algunas, quienes comienzan a ser abuelas, vivieron los quince años de Guerra Civil (1975-1990) y a otras, sus hijas, les alcanza solo la memoria para el conflicto del sur (1985-2000).
Para las más jóvenes la memoria de desgracias colectiva comienza en la Guerra del Líbano de 2006, aunque hay una generación que acude cada mañana a la escuela con el recuerdo de la explosión del puerto de Beirut, la crisis bancaria y la devaluación de la libra y como traca final las guerras de Israel contra Hizbulá de los dos últimos años. “Es insoportable. Cada día tengo una sensación profunda de frustración y desesperanza. Hemos tenido suficiente. No podemos más. Líbano ha sido una gran mentira”, admite con toda la desesperanza imaginable a este medio la abogada Yendi Sfeir desde su apartamento de Beirut, el mismo en que volvió a nacer tras ser alcanzada por la explosión de la tarde del 4 de agosto de 2020 gracias a un milagro que atribuye a San Chárbel.

Y después de 15 meses de calma tensa y relativa, aunque con ataques israelíes casi a diario sobre miembros y posiciones de Hizbulá, la que fuera temible milicia capaz de forzar la retirada de las tropas israelíes del sur del Líbano, la última de las fuerzas paramilitares nacidas de la Guerra Civil, y también 15 meses de discreta reorganización de los islamistas chiíes en sus feudos mientras el Gobierno libanés prometía en vano su desarme, el minúsculo territorio -10.452 kilómetros cuadrados, la superficie de las regiones de Madrid o de Murcia- que vio la luz como Estado soberano en 1943, vuelve a ser escenario de una guerra regional. De una guerra de los otros, una más, según la expresión repetida estos días por políticos y comentaristas libaneses, que podría no estar haciendo sino comenzar.

Concretamente la que comenzó en la noche del 1 de noviembre es el segundo acto de una guerra que Tel Aviv espera definitiva contra la milicia proiraní, un Estado dentro del fallido Estado libanés, después de la severa campaña aérea y terrestre del otoño de 2024, que la dejó tocada pero no muerta. Un segundo acto que se enmarca en la guerra no menos total que las fuerzas de Estados Unidos e Israel libran a esta hora contra la República Islámica de Irán sin un objetivo estratégico claro.

Más de un millón de desplazados internos
Llueve sobre mojado, y necesariamente las consecuencias de este segundo acto de la guerra entre Israel e Hizbulá están siendo ya más graves que las del primero. La más evidente de ellas es que el primer día las autoridades militares israelíes ordenaron por primera vez la evacuación de toda la población residente en el territorio comprendido entre el río Litani y la Línea Azul que hace de frontera provisional entre los dos países, un 10% de la superficie del país donde viven más de 250.000 personas. Si a finales de 2024 las advertencias israelíes iban sobre todo dirigidas a las poblaciones de mayoría chií situadas en el sur y el este del país, puesto que chií es la base etno-religiosa de la militancia de Hizbulá, ahora lo hacen a toda la población, incluidos cristianos, drusos y musulmanes suníes, comunidades que hasta ahora se seguían sintiendo (relativamente) a salvo en sus municipios.

De la misma forma, uno de los escenarios centrales de la campaña israelí de 2024 fue el suburbio beirutí del Dahiyeh, el barrio donde se concentra la mayoría de la población chií del área metropolitana de la capital libanesa -y donde encontró el 27 de septiembre de aquel año la muerte por fuego israelí el mítico secretario general de Hizbulá Hassan Nasrallah-, fue llamado hace casi tres semanas a ser desalojado. Las estimaciones sobre su población oscilan entre los 350.000 y el medio millón de almas. Los bombardeos se suceden día tras día. En consecuencia, la sucesión de órdenes de desalojo deja ya más de un millón de desplazados en busca de lugares seguros en un país de cinco millones y medio de personas. Decenas de miles de personas, familias enteras, mayores, mujeres y niños, malviven estos días en parques, playas, garajes, locales comerciales en desuso y, en general, en plena vía pública, al raso, en barrios de todo Beirut y más allá.
“La injusticia es permanente. Es como si estuviéramos atrapados en una pesadilla inacabable sin salida y sin justicia”, asegura Yendi Sfeir
“¿Merece la pena vivir?”
Aunque las órdenes de evacuación israelí no se han extendido formalmente en otros puntos del país, decenas de miles de personas residentes en el valle de la Becá, fronterizo con Siria, se han visto obligadas a huir en dirección a otras zonas del país más seguras. De la llanura de trigo y viñedos, y concretamente de Baalbeck, la ciudad de las ruinas romanas más espectaculares del Mediterráneo Oriental, es Fatima Hamade, una dulce profesora de alumnos discapacitados y amante de la filosofía en el oeste de Beirut. Es una chií atea y no cree en otra cosa que en el materialismo dialéctico, y esta guerra la confronta cada mañana con la gran pregunta de todos los tiempos, de Oriente y de Occidente: “¿Merece la pena vivir?”.

“Muchas mañanas no tengo ganas de continuar. No tengo fuerzas. La vida es un absurdo, y en este país más”, admite la joven, de 25 años, desde su apartamento cercano a la playa de Ramlat al Baida, en Beirut, desde donde trata de continuar su rutina con clases en línea y sin prácticamente pisar la calle más que para comprar en algún comercio del barrio.
Los bombardeos israelíes en el valle entre la cordillera del Líbano y la del Antilíbano no han impedido a Fatima viajar a ver a sus padres a Baalbeck, la población chií más importante de la zona, en autobús al menos tres veces desde que comenzaron las hostilidades. “Están bien, de momento ningún bombardeo ha caído sobre su casa, que está en el campo pero muy cerquita de la ciudad. Pero escuchamos muy cerca los bombardeos, tenemos las ventanas de la casa abiertas todo el tiempo. He intentado convencerlos de que se vengan a Beirut conmigo un tiempo pero no quieren”, relata Hamade a Artículo14.
De el este al sur, zona de montes ondulados que perfuman los pinos y se asoman al Mediterráneo, tierras fenicias y bíblicas. La mayoría de los pueblos de esta zona meridional del Líbano son musulmanes chiíes, pero también viven en ellos cristianos, drusos y suníes, porque el país es un mosaico de norte a sur y de este a oeste. En Qlayaa, una pequeña localidad de mayoría cristiana cercana a la frontera con Israel, vive desde hace casi un año Katie Khoury, obligada a dejar Beirut al terminar su contrato en una consultora a comienzos del año pasado. Volvió a vivir con sus padres en busca de un ambiente de tranquilidad alejado del bullicio y el deterioro medioambiental de la capital a fin de continuar su formación y búsqueda de trabajo, cuando le sorprendió la guerra hace ahora tres semanas. “Pensábamos que estábamos seguros por ser un pueblo cristiano y, por tanto, sin presencia de Hizbulá. Pero mira”, explica Khoury a Artículo14. “Estoy muy mal. Esto tendrá consecuencias psicológicas para mí, que ya sufrí estrés postraumático después de la última guerra. No encuentro trabajo y así no estoy en condiciones de buscar y siento que se me va el tiempo. Necesito salir de este país, porque aquí no hay futuro, pero mis padres no van a marcharse”, admite la joven, de 32 años.

Un país dividido
Otra de las consecuencias inevitables de la guerra es la acentuación de la profunda división interna de la sociedad libanesa, paralela a esperanzadores muestras de solidaridad y resiliencia colectiva en lugares de refugio. Parafraseando el dicho popular judío: dos libaneses, tres opiniones. Una gran parte, ya mayoritaria en el país, ha apoyado al gobierno en su fallido intento de desarmar a Hizbulá desde el alto el fuego de noviembre de 2024. Desde quienes no ocultan sus simpatías por las cuatro décadas de “resistencia” de Hizbulá frente al ocupante israelí hasta quienes desde su génesis no han visto en la organización de Hassan Nasrallah sino una teoría y una praxis destructivas, el sentir mayoritario es el de apoyar que las Fuerzas Armadas del Líbano recuperen el monopolio del uso de la fuerza. Otro sector de la sociedad libanesa cree, en cambio, justificada la existencia de Hizbulá y otras fuerzas paramilitares y acusa al Gobierno y el Ejército del Líbano de “colaboracionista” con los “sionistas”.
La brecha entre los dos Líbanos -¿tres? ¿Cuatro?- se hace cada vez más profunda, y ello se manifiesta también en una creciente desconfianza entre grupos. “En mi pueblo, que es cristiano casi al 100%, tenemos miedo. En la zona sur la mayoría es chií, y el temor es que vengan a refugiarse gente de Hizbulá en alguna casa vacía y seamos objetivo de ataques israelíes. En 2024 no ocurrió nada malo en el pueblo, pero hace unos días un misil israelí mató a un sacerdote, el padre Pierre, cuando iba a auxiliar a una gente herida por otro proyectil”, relata Khoury.
Para Sfeir, “Hizbulá es un cáncer destructivo en nuestra sociedad. Lo que rompe más el corazón es que siguen recurriendo a la represión, la violencia y la intimidación para silenciar a todos los que se atreven a levantar la voz, incluida su propia gente”, reflexiona Sfeir desde Beirut. “La injusticia es permanente. Es como si estuviéramos atrapados en una pesadilla inacabable sin salida y sin justicia. La situación es asfixiante y la cólera contra ellos y la guerra me está quemando por dentro. Es una batalla constante entre la esperanza y la desesperanza, y en este momento el peso de todo es demasiado para poder sobrellevarlo”, insiste.

Desde Qlayaa, muy cerca de la frontera con Israel, Khoury, también católica maronita como Sfeir, recuerda que ambos lados de la contienda constituyen hoy una amenaza. “Los líderes actuales de Israel tienen en mente el Gran Israel, y eso significa que consideran judías las tierras del sur del Líbano, y Hizbulá es una organización terrorista al servicio de Irán y ahora en manos de la Guardia Revolucionaria”, resume a Artículo 14.
Al millón de desplazados internos ha de sumarse la muerte violenta de 1.021 personas y 2.641 heridos, según el balance de las autoridades libanesas este viernes. Beirut evita desglosar civiles y miembros de la milicia proiraní, un tabú para las autoridades libanesas, y el Gobierno de Israel aseguraba este viernes haber acabado con la vida de 570 combatientes de Hizbulá desde la noche del 1 de marzo después de haber llevado a cabo dos millares de ataques contra la milicia.
Las semanas avanzan, la primavera se empieza a abrir paso, pero el alto el fuego se sigue antojando distante. A pesar de todo, los libaneses que el día después del conflicto llegará, porque Beirut y el Líbano ya lo han vivido antes. Hay un íntimo y no declarado convencimiento en que vendrán tiempos mejores, o por lo menos eso cree el cronista haber sentido después de muchas horas de observación y conversación en este castigado país.
“Hasta ahora hemos sido incapaces de construir un país real y que funcione. Todos estos años de corrupción, división y traición nos han dejado rotos y perdidos. Lo que más duele es que ya no hay líderes como Camille Chamoun o Fouad Chehab con integridad, visión y verdadero patriotismo”, reflexiona Sfeir. “El alma del Líbano sangra. Necesitamos esperanza de manera desesperada, cambio real y líderes que se preocupen por su gente, no sólo por sus propios intereses o por los de otros países”, concluye la abogada beirutí con un diagnóstico susceptible de alcanzar todos los consensos.
